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En defensa del sospechosismo

STTHOMAS

La palabra sospecha tiene, al menos en México, una connotación negativa. Sospechar es reprobable, ocioso, esquizoide. En este país se promueve la confianza como si históricamente tuviéramos motivos para tenerla. Ya no digamos confianza en una autoridad gubernamental que con los años ha pasado de la ineptitud a la franca vileza, sino en la esencia aparentemente simple de cualquier hecho ocurrido en territorio nacional.

Sospechar es “aprehender o imaginar algo por conjeturas fundadas en apariencias o visos de verdad”, y también “desconfiar, dudar, recelar de alguien”, según el diccionario. Los mexicanos hemos preferido la comodidad de condenar la conjetura y hacer oídos sordos a los visos de verdad; el buen ciudadano no se pasa el semáforo en rojo, no da mordidas y no recela ―sospechosamente, suele cumplirse sólo la última―.

La semana pasada, el procurador de la república anunció que los cuerpos encontrados en un basurero en Cocula no podían identificarse porque estaban completamente calcinados: ardieron por seis horas al aire libre… un día en el que cayó una lluvia torrencial en la región.

Más tarde, una marcha pacífica en la que participan no sólo jóvenes sino niños y familias enteras se disuelve, después de que un grupo minúsculo de encapuchados incendia la puerta del Palacio Nacional. Uno no necesita ser analista; basta ser ciudadano libre para haber pasado frente a esa puerta cualquier día y saber que no hay momento en que no esté custodiada hasta la exageración. Eso sin contar los aspersores de agua que ya estaban listos, las fotos de granaderos protegiendo encapuchados y las detenciones arbitrarias sobre la calle de Madero.

Visos de verdad.

Se le llama sospechosismo a pensar que quizá el procurador miente para salir del paso, que quizá el día de la marcha la puerta no estaba bajo resguardo del Estado Mayor porque esa broma de incendio estaba orquestada para disolver la movilización y de paso dar material de desprestigio para los medios oficiales. Como si fuera inverosímil, como si en este país no se recurriera a la misma práctica desde hace décadas. Visos de verdad que en otros países tendrían una lógica hasta estadística. Pero no aquí. Aquí el que sospecha es naco, chairo, iluso, resentido.

La sospecha no garantiza la verdad, pero sí la salud intelectual de un pueblo y, por lo tanto, la capacidad de protegerse.

Son muchas las acciones que pueden sacar a México del lodazal, pero podríamos empezar por promover la suspicacia. En la casa, en la escuela, en Facebook, hasta convertirla en algo corriente y positivo. Antes de los datos duros con que los buenos y los malos y los pragmáticos nos quieren convencer, seamos humanos, dudemos. Motivos nos sobran. México tiene que dejar de ser la capital mundial de la coincidencia para convertirse en un cuestionario de 1,900,000 km2.

Hay mucha gente en este país llorando por sus familiares muertos. No son pocos. Y no son criminales. Son decenas de miles. Hay cuarenta y tres familias padeciendo la ausencia de los normalistas desaparecidos (es participio, no adjetivo: fueron desaparecidos por alguien), porque eran incómodos al sistema. Lo mínimo aceptable, lo mínimo digno, es dudar. ¿De verdad somos tan idiotas, o estamos tan podridos, que no podemos hacer siquiera eso?

Palabritas

En noticias más amables ―y con el mal gusto que ello supone en las actuales circunstancias―, quiero invitarlos al teatro. Todos los miércoles de noviembre, se presenta en un teatro de la colonia Condesa Réquiem por un niño, un monólogo de mi autoría. Les dejo aquí toda la información. Me dará gusto verlos por allá. Iconofinaltexto copy

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada