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Elogio del apendejamiento

La apendejamiento es el mayor logro civilizatorio: democratiza las conciencias e iguala las nacionalidades. Aunque el apendejamiento parece un problema estrictamente mexicano, el apendejamiento es una propiedad intrínseca a cualquiera que intente caminar por la vía de la inteligencia humana. No confundas, benevolente lector, el apendejamiento con la estupidez, ya que ambas son hermanastras paridas por la misma madre: la estulticia. La estupidez está en descredito porque prolifera por doquier. Ningún estúpido está a salvo de otro estúpido, ni siquiera yo, el estúpido mayor. En cambio, el apendejamiento es un estado pasajero motivado por las más innobles pasiones humanas: el amor, la cólera, la gula, la lectura y, en última instancia, la patética obsesión por follar cuanta especie permita la profanación de sus miembros. La pasión sin apendejamiento iguala al marino sin pesca en alta mar.

El apendejamiento reina, pero no gobierna. El apendejamiento grita con entusiasmo la posibilidad de perder el control para recuperar el animal (al) que estoy si(gui)endo. Contrario a lo que pensó Descartes, el apendejamiento y no el buen sentido es lo mejor repartido del mundo. Desde el apendejamiento existencial que implica el nacimiento hasta la pendejez producida por la muerte inodora. Cogito cartesiano: apendejergo sum. El apendejamiento, sublime recordatorio de la grandeza humana, nos acerca más a las melancolías de campo que a las bestias urbanas. Pero toda historia edificante incluye los sinsabores de la alegría ¿para qué el apendejamiento?

La última vez que estuve apendejado fue al escribir estas líneas: entre el cansancio y el aburrimiento, la horda de átomos apendejantes recorrió mi cuerpo hasta pedir piedad cuál sacerdote pederasta empalado en la ruleta china. La primera acción apendejante, en contraste, es borrada por la continuidad de datos pendejos que continuo acumulando. Porque el problema del apendejamiento no es mío —a mí no me enjaretas cualquier pendejada—, el problema es de todos y eso es lo peor. Las estadísticas prueban que dos de cada tres apendejamientos no son ocasionados por pendejos totales. El problema es de otra factura. Un problema de negación antropológica o un problema de estulticia arrogante. El Oxford Dictionary of the Dummy Women Words, define el apendejamiento como “el registro de los efectos excéntricos de una acción inútil” y, el Lexicon fur Dumme Worte, revisado por la lupa filológica de Martin Heidegger, prescribe “apendejamiento es el existenciario del dasein cuando la sorge festeja la comunalidad del ser-en-el-mundo”. Frente a la soberanía del apendejamiento, mi asombro reside en un punto ciego de los entusiastas de la razón ¿por qué es tan poco valorado el apendejamiento? ¿Acaso la aceptación de la condición humana no implica un elogio desmedido por la pendejez? El gobierno del apendejamiento incluye la negación de los inteligentes porque esta negación los convierte automáticamente en apendejados domesticados. Apendejado aquél que prefiere ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho con cortesanas arrabaleras, esclavos negritos y uno que otro burdel a disposición temporal.

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La literatura ha intentado escudriñar el aparato molecular del apendejamiento, pero suele confundirlo con la estupidez o con la imprudencia. La literatura sapiencial, por ejemplo, es el intento recurrente por bosquejar inteligentemente una apología del hombre imbécil. Erasmo de Rotterdam argumentó que la estulticia enaltece a los hombres de letras porque los convierte en bestias civilizadas. Para el maestro de los humanistas, “reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos”. En esta sintonía, dos siglos más tarde, el romántico Jean Paul Richter escribió célebres aforismos que impactan a los policías de las virtudes epistémicas: “a un idiota le gusta más otro idiota que un loco” y, cáusticamente concluyó: “el rostro del sabio está surcado de arrugas, esas cicatrices que llevan todos los que combaten la Estupidez”. Por último, durante el siglo XX, el neurotizado novelista Albert Camus, más famoso por su muerte absurda que por sus novelas del absurdo,  conminó: “la estupidez insiste siempre”. Por eso insisto que estupidez y apendejamiento no son lo mismo porque defender la estupidez implica, simultáneamente, una forma de practicar la inteligencia: la inteligencia de los doctos ignorantes, la sabiduría sin promesa, el vértigo de la razón, el paseo por las inmundicias humanas sin terror por el otro ni gusto por sus derroteros. Sin el apendejamiento, la humanidad comería más carroña y menos vegetales. No olvide pedirle el teléfono a la mesera o su comida llegará fría.

En uno de mis sueños recordados, la aparición del apendejamiento estuvo acompañada por la zozobra de una comilona. Comer en extenso, deglutir como hondureño que cruza la frontera, sugiere una apendejamiento en el que el proceso es más importante que el resultado: el desborde calórico digno de un rey barroco sin reclamos de masa atolondrada. ¿Quién no sufre con el mal del puerco ocasionado por un festín de este tipo? Quizá por esto, y sólo por esto, el viejo Unamuno replicó, con temor de la propagación de las imbecilidades de guerra, que un derecho fundamental es el derecho al ridículo, el derecho a ser imbéciles sin que exista una sanción por esta felonía intelectual. El derecho al ridículo es el soporte normativo del apendejamiento nuestro de cada día. La nubosidad de este estado, análogo al enamoramiento juvenil, a la satisfacción sexual matutina, a la suave embriaguez ocasionada por el mezcal de la mezcalina, es acuciada por unos pocos.

El apendejamiento es el goce del asesinato incumplido.

Extrañamente, el cine en comparación con otras artes menores invirtió poco capital simbólico para desnudar el apendejamiento humano. El cine confunde estupidez y apendejamiento, pues nada más apendejante que el efecto del cinematógrafo. Apendejante una actuación contundente, apendejante una actriz que subvierte el deseo en fantasía, apendejante un giro narrativo que produce en el espectador la ilusión de ser menos estúpido. En Casa Blanca, Boggart pudo afirmar “este es el comienzo de un gran apendejamiento”, pero no lo hizo y prefirió la amistad. La amistad, prima tercera de la alegría, ocluye la desmedida ambición por no parecer unos completos tarados. De esos que pagan por amor o que cursan talleres literarios para aprender a escribir. Lo que no pongo en duda es el impasse capitalista de la cultura de la inteligencia emocional —como si ésta palabra no fue ya un evidente oxímoron—. El síndrome de la inteligencia, hoguera de las vanidades insurrectas, revela la disgenesia en la que incurre la cultura contemporánea.

Agamben argumentó la necesidad de la distancia para explicar nuestra contemporaneidad, mas ser contemporáneo implica una no-inteligencia. Ilustración invertida. Invertidos de profesión tal y como los yanquis del sur: eso lo sabemos, si de estupidez se trata, los gringos se venden solos. La estupidez de experimentarse como imperio. El gringo es la negación del apendejamiento. El yanqui promedio es la sobrestimación de la pendejez. De la pendejez uno se salva, pero de lo contrario…en fin. La originalidad no es incompatible con el apendejamiento ni la política con la inteligencia. Como toda pasión humana, existen grados de apendejamiento. El apendejamiento infantil en el que la inocencia es sinónimo de confianza en la condición humana. El apendejamiento puberto en el que la bildungsroman de la pasión alecciona con golpes duros al mostrarnos que el mundo pone resistencia a nuestros gustos. El apendejamiento madurito, clave irresuelta del pesimismo de la razón, en el que el cenit de la vida es medido por la cantidad de pendejas hechas y por hacer. Por último, el apendejamiento vejete en el que pocos constatan la alegría de reconocer que la vida es un continuo apendejamiento sin salvación de la estupidez ni confianza en las certezas adolescentes.

El gobierno de los pendejos es el mejor de los gobiernos posibles porque en tal mundo idílico no existen injusticias sociales ni atrocidades del entendimiento ni analfabetismo emocional ni taxistas con prisas verbales. El apendejamiento es impolítico. Es más, en reino de pendejos el tonto es rey o galán de balneario. Nunca tuerto. Por ello, celebro el advenimiento del apendejamiento y prefiero llevarme por sus delicias infantiles, lechosas, azucaradas, pues si el idiocrata asume que el imbécil baila junto con él, la danza de los vampiros termina con la succión de la sangre del descuidado. Elogiar el apendejamiento, más que un esfuerzo por develar el imbécil nuestro de cada día o el misterio de la estupidez humana, implica una total insensatez. La falta del kairos vital rechaza la condición de estúpido, por eso anuncio que el siguiente imbécil que aparezca frente a mí tendrá toda mi piedad, toda mi clemencia, toda mi atención cariñosa, pues es difícil que la bestialidad de la estulticia resguarde el aura apolínea del apendejamiento.

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Ángel Álvarez

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