El suspiro

Para María Olivera

colibríLa luz de la mañana sonaba a campanillas, a delicadas campanillas de cristal, traslúcidas pero con destellos blancos al mecerse como si flotaran bajo el agua. Las plantas en el amplio jardín bien podrían ser vegetación recogida de un sueño y trasplantadas a una tierra real, en nuestro mundo; movimientos suaves, un verde abundante y tibio, con manchas de color repartidas en armonioso desorden. Sobre las plantas y sobre la mesa de jardín, la luz matinal caía como una brisa de infinitos copos de nieve dorada.

La mesa de jardín y sus cuatro sillas eran de metal pintado de blanco, llenas de complicados adornos en toda la superficie; las patas delgadas y onduladas estaban apoyadas sobre piedra suave y lisa. Encima de la mesa, como un hongo con aspecto de ala muy grande, había una sombrilla de membranas delgadas, ocres.

Entré a la casa por la amplia puerta trasera, que funciona como ventanal para mirar el jardín; atravesé la sala y entré a la cocina, en busca de la cafetera. Serví dos tazas (blancas y tan sencillas que parecían de juguete, sólo que para eso resultarían demasiado pesadas). Tomé una con cada mano y, con la cara entre columnas de vapor, salí a dejarlas sobre la mesa del jardín. Ella estaba sentada en una de las sillas, hojeando un suplemento del periódico; cuando le dejé su taza, me miró y me regaló una sonrisa que sentí como calor matutino. Volví a entrar a la casa y hasta la cocina, reteniendo su sonrisa en mi interior, como un sorbo de café, como una voluta de humo de cigarrillo, como una aspiración de perfume.

Cuando reaparecí en el jardín acomodé sobre la mesa un plato con pan como almohadas mullidas, mantequilla, mermelada y dos cuchillos. Me senté en una silla junto a ella. Había terminado de leer el artículo que le interesaba en el suplemento y lo dejó junto a mí, para que también lo leyera y pudiéramos hablar al respecto. Leí acerca de un hombre para quien, aseguraba, escribir consiste en atrapar realidades igual que mariposas con una red en el campo y, después, atraparlas en el papel, donde las letras, las palabras y la frases son el equivalente de los alfileres que mantienen a la mariposa dentro de su caja, que era, por supuesto, el equivalente del libro. Mientras yo leía el artículo ella untó mantequilla y mermelada en un pedazo de pan que no parecía tan suave como su mano; lo mordió y disfrutó el sabor que, sin duda, no era ni de lejos como el sabor de la sonrisa que me había convidado cuando le entregué su café.

Terminé de leer, doblé el periódico y lo dejé a un lado, sobre la mesa ―nunca pondría sobre la mesa del jardín un periódico completo ni alguna de sus secciones sin interés; pero me gusta tener sobre la mesa, mientras estamos así, bajo el sol de la mañana y sin ninguna prisa, un suplemento que hable sobre libros― y puse dos cucharadas de azúcar a mi café mientras le preguntaba a ella su opinión sobre el texto.

Habló con entusiasmo; primero con el pan en la mano, como si fuera un elemento dramático con el que gesticular con movimientos gentiles; después dejó el pan sobre el plato y se quedó mirando hacia el jardín, explicando como si en sueños su propia opinión sobre aquello de que habíamos leído en el periódico. Bebió de su café, sin un sólo grano de azúcar. Nos pusimos a hablar sobre las veces en que ella libera mariposas que yo intento escribir.

Terminamos el pan, nos serví más café y nos quedamos hablando con calma infinita, como si fuéramos inmunes a cualquier cosa en el mundo, inmunes al tiempo, como si nosotros mismos fuéramos el tiempo y hubiésemos decidido que ese espacio con aires de sueño no iba a terminar nunca. Esas cosas pasan normalmente en el jardín.

Ella bebió lo último de su café, dejó la taza sobre su platito ―tintineó― y se acomodó mejor en la silla. Su cabello largo y garigoleado como los arabescos de la mesa, con garbo vegetal, reposando sobre sus hombros. Miró un punto indefinido en el jardín ―tal vez era que miraba no al jardín sino la luz sobre las plantas― y cerró los ojos, como una muñeca, como si no se diera cuenta, y suspiró un colibrí. El suspiro salió de entre sus labios en forma de colibrí, un colibrí primero vaporoso pero después inequívocamente sólido, vivo, con un corazoncito que cabría en la yema del meñique de un niño, latiendo tan veloz como las alas que se volvían invisibles, que de tan rápido mantenían su primigenia consistencia vaporosa.

Nos quedamos todavía otro rato, juntos, en la mesa del jardín, mirando al colibrí que ella había suspirado ir de flor en flor, entre ramas y hojas, con brillos como pedacitos de cristal apareciendo sobre su cuerpo igual a  una lluvia diminuta.

Después de esa mañana, aquel suspiro se quedó a vivir en nuestro jardín.Iconofinaltexto copy

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.