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El "viene-viene" que viene y va

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Desde la cerrada Aniceto Ortega, en la calle Romero de Terreros, se oyen cada mañana y durante todo el día, los mismos gritos: “¡Hay espacio!”, “¡Pásele!”, “¡Dame las llaves!”. Silbidos y un continuo movimiento de gente y de coches, acompañan a las exclamaciones. Entre todo el barullo, un hombre estaciona uno a uno los coches que se amontonan al principio de la calle sin salida, esperando su lugar. Ropa deportiva, una gorra que parece haberle acompañado toda la vida y una sonrisa ilusa que esboza al comenzar a hablar, son su uniforme de trabajo. De mirada segura y semblante sereno, así es Julio P. Martínez, viene-viene de la Del Valle.

Julio Retrato

“Mis padres eran campesinos y les ayudé a ellos y a mis hermanos hasta los 22 años. Éramos diez en casa. Después descubrí que era mejor ayudar desde aquí.” Julio tiene 42 años y una vida muy ajetreada. De hecho, le cuesta estar más de un minuto en el mismo lugar. Siempre alerta por si aparece algún posible cliente, corre hacia los coches que se paran buscando su ayuda para estacionar. Oriundo de Oaxaca, lleva 20 años en la capital y todos ellos, trabajando como viene-viene. Su ayuda a la familia oaxaqueña supone una pequeña contribución para él pero grande para ellos, dado que la vida en “el pueblo” es mucho más asequible.

La figura del viene-viene no suele estar rodeada de una vida de comodidades. Pero las tienen. En el caso de Julio se ve, cuando al intentar retener su atención durante unos instantes, contesta una llamada desde su teléfono de última generación, más moderno que el de muchos. “Esto me lo regaló un cliente. Él es contador y un día le dije: oye, ¿no tendrás un teléfono que me vendas? Él me dijo: te lo regalo, como regalo de Navidad. ¡Puta! Hace 15 años que lo conozco y luego si me pide que le limpie el carro, no le cobro”. Pero él no limpia. Julio se ha “asociado” con un compañero que anteriormente trabajaba en un estacionamiento pero salió en búsqueda de un trabajo mejor. “Le explotaban así que le cedo a mis clientes que quieren que les limpien los carros. La calle no es mía y siento que tengo que ayudar, como me ayudaron a mi al principio. Los mexicanos somos unos hijos de la chingada y tenemos que ayudarnos, no discriminar a los que no tienen”.

Julio y limpiador

Ayudar, ceder, explotar. Son palabras que salen de la boca de Julio fácilmente. Pero vivir (o sobrevivir)  no es fácil y ante la idea de un cambio de trabajo, Julio cuenta cómo sus aspiraciones se vieron imposibilitadas por la inexistencia de medios: “En los años 80 no había escuelas en los pueblos y no pude estudiar. Me hubiese gustado, sí. De todas formas, así estoy bien porque si no, ¿qué voy a hacer? El gobierno no da apenas trabajo, pide muchos requisitos y paga muy poco”. Según señala, aquí gana de 100 a 150 pesos al día, lo suficiente para comer y llevar dinero a su casa de Iztapalapa, donde vive con su mujer y sus dos hijos.

 La condición legal de los viene-viene es una circunstancia desconocida hasta para ellos. Pero no es de extrañar viendo los movimientos legislativos de las distintas delegaciones. Mientras que la delegación de Álvaro Obregón legalizó en 2010 a más de 120 viene-viene, o franeleros, habiéndolos legalizado a todos para finales de 2011, los planes para 2014 de la delegación de Coyoacán son bien distintos. El INAH ha aprobado ya la normativa de instalar parquímetros en el centro histórico de la delegación, lo cual los viene-viene ven como una amenaza. Julio, también: “Está mal, nos quieren cobrar pero la calle es de todos. Nosotros echamos un ojo al coche, ofrecemos ayuda. El parquímetro no vigila. Nadie va a dar nada por el coche si se lo llevan. Nos quieren dejar sin trabajo para llevarse ellos el dinero”.

parquimetros

La violencia es otro factor que podría hacer a Julio cambiar su opinión sobre conseguir otro trabajo. Aquí ha visto de todo: “No es un trabajo peligroso pero sí que hay problemas. Yo intento mantenerme al margen e intentar ayudar y hacer amigos. La vida en la calle es confianza y ayuda. También he visto asaltos y uno lo recuerdo especialmente. Eran un chico y una chica que vendían empanadas para pagarse los estudios. Un día les asaltaron pensando que tenían mucho dinero. Con el arma golpearon a la chica y cuando el chico quiso defenderla, le clavaron un chuchillo. Otro día, ese mismo chico me pidió 15 pesos. Se los presté. Ahora me invita a empanadas. Así funciona”.

Su relación con los vecinos y con los demás trabajadores es un bien que cuida porque sabe que la protección y la colaboración de estos, son las claves para mantener su puesto en la calle. “La gente me quiere, como si fuese ya de la familia. Me ayudan, me dan regalos, me recomiendan. Y yo, les ayudo a ellos, no solo con sus carros. Les hago favores, recados, compras…”. Julio es un ayudante de vida, del día a día y eso, como él dice citando a Los Tigres del Norte, “es un trabajo honrado”.

 

 

 

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Sandra Ortega Garcia

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