En el principio fue la ciudad

Antes de morir en un accidente poco deseable para los enemigos, Angel Rama estuvo trabajando en La ciudad letrada. La escritura de esta obra —publicada póstumamente— tiene una intuición o prueba documental que difícilmente podrá superarse: la relación entre literatura y modernización pasa necesariamente por la ciudad. La literatura como un espejo de ciudad y la ciudad como móvil del espacio literario. Desde Caín, primer constructor de ciudad según la teología civil de Jacques Ellul, el espacio citadino contiene el germen de la propiedad y el exilio. “Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra” (Génesis 4:9). La ciudad es así un arma de doble filo, una mano que acaricia y aprieta, un  farmakon que cura y envenena. La cura de ciudad reside en la posibilidad de experimentar un tipo de sentimiento de cercanía, pertenencia y semejanza. En cambio, el veneno de ciudad es la manifestación de lo siniestro, el umheimlich freudiano que recuerda lo desconocido, lo inhóspito, lo lejano. La ciudad embellece y aterroriza, tranquiliza y acelera. La ciudad es la materialización del tiempo humano: Caín condenado a la terrenalidad por castigo divino pero, por ese mismo castigo, invitado a fundar la ciudad.

La ciudad letrada no difiere mucho de este espació agónico. La ciudad letrada es también un lugar en el que converge lo extraño y lo conocido, y en el que Caín mata a cuanto Abel se le cruce en el camino. El problema es que la ciudad letrada “quiere ser fija e intemporal como lo signos” y en esto reside la agonía del destierro: la fragilidad del mundo humano no soporta el escrutinio de la caducidad, ni siquiera la literatura. La ciudad letrada sucumbe al paso del tiempo. Sin embargo, la ciudad real es lo que permanece, la ciudad como campo en la que quedan inscritos los signos de la batalla literaria. La ciudad, letrada o imaginada, es parasitaria de la ciudad real en tanto que necesita de los cimientos humanos que la construyeron desde el comienzo: “edifiquemos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo, y hagamos un nombre” (Génesis 11: 4-8). Ese nombre sigue en espera, desde la Brasilia modernista de Lucio Costa y Oscar Niemeyer hasta el Seul posmoderno de la dinastía Joseon. Finalmente, la ciudad es un preciado objeto literario y quizá el único  recuerdo que tenemos del castigo celestial. El habitar la ciudad es la prueba de que somos mitad bestias y mitad ángeles en espera de redención. La redención citadina comienza, entonces, con la apropiación de la habitación propia: el primer lugar de la ciudad. Ya lo espetó Walter Benjamin: “la ciudad es la realización del viejo sueño humano del laberinto…se le abre como un paisaje y lo encierra como una habitación.”

imagen cain

 

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Ángel Álvarez

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