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Elena Garro: escritora salvaje en tiempos del porvenir

La crisis cultural del mundo actual —si es que algo así está ocurriendo— es una crisis de “escala mundial” y esta escala ofrece las condiciones emotivas para volver a pensar los argumentos de los malditos de la historia: filósofos, cineastas, artistas y escritores que, en su tiempo, la condena moral los condenó al olvido intelectual. En este año de Paz —año de homenajes que saben a formol intelectual ya que paralizan los auténticos logros de un escritor— es importante mostrar, revelar, publicar, lo que oculta su gran fama y las fisuras de su pensamiento para disfrutar mejor la complejidad de su vida y obra. Ni condena moral ni celebración farisea. Esta exigencia de complejidad supone que detrás de cada logro intelectual existen algunos anatemas que posibilitan el prestigio cultural y el apoyo político de las élites en turno. Por esta razón, la sombra de Paz, el fantasma que incrementa el poder  de un grande, ya no está amparada en su crítica reactiva al socialismo realmente existente ni su caudillismo cultural ni la cercanía con la clase política más corrupta del país. Paz ya no es el mismo pues el comunismo desapareció, el caudillismo se corporativizó y la clase política comenzó a alejarse del campo intelectual. Paradójicamente, la sombra de Paz está acompañada de un espectro difícil de conjurar: la relación paranoide con Elena Garro.

Elena Garro es la máxima invención paziana. Elena Garro es el reverso moral del ethos público de Octavio. Elena Garro es la crítica privada de la imagen pública de Paz. Fabienne Bradu logró leer adecuadamente el drama vital que implicó para Garro estar “bajo la sombra” del genio de Paz. Garro, resume Bradu, “es víctima, prisionera de un hombre poderoso y, a la vez, detentora de un poder que, por mágico y misterioso, aniquila toda forma de poder humano”. Quizá por ello, Elena Garro sea una de las escritoras más valientes del México contemporáneo, una escritora salvaje que combina la pasión literaria con el desenfreno de la política intelectual. Quizá por esta extraña combinación, Garro no fue necesariamente una escritora femenista o, por lo menos, cuestionó el discreto hilo que une el machismo americano con la republica de literaria mexicana. Elena Garro es una firma. Elena para muchos y Garro para pocos: traidora para los defensores de las buenas conciencias, inteligencia suprema para los paladares más nihilistas o hija de puta para los moralistas más incautos. Elena Garro es una política del nombre femenino. Una mujer de acción, de acción política y poética. Una mujer sin tradiciones inventora de un nuevo linaje literario. Elena Garro es una escritora maldita, para algunos más maldita que escritora, pero innegablemente una mujer que puso a temblar el sistema intelectual mexicano y, mejor aún, una mujer que invirtió el efecto de masculinidad de la literatura mexicana. Elena Garro no es maldita y no está maldita. Elena Garro no es “Elenita” ni una mujer de Paz: es una institución negada, un olvido violento que guarda el germen de la destrucción creadora. Elena nunca creyó en la revolución, ni la social ni la democrática, porque sabía que, como dice uno de sus personajes memorables, la revolución es femenina: implica “estar frente a una criatura que lleva la violencia en su misma fragilidad”. Elena Garro es la escritora en tiempos del porvenir porque el porvenir nunca aparece con mirada enternecedora, por el contrario, el porvenir es el pasado de una ilusión cautiva. La ilusión que no puede cumplirse en tiempos de Paz.

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Ángel Álvarez

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