El uroboros de Hurt

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Nueve de cada diez veces que alguien escribe un comentario más o menos extenso sobre Alan Hurt hay una alusión importante y con doble sentido a su apellido, asegurando que marcó su vida (Hurt, lastimar). Sin embargo, es posible que no haya sido el apellido en sí lo que guiara la vida de Alan Hurt, sino que quizá él mismo, por voluntad propia, eligió aquella palabra como una especie de mantra personal. Quizá alguna fuerza divina hizo nacer a Alan dentro de una familia que le permitiera el apellido que mejor le acomodaría en el futuro. De modo que, entonces, Alan Hurt terminó siendo un uroboros de dolor.

A mediados del año pasado se dio a conocer en un par de medios impresos que acababa de encontrarse una caja con algunas fotografías, cartas no enviadas y cuadernos de Alan. Los cuadernos resultaron ser una especie de mezcla entre diario de viaje y crónica personal introspectiva. A estas alturas ya no hay duda de la legitimidad de estas cosas ―no como cuando en 1994 un académico de pacotilla anunció haber encontrado el manuscrito de una novela inédita de Jorge Luis Borges, noticia que de inmediato fue desmentida por María Kodama, que cortó de tajo los quince minutos de fama de aquel convenenciero― y, si no surge ningún problema legal, es muy probable que a finales de este año se imprima una versión facsimilar y completa de estas libretas en Estados Unidos, bajo el sello Slumberland, la pequeña editorial que fundaron Alan y su amigo y colega Howard Duerre años atrás para publicar el primer libro de Hurt.

Se han impreso varios adelantos del contenido de estos cuadernos y algunas de las fotografías y, hasta ahora, uniendo esa información con la que se tenía anteriormente de otras fuentes, ayudan no tanto a comprender a Alan y descifrar su vida sino, más bien, a fomentar su leyenda y aumentar la polémica que ha cargado prácticamente desde siempre. No son pocos los críticos que opinan que por eso mismo ha habido tantos adelantos, que la verdadera intención de Howard ―encargado de controlar el material de su amigo― es crear expectación para trasplantar a su amigo de ser un autor de culto a ser un éxito de ventas. Algunos han llegado al extremo de comparar vagamente el caso de Howard-Hurt con la muy lamentable situación de la herencia de Stieg Larsson; esto me parece completamente injusto por muchos motivos, el más evidente es, desde luego, que por lo menos aquí fue el propio Alan quien eligió a su amigo como administrador de su obra.

Hasta ahora, dentro de la polémica general, el único crítico que ha mencionado a Hurt sin visceralidades de por medio y mencionándolo como una rara avis que no ha sido apreciada del todo por el público y la crítica literaria es Harold Bloom… y me parece que un comentario favorable del maestro sin duda compensa varias carretadas de comentarios negativos de otros lados.

Durante algunos años, Alan Hurt se ha mantenido como un autor de culto, esto a consecuencia a partes iguales de su obra en sí, él mismo como personaje y su vida. No existe una sola biografía seria y completa sobre su vida, el único que intentó un proyecto semejante fue el argentino Florencio Morelli, pero lo único que consiguió de sus investigaciones fue un libro que recopila información útil pero de ningún modo una cronología completa de la vida de su contemporáneo. En este libro, que Florencio tituló La promesa del dolor (en alusión tanto al doble sentido del apellido como a la promesa de su obra; ya volveremos a esto más adelante) contiene pasajes que, ya de primer vistazo, parece que se acomodan en algo con la información que recién sale a la luz en los recién descubiertos diarios de viaje pero, también, notables contradicciones.

En la modesta revista literaria Cat Eye, de Canadá, se publicó la primera página del cuaderno marcado como el primero. En la página vemos, arriba, un dibujo recortado de quién sabe dónde que muestra una ventana a medio abrir, con la cortina ondeando y una taza en el alféizar, desde donde pueden verse los techos de otras casas. A un lado del dibujo la apresurada caligrafía de Alan anota: “Todo comienza con una ventana abierta. Quiero escapar. Podría saltar por la ventana, pero luego pienso que podría salir al mundo sin saber a dónde, hacia el mundo que veo por esa misma ventana. Sería otra forma de saltar por ella”. El viaje que emprendió Alan, entonces, pareciera haber sido concebido como un lento método de suicidio, una muerte simbólica en la que, no es difícil suponerlo, pretendía también obligarse a convivir consigo mismo para aprender un par de cosas.

El tema del suicidio, sin embargo, sólo aparece en uno de sus cuentos y en una novela corta, donde hay dos personajes que se suicidan (ninguno salta por una ventana: uno toma sobredosis de píldoras para dormir y el otro emplea una navaja; resulta curioso que ambos sean personajes masculinos y que el autor les atribuya métodos de suicidio estadísticamente mucho más usados por mujeres). Tanto el cuento como la novela fueron escritos antes de que a Hurt le fuera diagnosticado un trastorno depresivo que, tal vez, le hubiera hecho menos daño de no haber conocido el diagnóstico. Sabiendo su nueva condición, las alusiones a la muerte desaparecieron casi por completo de su obra, casi como si Alan no quisiera atraer atención hacia su propia condición, de la que en un principio casi nadie tenía conocimiento. Se sabe que él mismo se sentía aterrado por su propio padecimiento y ese miedo terminaba dinamitándolo y deprimiéndolo todavía más. Se repite lo dicho antes: el uroboros de Hurt.

El primero en saber del diagnóstico fue Howard Duerre, y a quien más le ocultó Alan su condición fue a Alice Pebé, con quien tenía una amistad tan longeva como con Duerre. Algunos comentarios sobre la obra de Hurt, tanto en revistas impresas como en plataformas electrónicas (es decir, tanto de críticos profesionales como de lectores de a pie) aseguran encontrar muchos vínculos entre Alice Pebé y varios personajes de sus historias. Si esto significa que nos encontramos ante un amor platónico entonces no es de extrañar que Alan haya procurado mantener buena cara ante Pebé, por más que esto pudiera tener repercusiones negativas en su salud. Este es un escenario que parece confirmarse más gracias al contenido de los nuevos diarios.

De Alice se sabe relativamente poco; actualmente se dedica a tocar composiciones propias y algunos covers en un bar de Maine, se rehúsa a grabar su material en discos y ha concedido apenas un par de entrevistas en los últimos años. Cuando recién apareció la caja con los diarios de viaje, más de una revista intentó contactarla para obtener una nueva entrevista; ella concedió solamente una, a una publicación francesa (en fluido francés, pues es la segunda lengua de Alice debido a que su madre es natal de Dijon). En esa breve entrevista Alice adjuntó además una imagen (escaneada y recortada para delimitar el texto) de una carta que le envió Alan: “[…] viajar así, ¿te imaginas? Llenar incontables álbumes con fotos, llenar incontables libretas con anotaciones, llenar la mente de información y el corazón de recuerdos […]”.

Si es cierto que Hurt vivió enamorado de ella entonces Alice debió ser el eterno fantasma copiloto que lo acompañó en los viajes que cuenta en sus cuadernos. Pero también llama la atención que en la caja se hayan encontrado fotos de otras mujeres desconocidas y que en algunas páginas de los cuadernos aparezcan de vez en cuando otros nombres femeninos. Sin embargo, lo más curioso de todo esto es el hecho de que algunas cosas que cuenta en sus crónicas de viaje parezcan un eco de las historias que escribió durante años.

Pongamos un solo ejemplo (hay otros y sin duda seguirán apareciendo más eventualmente): al poco tiempo de encontrada la dichosa caja, la revista World Literature Today publicó una brevísima nota que incluía la foto de uno de los cuadernos, abierto al azar, sobre una mesa. La revista no armó mayor alboroto al respecto, pero semanas después el blog Jack Knows Best publicó una ampliación de la fotografía junto con la transcripción de lo que podía verse escrito en las páginas de la libreta. Ahí Hurt cuenta que llegó a una ciudad nueva y una muchacha rubia, un poco más alta que él, lo encontró por casualidad en una tienda; conversaron, él le contó de dónde venía y por qué viajaba y esto a ella le pareció tan interesante que lo acompañó el resto del día. Pasearon, comieron juntos, él la acompañó a comprar algunas cosas y, al atardecer, Alan le regaló un ramo de flores en agradecimiento. Si el lector está más o menos familiarizado con la obra del autor, reconocerá en esta descripción, muy a grandes rasgos, la trama de The Purple Above Us, la primera novela corta que publicó Alan en la novísima Slumberland.

Esto parecería una coincidencia sospechosísima que podría tomarse por pura invención… pero, por un lado, la fecha en el cuaderno es muy posterior a la publicación del libro y, por otro lado, más importante, en la caja había dos fotografías que confirman la historia registrada en el cuaderno.

En esta inexplicable situación encontramos el ejemplo perfecto de la esencia de Alan como personaje, por la que muchos escépticos lo toman por un fantoche que ha dedicado demasiado tiempo y esfuerzo a fabricar su propia leyenda. Sea como sea, lo que no puede ignorarse es el valor que tiene su obra por sí misma y que, sin duda, ha de trascender al autor.

Las historias de Alan Hurt, no importa su extensión, orbitan siempre los mismos temas (como ocurre, en realidad, con prácticamente todos los creadores): el abandono, la añoranza y el miedo; en el fondo es siempre alguna de esas cosas (a veces las tres, como en The Unforgiving Song, la más cruda y devastadora de sus obras, la última que escribió antes de iniciar sus viajes y en la que parece acumularse todo el efecto de la depresión que no permitió salir en sus historias anteriores) lo que impulsa sus tramas. Si una vez más miramos simultáneamente a las obras y a su autor regresa la duda respecto a cuál de los dos guía al otro; los tres temas son los mismos que movieron al propio Hurt toda su vida, quizá no siempre negativamente, pues él mismo escribe, en otro adelanto de sus cuadernos: “Mi miedo me lastima, pero no puedo odiarlo porque me ha impulsado hacia adelante toda mi vida”. Respecto a estos tres pilares en su vida, podemos encontrar lo siguiente:

Abandono. Hurt abandonó sus estudios a los diecisiete años, sus padres lo abandonaron (al menos simbólicamente) un año después, sus primeras dos parejas sentimentales lo abandonaron muy rápido y de formas francamente humillantes para él, un par de conocidos suyos le prometieron ayuda en el mundo editorial pero terminaron abandonándolo. Finalmente, Alan abandonó su propia vida cuando comenzó los viajes que narran los nuevos cuadernos.

Añoranza. En uno de sus escasos textos de no ficción que se han publicado, Alan escribe: “Absolutamente todo lo que escribo es producto de la añoranza. Todo lo que se me ocurre escribir es por añoranza de imaginaciones, de sueños, de cosas que desearía en mi vida… nunca en añoranzas de cosas pasadas, reales, por cierto”. Pienso que no es nada arriesgado decir que exactamente ese mismo tipo de añoranza impulsó no solamente su obra sino todo lo relevante en su vida: la añoranza por lo anhelado en la vida lo hizo escribir, cofundar una pequeña editorial, buscar cierto tipo de amor (permanecer enamorado de Alice, incluso) y, por supuesto, emprender los viajes en que sin duda esperaba encontrar cosas específicas que, lamentablemente, es muy probable que no haya encontrado.

Miedo. Resulta, en realidad, el otro lado de la añoranza en la misma moneda. Hurt nunca se quitó el miedo a su propio padecimiento y lo angustiaba el miedo a cómo podría verlo Alice bajo ese filtro. Las páginas que han salido a la luz hasta este momento dejan entrever que, incluso durante los viajes, el miedo siempre anduvo caminando unos pasos por detrás de él.

Hurt no consideró nunca su obra como una parte de su vida, sino que para él su vida y su obra son una misma sola cosa. A esta mentalidad le debemos que organizar una crónica exacta de su vida sea tan condenadamente difícil. Sin embargo, también podríamos re frasear lo anterior diciendo que a esa mentalidad le debemos que la vida del autor sea tan interesante como cualquiera de sus mejores libros.

Hace ya muchos años que no se sabe nada de Hurt; muchos lo asumen muerto, no pocos lo imaginan agazapado en las sombras, mirando cómo su reconocimiento va creciendo poco a poco gracias a la leyenda que ha creado alrededor de sí mismo. Otros lo imaginan en otro viaje del que regresará cargado de más libretas, quizá más libros, lo imaginan regresando como un profeta de un viaje al desierto. Si hacemos cuentas, actualmente él debería tener poco más de cincuenta años, así que una reaparición no es una posibilidad descabellada. Lo que es seguro es que, si Alan vuelve a aparecer en el mundo, las alabanzas, injurias o expectativas en general de la gente le tendrán sin cuidado y, más bien, regresaría con otras prioridades, bien claras. Esto porque recientemente, cuando se dio el anuncio de la impresión facsimilar de cuadernos, El País solicitó a Alice Pebé una opinión al respecto; ella se limitó a decir que conseguiría un ejemplar y envió otra imagen, escaneada y recortada para delimitar el texto: en la imagen puede leerse, en la inconfundible caligrafía de Hurt “[…] y que todo lo que escribí en mi vida siempre fue para ti. Ahora ya lo sabes”. Puede hacerse incontables conjeturas a partir de ese fragmento, sobre todo porque inmediatamente después se anunció que ella por fin grabaría un disco con su material original y que el álbum lo produciría la multitalentosa Patti Smith. Entre la aparición de ese disco, las ediciones facsimilares y el lento aumento de personas que van conociendo la obra de Alan Hurt y se han emocionado con su historia personal, es difícil no sentir que se avecina un clímax y, como se han visto las cosas hasta ahora, quizá ese clímax que recién se avecina ya está perfectamente descrito en alguno de los libros de Hurt. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.