El oficio de coleccionar instantes

I. Nuestra Señora de las Iguanas – Graciela Iturbide

 señora de las iguanas

Durante mucho tiempo creí que estos versos, escritos por Sabines, pertenecían a alguno de los heterónimos de Pessoa:

¿Es que hacemos las cosas sólo para recordarlas? ¿Es que vivimos sólo para tener memoria de nuestra vida?

Tal vez vi en esas palabras mucho de la introspección y nihilismo siempre presente en la obra del portugués. Como sea, recientemente cada que me encontraba al borde de una nueva experiencia, regresaban a mi esas palabras, robándome un poco de la emoción por la nueva cosa vivida.

¿Qué es una vida humana sino recuerdos? El instante es efímero. Todo queda instantáneamente perdido en el pasado. Y nuestra memoria es la única evidencia que tenemos de lo que pasó.

O no. En El retrato oval Poe cuenta la historia del retrato de una mujer, pintado con tal maestría, que literalmente extrae la vida de la modelo, esposa del pintor, dejándola muerta. Al ver por primer vez este cuadro, uno puede suponer que lo mismo le pasó al papa Inocencio X después de ser retratado por Velázquez. En la tela parece capturarse el instante, el tiempo, la vida.

II. Death of a Loyalist soldier – Robert Capa

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Y hoy esa magia es posible para todos los comunes que no somos Velázquez. Basta sacar el instrumento mágico del bolsillo, apuntar, apretar un botón y listo, el instante ha sido capturado. Otros botones más y el instante se comparte con todo el mundo. Seremos la generación que más memoria tenga de si misma. Que más pueda recordar. Podremos mostrarle a nuestros bisnietos cualquier momento trivial de nuestras vidas. Desde el platillo que comimos el 23 de febrero del 2011, hasta la expresión en nuestro rostro en el momento justo antes de aventarnos en paracaídas.

Aún así, la verdad a mi me parece un poco terrible que a nadie le sorprenda tener en el bolsillo un aparato capaz de obtener la copia de un instante único, irrepetible del tiempo y del universo. Para pensarse.

III.  Derriere la Gare Saint Lazare – Henri Cartier-Bresson

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La primera foto con una figura humana fue tomada en el Boulevard du Temple en París. A pesar de que el lugar era muy concurrido, en el daguerrotipo sólo se capturó la figura de un hombre al que le lustraban las botas, pues él fue el único que se mantuvo quieto los diez minutos necesarios para la toma de la fotografía. Sin embargo algunos pocos años después ya contábamos con la tecnología fotográfica para permitirle a Henri Cartier-Bresson capturar el instante decisivo que tanto perseguía en sus tomas. El mítico fotógrafo francés decía:

“De todos los medios de expresión, la fotografía es el único que fija el instante preciso. Jugamos con cosas que desaparecen y que, una vez desaparecidas, es imposible revivir… …El escritor dispone de tiempo para reflexionar antes de que la palabra se forme, antes de plasmarla en el papel; puede enlazar varios elementos. Hay un periodo en que el cerebro olvida, una fase de asentamiento. Para nosotros, lo que desaparece, desaparece para siempre jamás: de ahí nuestra angustia y también la originalidad esencial de nuestro oficio.”

El fotógrafo (al menos el tipo de fotógrafo que a mi me interesa) es un cazador por instinto. Un coleccionista de instantes. Su creación, el uso de su talento es semejante en duración a aquello que persigue. A pesar de que pueda existir un entrenamiento, una preparación técnica y estética, el momento de creación del fotógrafo es efímero, casi inexistente. Tarda más un escritor en escoger una palabra o la mano del pintor en viajar de la paleta al lienzo. Y en ese breve espacio de tiempo, se puede crear una obra del mismo tipo de belleza. Por que la fotografía no es sólo un documento o registro de las cosas como son en el mundo. Es una interpretación. Creación al momento de buscar la perspectiva única.

(Releo el párrafo anterior y pienso en el maestro Enrique Segarra, cuyas clases de fotografía consistían en contarnos la historia de cada una de sus piezas. Su método muchas veces incluía esperar por largos e inmóviles minutos desde una posición usualmente incómoda con la cámara apuntando hacia un encuadre prometedor, la ocurrencia, casi providencial, del instante perfecto.)

Muchas veces he oído decir de boca de los que menosprecian el oficio: “yo pude haber tomado esa fotografía”. Grave error. El encuadre perfecto es único. Sólo desde aquel lugar preciso en el tiempo-espacio se pudo capturar la correcta geometría, la concordancia exacta de las líneas de fuga. Y si no, vayan y pregúntenle a la ley de la impenetrabilidad de la materia.

IV. Le Cheval Tombé – Robert Doisneau

 Le-cheval-tombe-1942 Robert Doisneau

El mundo cambia para siempre cuando por primera vez uno toma la cámara y hace pasar la mirada por el visor. El ojo mismo se convierte en una cámara y uno vive siempre con la lente alerta. Y aún un viaje al kiosco de periódicos se convierte en un excursión de cacería por la fotografía de la gran ballena blanca.

Escribe Cortázar en “Las babas del Diablo”:

“…cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera de trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche.”

Uno toma conciencia de la responsabilidad social de ser un observador único. ¿Cómo vivir tranquilo sabiendo que pudimos haber capturado un instante de belleza para compartir con el mundo y no lo hicimos? No hay nostalgia mayor que la del fotógrafo por las fotografías que no pudo tomar.

Guardado en mi álbum mental tengo muchas fotos que, por no contar con una cámara en el momento, nunca capturé. En una de ellas se puede ver a un grupo de siete mariachis cruzando en fila india la avenida 20 de noviembre. Uno tras otro, ocupan casi todo lo ancho de la calle/toma, en sus manos llevan los estuches con sus instrumentos y al fondo se alcanza a ver la iluminación patriótica de septiembre del zócalo chilango. Otra de mis favoritas es la inexistente fotografía de una pareja besándose y tomándose de la mano sobre la barrera que a las 8 a.m. separa los vagones de hombres y mujeres en el metro de la Ciudad de México. Al fondo, la exposición  de 1/8 dibuja una estela naranja con el movimiento del tren en marcha.

Nota histórica totalmente inútil: la primer foto con una figura humana en un go-kart en la superficie lunar se tomó el 7 de diciembre de 1972 durante la misión del Apolo 17. Iconofinaltexto copy

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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