El tenso paraíso: novela corta y concursos literarios

Bases generales

Con la todavía reciente polémica sobre el doblemente anulado Premio de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo se ha reavivado el debate sobre la vigencia de algunas reglas recurrentes en buena parte de los premios literarios nacionales, que, a falta de invento mejor, continúan siendo no sólo lo que por definición sugiere el reconocimiento de las mejores obras producidas en el país sino también, en muchos casos, la plataforma de generaciones emergentes para echar a andar una carrera en la escritura. Entre dichas reglas, una que se ha mantenido indemne a la crítica sesuda es la referente al marco de extensión del texto sujeto a concurso, el conocido y mal amado número de cuartillas.

bookoteLa idea de que una extensión determinada merece ser considerado un criterio que pueda siquiera sugerir un indicio respecto a la calidad de una obra literaria es en sí misma cuestionable ―salvo, quizá, extrapolándola ad absurdum: un cuento de ochenta páginas, por ejemplo―. Debemos intuir que la inclusión casi natural de dicho criterio obedece, sobre todo en lo que al máximo de cuartillas se refiere, a motivos de logística: un jurado tiene un tiempo no demasiado largo para dictaminar sobre una cantidad de textos, por lo que éstos ―a menos que se trate de una convocatoria específica― no podrían darse el lujo de recibir manuscritos paquidérmicos que impliquen un tiempo mayor de lectura y atención.

Con el mínimo no ocurre lo mismo. El argumento del tiempo se invierte y, en términos estrictamente prácticos, textos más breves resultan en una ventaja logística para el jurado, por lo que la pertinencia de coartar la brevedad se vuelve aún más nebuloso. Al delinear la esencia del premio en cuestión, cuando el número de cuartillas “se reduce demasiado”, suele pasar que la convocatoria deviene una nueva: cuento y minificción, por caso. Si he entrecomillado la reducción es porque la convocatoria no sólo se hace chiquita, no se sobreespecializa, sino que se convierte en otra: las diferencias entre el cuento y la minificción son muchas y exceden la pura extensión, que está en función de ellas.

En el caso de la novela sucede algo particular: si bien el máximo es más o menos holgado (200, 300, 400 cuartillas), el mínimo suele mantenerse en un promedio equívoco, según pretendo demostrar, en tanto que entre los máximos de los concursos de cuento y los mínimos de los de novela media un terreno baldío, como si resultara para todos obvio que cualquier creación entre las 15 y las 80 cuartillas fuese indigna de algún tipo de reconocimiento. Claro que uno pensaría de inmediato en la constantemente rebautizada novela corta, nouvelle, noveleta, novella, ese presunto híbrido narrativo. Existen, sí, concursos de novela corta, pero la sorpresa, como la de un mal cuento, deja un sabor extraño en la boca: los mínimos de éstos coinciden sospechosamente con los de la novela “tradicional”.


De la obra

rabbit-la-berlin-001“La novela breve está condenada a cierta indefinición”, dice Juan Villoro en entrevista[1], antes de comparar el género con la franja que separaba el Berlín Occidental del Oriental, un lugar minado que los humanos no podían transitar, pero donde los conejos, con el peso adecuado para no activar los explosivos, pastaban libremente: un tenso paraíso, le llama. Más tarde lo compara también con una flecha, pero una a la que en el camino le salen plumas. Estas analogías no hacen sino ilustrar lo que enuncia más temprano: “cada historia tiene la escala que le corresponde”, y de lo cual hace eco Álvaro Enrigue en su ensayo “Nunca he escrito una novela larga” respecto a su primera novela, La muerte de un instalador: “era sólo una historia que duraba lo que dura porque no podía decir más de lo que dice”.

Por su parte, Luis Arturo Ramos, en su ensayo “Notas largas para novelas cortas” afirma: “no veo a la novela corta como un simple intermedio entre la novela y el cuento, sino como una propuesta autónoma con respecto a las que la constriñen, una unidad escritural consciente de sí misma y por lo tanto disciplinada”, y Ana Clavel, por su parte, en “Ponerle cola a la quimera (poética incierta de la novela corta)”, escribe que se trata de un género que “impone sus propias reglas”, y termina contrastándola con el desbordamiento y la deliberada imperfección de la novela tradicional: “la quimera novela corta adolece de perfección”.

Los testimonios anteriores son apenas algunos en el río de tinta que ha corrido sobre el tema, pero de ellos se pueden desprender un par de certezas: 1) es la naturaleza de cada narración la que exige una extensión determinada ―por lo tanto, una historia sólo puede ser demasiado larga o demasiado corta en función de sí misma―; y 2) existen características esenciales de la novela corta que la distinguen de sus géneros adyacentes, como la digresión respecto al cuento y la perfección respecto a la novela, no como ingredientes opcionales sino en paralelo ―esto último, en mi opinión, es lo que define el género―.

En la citada entrevista, Villoro enlista numerosos ejemplos clásicos, en español: Crónica de una muerta anunciada y El coronel no tiene quién le escriba de Gabriel García Márquez, El perseguidor de Julio Cortázar, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, El pozo de Juan Carlos Onetti, El juguete rabioso de Roberto Arlt, Estrella distante de Roberto Bolaño, Cómo me hice monja de César Aira (y prácticamente toda la obra de Aira, podríamos añadir), Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco y, por supuesto, Aura de Carlos Fuentes, El apando de José Revueltas, y Pedro Páramo de Juan Rulfo ―podemos sumar, además, la colección completa de lanovelacorta.com, una biblioteca virtual elaborada por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM dedicada sobre todo a la novela corta escrita a partir del siglo diecinueve―; y en otros idiomas: Las tribulaciones del joven Törler de Robert Musil, La metamorfosis de Franz Kafka, Werther de Goethe, Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, Retrato del artista adolescente de James Joyce, Las nieves del Kilimanjaro ―y sin duda también El viejo y el mar― de Ernest Hemingway, El extranjero  de Albert Camus, La muerte de Iván Ilich de Tolstoi, y Desayuno en Tiffany’s de Truman Capote, entre otros. En muchos casos, hay que decirlo, estas obras son consideradas además la obra capital de cada autor.

Recepción de trabajos

Después de una breve digresión sobre el género, cuya pertinencia espero develar a continuación, volvamos a los premios y los mínimos.

Empezamos por algunos casos internacionales. El Premio Alfaguara de Novela exige un mínimo de 200 cuartillas[2], mientras que el Premio Herralde de la editorial Anagrama no especifica un número ―si bien basta echar ojo a la lista de ganadores para darse cuenta que no priorizan la brevedad―; de novela corta existen numerosos concursos en España, sobre todo de demarcaciones y alcaldías particulares, y el promedio del mínimo es de 80 cuartillas, con algunas excepciones, como el Premio de Novela Corta de la Diputación de Córdoba, que pide cuando menos cien; el más magnánimo es el Premio Literario de Novela Corta Miguel de Unamuno, que pide 75. Latinoamérica no se queda atrás. Al contrario: el Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo establece un mínimo de 150 cuartillas, mientras que en Perú el Premio de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro pide 140, por mencionar dos.

En México, entre concursos nacionales y estatales, los siguientes premios especifican en sus convocatorias un mínimo de 80 cuartillas: Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero, Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, Premio Nuevo León de Literatura, Premio Binacional de Novela Joven, y Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas; el Premio Chihuahuense de Novela Histórica pide cien, y el Premio Ink de Novela Digital, 120, mientras que el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska, que dictamina obras publicadas y no manuscritos, tampoco se distingue por la brevedad de sus ganadoras. Hay los siguientes premios de novela corta: Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo, con sede en Nayarit, que pide cuando menos 70; Premio de Novela Breve Rosario Castellanos, que exige 90, y el Premio Tusquets de Novela Corta, con un mínimo de 150. Entre todos se asoman dos tímidas excepciones, habría que preguntarse si suficientes: el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce, con sede en Yucatán, que establece 60 cuartillas como mínimo, al igual que el Premio Juan Rulfo para Primera Novela ―con algo de malicia podríamos deducir incluso que el INBA, la entidad que lo organiza, se permite esta concesión asumiendo normal que un autor novato “escriba menos”―.

las-batallasAhora, volvamos con algunos ejemplos de la lista del apartado anterior. Aura de Carlos Fuentes, una vez transcrita a un documento de Word, con tipografía, márgenes e interlineado convencionales, ocupa apenas 50 cuartillas, contando la portada, la página legal y el epígrafe; El congreso de literatura de César Aira tiene 45 cuartillas. El Perseguidor de Cortázar llena 37, y Las batallas en el desierto de Pacheco apenas 30. Caso particularmente curioso es el de El donador de almas (50 cuartillas), texto basal en la narrativa de Amado Nervo, en cuyo honor se entrega un Premio Nacional de Novela Breve que, como ya vimos, exige un mínimo de 70.

Seguimos con ejemplos de fuera. Las nieves del Kilimanjaro de Hemingway ―en su traducción al español, lo que, por la naturaleza expansiva de nuestra lengua frente a la inglesa, necesariamente alarga el texto― ocupa 31 cuartillas; La metamorfosis de Kafka, traducida del alemán, tiene 48, y La muerte de Iván Ilich de Tolstoi, originalmente en ruso, tiene 27 cuartillas.

Se trata apenas de unos cuantos ejemplos, pero no hay demasiado que agregar: ninguna de estas reputadas obras del patrimonio literario universal serían, según los estándares editoriales vigentes, material de premiación ni reconocimiento alguno.

Fallo

Concluyo que, si bien existe una convención más o menos clara sobre la novela corta o breve como género, en contraste con el cuento, por un lado, y con la novela, por el otro, ésta se difumina al burocratizarse en la convocatoria, puesto que no hay congruencia entre el espacio real que suele ocupar (bastantes ejemplos de la novela corta universal lo demuestran) y las reglas de las convocatorias, cuyo mínimo jamás es menor a 60 cuartillas.

Una de las razones podría ser entonces ―aunque esto es sólo una intuición y no un argumento sustentado― que en términos comerciales la novela corta sea menos redituable para las editoriales privadas, pero incluso si fuera éste el caso, el Estado, que (aunque a veces se le olvide) no es una entidad empresarial, tendría la responsabilidad de paliar el desequilibrio, en este caso por medio de sus instituciones, los premios que otorgan y los fondos editoriales que se encargan de publicar a sus ganadores, como el Instituto Nacional de Bellas Artes o el Programa Tierra Adentro de la ahora Secretaría de Cultura.

Sally 6/5/9 126

Cualesquiera que sean los motivos, no obstante, existe un vacío en lo que a los premios nacionales, estatales y privados toca, respecto a un cúmulo de obras que seguramente se está produciendo y que no encontrará vía de aspirar siquiera al reconocimiento, mucho menos a la difusión (máxime si es cierto que la industria las ningunea); sería sin duda ingenuo afirmar que todas ellas son obras maestras como las que usado para ejemplificar mi argumento, pero lo es aún más tomar la decisión, silenciosa pero contundente, de que ninguna puede serlo. Podría decirse que, frente a sus novelas cortas, el mundo editorial tiene una postura de llana hipocresía, puesto que continúa enalteciendo ―y vendiendo― las que ya están, mientras que deja en la sombra las que están por venir. La cultura es, si se permite el idealismo, acaso el único reducto de la sociedad posmoderna donde la calidad sigue primando sobre la abundancia, y la literatura no puede ser la excepción; si hay un lugar en el que puede mirarse sin miedo el tenso paraíso donde los conejos pastan entre explosivos, es justamente ése. Iconofinaltexto copy

@Ad_Chz

[1] Al igual que los ensayos citados a continuación, esta entrevista se encuentra compilada en el primer tomo de Una selva infinita. La novela corta en México, bajo la coordinación de Gustavo Jiménez Aguirre (México: UNAM / Fundación para las Letras Mexicanas, 2011).

[2] En prácticamente la totalidad de los ejemplos presentados a continuación, la cuartilla se considera un texto con un interlineado doble y una tipografía de 11 o 12 puntos, que es el formato promedio establecido en las convocatorias.

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada
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