El universo infinito de la noche y la bendita burbuja

el universo infinito de la noche y la bendita burbuja

Para Leticia Baez Pérez, por compartir el entusiasmo por el arranque de estas entregas 

El interior del autobús estaba en penumbra, había pocos pasajeros y el sonido de la radio era un murmullo apagado. Del otro lado de las ventanillas hacía rato que desaparecieron los edificios y el tráfico. Íbamos ya en la carretera, en un submarino sumergido en lo más profundo de la noche. Por momentos se veían a la distancia diminutos puntos de luz amarilla, amontonamientos de casas que parecían pequeñas veladoras dentro de una iglesia a oscuras.

Volví un poco la cabeza y le dije que viajar durante un trayecto largo, de noche, suele despertar un sentimiento de paz absoluta. Ella dio un vistazo breve por la ventanilla a su lado y estuvo de acuerdo. Viajar de noche ―siempre y cuando no sea uno el conductor― es una de esas cosas que pueden hacernos sentir niños otra vez; la noche tiene el sobrecogedor poder de hacernos niños o volvernos súbitamente conscientes de nuestra mortalidad. En el fondo es siempre alguna de esas dos cosas la responsable por todo lo que hacemos de noche, nos demos cuenta o no.

Por las noches la tierra deja de estar flotando en el universo, los papeles se invierten y el universo inunda la tierra. Es por ese universo de infinita negrura ―que las ciudades más grandes esconden tras frágiles cortinas de luz eléctrica― por lo que, de noche, quien está en el exterior se siente un animal y quien está en el interior se siente refugiado. Si uno se descuida, la noche se convierte en el pueblo lejano al que uno exilia los miedos y los pesares y, poniéndolos así juntos, no es difícil que orquesten una rebelión que ataque con fuerza, periódicamente, con siniestras depresiones nocturnas.

Pero la noche también guarda una posibilidad extraordinaria: permite construir pequeños santuarios privados.

Aquel momento en que uno está en la cama, antes de dormir, ya en penumbras porque la única luz encendida es la de la mesa de noche, es el santuario, es una bendita burbuja que desvanece no sólo el mundo sino el universo entero. Dentro de esa burbuja, que dura apenas unos minutos, desaparecen todas las angustias y todos los problemas, no existen porque el mundo mismo ha dejado de existir; del otro lado de las cortinas, más allá de la ventana, no hay nada más que un infinito océano de Nada. Por unos minutos, lo único que hay en toda la Creación es uno mismo, metido entre las sábanas de la cama, convertida en una balsa que flota inmóvil en aguas interminables y oscuras.

Siento un especial afecto por los libros que mejor funcionan cuando se leen dentro de esa burbuja. Cada persona tendrá sus elecciones particulares dependiendo de sus gustos, pero me parece que hay algunos libros que, de manera casi unánime, pueden despertar una agradable sensación de intimidad que se disfruta mucho más dentro de ese breve santuario personal. Me gusta mucho la idea de alguien escribiendo por la noche, para que después otra persona lo lea durante otra noche. Uno de esos libros que no se cargan a otro lado, que se dejan junto a la almohada porque en ningún otro sitio se leerían igual.

Que la noche sea lluviosa vuelve a la burbuja sublime. ¡Cuán pocas cosas en la vida son mejores que una noche lluviosa, en una recámara en penumbras, con un libro en las manos! Además, si bien la noche tiene el don de crear estas burbujas, la lluvia tiene el don de expandir su tiempo; la bendita burbuja puede encontrarse ahí todavía, por la mañana, cuando del otro lado de la ventana nos encontramos, al despertar, con un cielo nublado y llovizna. Cuando esto sucede, en realidad no despertamos al mundo cotidiano que conocemos de todos los días, sino que despertamos, por una vez, en otro mundo donde los días son distintos porque consisten en una sola hora que abarca todo el día, son distintos porque una mañana lluviosa es lo que ocurre cuando la burbuja, cultivada la noche anterior, crece más de la cuenta y encierra en su interior ya no a una persona, sino a toda una ciudad.

Me di cuenta de que, durante ese viaje que parecía escrito por Pamuk, se había formado una bendita burbuja que ni siquiera encerraba el autobús entero, sino tan sólo el par de asientos. Era una burbuja flotando dentro de una noche como océano infinito, profundamente negro, con salpicaduras de puntitos luminosos a la distancia. Durante todo ese rato desapareció el mundo, desapareció mi vida entera, desapareció todo; así fue como me di cuenta de que estábamos a bordo de una burbuja. Me sentí complacido, y de pronto percibí la otra inconfundible característica de estas burbujas: muy en el fondo, tenía el melancólico deseo de que durara por siempre.

―¿Te ha pasado alguna vez ―le pregunté― que un día antes de algo que esperas con emoción estás permanentemente inquieto, nervioso, y al día siguiente sucede todo eso que esperabas y lo disfrutas pero, después, de pronto, ya es la noche del día siguiente a ese que esperabas con ansias y entonces piensas, en la cama, “ya sucedió… llegó el día, transcurrió y terminó”?

―Sí ―respondió ella―. Todo siempre sucede demasiado rápido.

Todavía era de noche, todavía estábamos dentro de la burbuja y todavía faltaba buena parte del viaje. En la realidad, ese momento sucedió y terminó. Escrito no terminará nunca. Las burbujas se pueden anclar con letras.Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.