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El sermón de la montaña

Escúchame bien, Mahoma, porque es la última vez que te lo voy a decir. ¡No!, ni se te ocurra ponerme los ojos en blanco y por favor quítate los audífonos cuando te estoy hablando. Quiero que me escuches con atención. Soy una montaña de trescientos millones de años y ya no estoy para estos trotes. Los taxis hasta acá me salen en un ojo de la cara y cada vez que me muevo para venir a verte provoco terremotos y temblores de alta magnitud en la escala de Richter. Creo que es justo que a partir de ahora seas el tú el que venga a visitarme. Eres más joven y estás acostumbrado a largas caminatas. No me interrumpas, todavía no termino.

No es mucho pedir que vengas a mi casa. El viaje es largo pero es el mismo que yo he hecho todos estos años hasta acá, y hace varios meses te dije que ya compré una tele y contraté Netflix, así que tu pretexto de que nunca tenemos nada que hacer ya no es válido. En la cordillera las demás montañas reciben visitas todo el tiempo y yo soy la única que siempre tiene que viajar porque el señor importante está muy ocupado fundando una religión. Todas las montañas de mi alrededor me preguntan por ti. ¿Dónde está Mahoma?, ¿por qué nunca viene? Prefieres pasar semanas enteras meditando en cuevas oscuras y apestosas cuando sabes que en mis faldas tengo una gruta de muy buen tamaño con baño y cocineta en la que te puedes quedar el tiempo que quieras a tener visiones. Me ofende un poco que después de tantos años no me tengas la confianza.

¿Puedes ponerme atención?, ya sé que eres un hombre muy importante y ocupado y que tus seguidores son capaces de recorrer los desiertos más áridos e inhóspitos del planeta para escuchar los mensajes que Alá todopoderoso te transmite, pero que puedas hablar directamente con él no te da derecho a estar haciendo llamadas y teniendo visiones mientras te estoy hablando. Eso que te lo aguanten tus discípulos. Y no me pongas esa cara que yo no te voy a tolerar la actitud de «mírenme soy el sello de los profetas» que tienes desde que te empezaste a volver famoso, ¿me escuchaste? Te conozco desde que eras un simple comerciante y quiero que sepas que te ves ridículo.

¿De verdad te estoy pidiendo algo tan espantoso? Por tu cara pareciera que te acabo de ordenar que inicies otra hégira. ¿Es tan difícil para el elegido de Alá hacerse un poco de tiempo para viajar a verme?, ¿ya se te olvidaron todas esas veces en las que sin importarme el largo viaje que acababa de hacer todavía pasé al puesto de kebabs que siempre está lleno de gente para llegar a tu casa con algo de cenar?

No me discutas ni me pidas que me calme porque no me quieres ver enojada, te lo aseguro. Creo que estoy siendo muy racional y justa en lo que te pido aunque ahora finjas que estás hablando con un ángel y no me escuchas. ¿Qué?, ¡de ninguna manera!, llevo toda mi vida viviendo en esa cordillera y si me mudo a la que está cerca de aquí sería muy difícil integrarme entre montañas que se conocen desde hace millones de años. ¿Por qué no te mudas tú a la mía?

¿El Vips de Mahd Al Thahab? Sí, lo conozco, está como a una hora de mi casa, ¿por qué? No es mala idea, a los dos nos queda casi a la misma distancia y sería más fácil que nos organizáramos para llegar. Ahora que lo pienso el Sanborns de Ad Dawadimi tampoco es mala opción aunque el rumbo es feo y a partir de cierta hora da miedo andar por ahí. Sería cuestión de probar en cuál de los dos lugares nos acomodamos mejor y nos podemos robar el Wi Fi. Sí, es buena solución. Ya que no te vas a dignar a poner un pie en mi casa estoy dispuesta a que nos veamos en un punto intermedio. Todo sea por disfrutar un rato de su divina y cotizada presencia, señoría.

¿Estás hablando otra vez con ese arcángel?, ¿no le puedes decir que le regresas la llamada, carajo?, ¡ya no se puede hablar contigo, Abu l-Qāsim Muhammad ibn ʿAbd Allāh al-Hāšimī al-Qurayšī! ¡Así es!, ¡ahora sí me estoy enojando!

No, el próximo martes no puedo. Puedo el miércoles en la mañana, si a su excelencia le conviene. ¡Ah!, ¿su excelencia está disponible?, ¡qué montaña tan afortunada soy! Está bien. Nos vemos el miércoles entonces. Ahora me marcho porque veo que estás ocupado y aquí salgo sobrando. No, y no insistas. Sé cuando soy un estorbo. Lo aprendí a la mala el día que llegaron a dinamitar uno de mis costados para construir una carretera. No me sorprende que no lo supieras. Cada vez nos vemos menos y de hablar por teléfono ni se diga. En fin. Le agradezco su tiempo, majestad. Voy a necesitar que salgas a abrirme la puerta de la calle. Iconofinaltexto-copy

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Jaime Muñoz de Baena

(Ciudad de México, 1985) Es autor del libro de cuentos 'Y, sin embargo, es un pañuelo', ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014, editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro.
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