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El síndrome “vamos Ucrania”

“El que sea César, júzguese audazmente el mayor caudillo del mundo. Pero no somos más que ceremonia, y ésta nos arrastra y hace dejar la sustancia de las cosas”. Con esta descripción, el Gentilhombre de Cámara del rey de Francia, Michel de Montaigne, apuntó la ridícula vanidad que arrastra la falsa presunción de la derrota. En un país como México, ni letrado ni convulso ni moderno, la vanidad de sus élites se combina con la pequeñez de sus logros y produce un extraño fenómeno: la aristocracia de ranchería. Análogamente, el resto del país —“pueblo” para los republicanos, “plebe” para los antidemócratas— comparte con la élite la ilusión del éxito, la pantalla del progreso y la apuesta irreconciliable por una vida mejor. El pueblo nunca duerme tranquilo. El punto es que ni la élite ni el resto multitudinario pueden ocultar que, detrás de sus acciones y frustraciones cotidianas, existe un impulso fuerte por considerarse “el César” de sus reducidos espacios o, en versión chilanga, “el más chingón del lugar”. ¿A qué se debe esta actitud del “yo más” propio de un país acostumbrado a la derrota? ¿Por qué muchos mexicanos festejan lo que para otros países serían pequeñeces? La respuesta reside, como en muchos de los misterios de la vida, en el futbol.

El futbol, sobra decirlo, recuerda los momentos más arcaicos de la humanidad y las pulsiones más arraigadas para preservar la especie. El futbol es biología socializada. El futbol es psicoanálisis de la vida cotidiana. Por esta razón, si México gana, la violencia disminuye; si pierde, el ánimo social cae en picada y rápidamente es capitalizado por las élites políticas y los corporativos financieros. La experiencia del futbol anticipa las energías utópicas de un país y vislumbra la metafísica con la que explican el mundo. A diferencia de la “metafísica de la mano de dios” de los argentinos o de la “metafísica del ritmo vital” de los brasileños, los mexicanos tenemos “la metafísica del quinto partido”. Sin embargo, más importante que este sentimiento pre-heideggeriano, los mexicanos tenemos una ventaja  ontológica sobre el resto de los países sudamericanos: el síndrome “Vamos Ucrania”.

El síndrome “vamos Ucrania”,  de la raíz griega συνδρομή (syndromé, concurso), es el conjunto de síntomas morales que disponen los mexicanos en las competencias internacionales ocasionado por la derrota frente a un adversario que, al menos en el papel, resultaba ser inferior. Dicho de otra forma, el síndrome “vamos Ucranía” es esa clásica actitud mexicana que afirma “perdimos como siempre, pero jugamos como nunca”, “perdimos contra el mejor de las eliminatorias”, “perdimos pero quedamos en el lugar 90 de 1322 participantes”, “sin obtener los primeros lugares, se obtuvo un gran resultado”, “perdimos contra uno de los mejores de la competencia”. Ningún mexicano acepta, sin más, la derrota desastrosa y vergonzosa. En consecuencia, más allá del cuadro clínico de la inmoralidad mexicana, el síndrome “vamos Ucranía” compele a una forma de acción supletoria: apoyar por el resto de la competencia al equipo que nos derrotó para así probar que no se perdió con cualquier “equipucho”; por el contrario, mientras más escalones obtenga el equipo que derrotó a nuestro equipo, mayor es la prueba de que se perdió con uno “de los grandes” del torneo, con uno de los “caballos negros” como afirman los iniciados.

En suma, frente a la “metafísica del quinto partido”, el síndrome “vamos Ucrania” recuerda que no es del todo desdeñable “perder como los grandes” —vaya oxímoron pues los grandes casi nunca pierden— y que, a diferencia de esos países que están acostumbrados a ganar todo, los mexicanos tenemos muchos equipos por los cuales hinchar: tantos equipos como contrincantes posibles. De cualquier forma, aunque los menos entusiastas afirmen que “consuelo de muchos, consuelo de tontos”, los mexicanos siempre disponen de un ánimo apabullante para levantarse de las derrotas. Para “hacer leña del árbol caído”, el mexicano posee poca competencia y, en esa práctica de la derrota, el mexicano está casi siempre en los primeros lugares.

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Ángel Álvarez

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