fbpx

El otro feminismo

 

If men don’t have to be aggressive in order to be accepted women won’t feel compelled to be submissive. If men don’t have to control, women won’t have to be controlled.

– Emma Watson

 

Cuando Paul McCartney vino a al Zócalo capitalino en 2012, dentro de las 12 horas que estuvimos en una espera eterna y agobiante, conocí el feminismo que ninguna nación necesita: el fanático. Llegamos a la plancha alrededor de las diez de la mañana. Ya había mucha gente concentrándose en el escenario. Elegimos un sitio para armar lo que sería un campamento temporal y conocimos a nuestros vecinos: “a partir de aquí como vayan llegando, finalmente llegamos temprano”. Pasaron unas tres horas y el tedio nos dominaba. Hasta que la violencia del feminismo llegó a nosotros:

                 –Quítense, por favor –dijo una veinteañera con bolsas que tenían envases de unicel  envueltos en aluminio.

                 –No creo, amiga, llegamos hace horas y tú quieres pasar llegando ahorita –respondió un amigo.

                 –Quí-ta-te, por favor.

              –De verdad no creo que eso suceda, con todo respeto, ¿crees que es justo? Nosotros también tenemos hambre y sed y queremos ir al baño, pero así es esto.

                 –O te quitas o te rompo tu madre. Aquí. Ahorita. Yo.

                 –¿Cómo?

              –Si no te quitas te voy a reventar unos arañazos en la cara –advirtió, mientras comenzaron a chiflarle desde otros lados.

                 –No te voy a dejar pasar, en verdad no, y no está chido que me amenaces creyendo que no me voy a defender.

                 –Quítate, cabrón. Ahora.

El respeto, el cansancio y el agobio hicieron de las suyas. Triunfó una de las tantas actitudes representativas de otro feminismo. Así es, este feminismo que por su ideología de intolerancia pretende lo absoluto. En sus inicios, este propósito político y social tuvo como antecedentes tres oleadas: en la Ilustración, en el siglo XIX y en el siglo XX. Las tres, marcadas por las apariciones de figuras feministas y actos heroicos en sí mismos. Hablo de un heroísmo de conjunto, no del heroísmo protagonista que tanto se busca en estos días.

Hace unos días, la actriz francesa de nacimiento y británica por vida, Emma Watson (sí, Hermione) dio un discurso en su función de Embajadora de Buena Voluntad en la sede la ONU acerca no tanto del feminismo como universo: sino de la lucha y la inclusión por la equidad de género. Campo que se ha estudiado desde la teoría feminista y que se ha debilitado por el fanatismo político y social.

Watson, inicia su speech con una pesadilla para la veinteañera del Zócalo experta en manicure: “queremos tratar de reactivar la inclusión de hombres y jóvenes para la lucha por la equidad de género”. Frase contundente, la idea de la actriz es reactivar lo que ha tratado de estudiar el feminismo desde su segunda oleada: la reflexión de la igualdad de derechos entre varones y mujeres (no entre machos y hembras).

El otro feminismo se ha enfocado en crímenes, abortos, salarios injustos, rechazo social. Cosa admirable, sólo que enfocan al hombre (varón) como el verdadero problema del mundo y a la mujer como el mártir del odio. Un destello fanático impasable. Dice Warren Farrell, “el feminismo ha hecho logros para liberar a las mujeres del papel femenino pero no ha hecho nada por liberar al varón del papel masculino”. Confirma la poca, o casi nula profundidad de ese otro feminismo que no propone: ataca, amenaza con arañazos. Digo otro feminismo porque en efecto, existen muchos otros. No es el mismo feminismo que se intenta aplicar o estudiar en Nueva York que en Irán. En el segundo país estudiar el feminismo es sinónimo de condena. Cosa errónea en otras urbanidades, ese melodrama venenoso que afecta por su confusión geográfica.

La misma Emma se cuestiona: “¿por qué feminismo es una palabra odiada actualmente?” El hermetismo y la sordera generaron las llamadas feminazis. Cosa paradójica: es tal la cercanía con lo absoluto que este feminismo se acerca al concepto más conocido de destrucción masiva.

 Sucede lo contrario con Simone de Beauvoir como la gran figura de su tiempo; algunas propuestas feministas actuales (muchas cercanas más al fanatismo), carecen de fruto y sólo buscan que en su biografía diga en letras de sangre u oro: “me llamo X y soy feminista”. No es el caso de Emma Watson. Su propuesta de inclusión es la necesaria para el feminismo y para las naciones: un campo de interacción magnética entre hombres y mujeres en busca de resultados para esas temáticas que no son exclusivas del feminismo. No entender el feminismo (cualquiera) no me hace macho, en verdad no.

Emma Watson ha logrado lo que en años no han podido las que se encerraron en sus arañazos de sordera. Ahora es notoria la reacción de muchos por su posición de famosa actriz de famosas películas. ¿Cambia la situación si lo hubiera dicho alguna desconocida? Claro. Sólo que la actriz fue tan perspicaz que no le hizo caso a su oficio: dejó de lado el llanto estéril, la voz entrecortada que falsea y se enfocó en abrir las puertas de la invitación hacia los hombres. El extremismo ha llegado a tal grado que criticarlo rompe amistades, quiebra relaciones y amenaza a futuro. Dejemos a un lado nuestra idea legítima de lo que debería ser, y estudiemos lo que no debe ser (sin arañazos, por favor).

El feminismo de inclusión es necesario, y no es precisamente Hermione quien lo propone. Es la magia de la tolerancia y la atención.Iconofinaltexto copy

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).
Avatar

Artículos recientes por Carlos Atzin (see all)