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Emergen

Cuento apocalíptico de Miguel Antonio Lupián Soto.

Un murciélago saliendo por la ventana de un laboratorio. El murciélago defecando sobre una granja porcina. Un cerdo comiendo el guano. El cerdo llevado al rastro. La pierna del cerdo en la cocina de un restaurante. Un chef manipulando la pierna del cerdo. Un mesero hablando con el chef. El chef estrechando la mano de un comensal agradecido… Así no comenzó el apocalipsis.

El día uno, si pudiera aplicarse en esta situación, comenzó en la calle de Donceles, en el corazón de la ciudad de México. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina: pinos artificiales, señoras de nariz respingada exhibiendo sus compras, vagabundos de barriga falsa agitando sus campanas. Buscaba un regalo para mis hijos, y mi cada vez más famélica cartera sólo podía permitirse gastar en libros de viejo. Encontré un lugar repleto de mesas que desbordaban obras como si fueran cangrejos intentando salir de las cubetas. Uno por veinte, tres por cincuenta. Elegí los menos maltratados y me formé en la fila de pago.

El encargado era un viejo de barba descuidada y mirada ausente que apuntaba con letra pesada cada uno de los títulos del comprador que me antecedía. Sobre el mostrador se exhibían libros en mejor estado y, por supuesto, de mayor precio. Pastas gruesas de cuero apestando a tiempo.

Uno llamó mi atención. No llevaba título y su negrura era hipnótica. Tenía la sensación de que si lo tocaba mis dedos desaparecerían al instante.

—¿Te interesa? —el viejo me miraba fijamente.

No sé… dije sin abrir la boca.

—¡Oh, sí sabes! —el viejo cogió el libro y lo metió en mi morral. Después pasó su mano arrugada y verdosa sobre mi rostro y me cubrió los ojos.

—¿Nada más? —el viejo apuntaba los títulos de mis libros.

El sonido de los cláxones y el rumor de la gente en la calle reverberaban en las paredes de papel. Pagué, cogí los libros, los metí en el morral y salí con un ligero dolor de cabeza. El viejo se quedó en el mostrador, con la mirada fija en una esquina.

La semana siguiente no tuvo relevancia: cafeína en el desayuno, empellones en el transporte público, villancicos en las calles, sesenta horas frente a una computadora, y el morral en la oficina. Esperando, esperando.

El 24 de diciembre salí del trabajo buscando un taxi. Apenas estiré el brazo se orilló un sedán destartalado. Recité de memoria la dirección de mi antigua casa, señalando que llevaba prisa.

—Todo será muy rápido —dijo el conductor, mirándome por el espejo retrovisor.

Reconocí su mirada ausente, pero me distraje pensando en qué libro le daría a cada uno de mis tres hijos. Abrí el morral, metí la mano: las galletas que le había robado a un compañero de trabajo, plumas, una lengua gélida lamiendo mis dedos… Grité una obscenidad. El conductor sonrió. Me asomé al morral con mirada temblorosa, como cuando espiaba a Sonia, mi ex cuñada, bañarse. Debajo de los tres libros usados retozaba el de gruesas pastas negras. Lo retiré. De nuevo, me asaltó la sensación de estar frente al abismo. Lo abrí como si se tratara de una trampa para roedores. El olor a tiempo me golpeó tan fuerte que me ocasionó un ataque de tos. Luego, repasé algunas de sus páginas: grabados incomprensibles, lenguaje indescifrable. Tuve la impresión de que se trataba de instrucciones. Leí en voz alta un fragmento que parecía fácil de pronunciar. Mi lengua hormigueó, el paladar se convirtió en una cueva de terciopelo. Terminé el párrafo maravillado por su ritmo y sonoridad. Se escuchó una risa. Levanté la mirada: el conductor había desaparecido. El taxi estaba estacionado en lo más alto de un pequeño cerro.

Bajé del vehículo con cierto recelo. La noche esparcía su aliento misterioso. Las estrellas se estaban alineando. La ciudad flotaba en un mar de negrura. Encendí los faros del taxi. El temblor. Más de diez minutos de sacudida. En los árboles y en las rocas reverbera el agrietamiento de las calles, de la cordura. Polvo y miedo escapaba por las ventanas rotas. El silencio. Me recosté sobre la hierba y cerré lentamente los ojos.

Desperté al día siguiente. La ciudad sollozaba, lamiéndose las heridas. Me subí al sedán destartalado; no arrancó. Cogí el morral y comencé a descender por un camino de terracería, pero una horda de nubes negras me tomó por asalto: lluvia, granizo, tromba. Regresé al taxi y durante seis días vi cómo la ciudad se ahogaba sin misericordia.

El séptimo día desperté ansioso. No paraba de llover, las galletas se habían terminado y el agua ya cubría las llantas del sedán. De pronto, unos tentáculos colosales emergieron de las aguas. Se mantuvieron erguidos durante minutos, horas, exhibiendo su majestuosidad. Luego cayeron sobre los edificios que permanecían en pie. Toda la ciudad quedó bajo el agua. Sólo sobresalían las cimas de los cerros y de las pirámides. Bajé del taxi y caminé, con el morral en lo alto, hasta que el agua me llegó al cuello.

Imposible.

De regreso al vehículo noté que algo se aproximaba peligrosamente: una trajinera llevaba mi nombre escrito con flores. Sonreí como nunca lo he vuelto a hacer. Trepé y remé y remé…

Han pasado seis meses y no he encontrado sobrevivientes. Hay días en que me gustaría renunciar: quemar la trajinera y ahogarme en estas aguas verdes. Pero la visión de mis hijos leyendo los libros que cargo en el morral me hace remar con más fuerza. Iconofinaltexto copy

*Publicado en “Estación central tris”; Ficticia, 2012.

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Miguel Antonio Lupián Soto

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