EL MERCADO DE LA HISPANIDAD

La primera vez que escuché con un tono fuerte la palabra hispanidad fue en una biblioteca pública de la ciudad de Chicago. La bibliotecaria creyó que elegí incorrectamente algunos libros por estar escritos en francés. Ella conminó “pero si tú eres hispano”. Mi respuesta: “¿Hispano? Im not a roman slave”. En cambio, la última vez que encontré esta palabra con una suavidad sospechosa fue en una ocasión que sintonicé la televisión pública española. El canal de la sexta anunciaba con gran fruición: “Hispania, la leyenda”, una teleserie ambientada en la península ibérica durante el siglo II d.C. La serie recrea el momento en el que los lusitanos, guiados por el insurrecto Viriato, se enfrentaron a los romanos. Sin embargo, ya entrando en confianza, la última vez que escuché esta palabra con más escándalo fue cuando la leí en un texto de Leonardo Da Jandra. El texto profetizaba lo siguiente:

“Soy esencialmente un ser festivo y ritual, y eso, la fiesta y el rito, es justamente lo que define el ser más duradero y profundo de la Hispanidad y, por ende, de la mexicanidad”.

Confieso que el uso de la palabra hispanidad y mexicanidad me asustó. Me asustó porque equivocadamente pensé que los esencialismos eran un elemento caduco del ensayismo mexicano. Después de una reflexión profunda, nuevamente el horror se apoderó de mí: no fue la palabra “esencialmente” el elemento incómodo ni la oración subordinada adjetiva “lo que define el ser” sino, anticipadamente, el hecho de que el texto fue publicado en el mes abril del año 2012. Efectivamente, el ensayo no es un texto de los años cuarenta, periodo del auge de la filosofía del mexicano; tampoco fue un texto de intervención durante la cruzada hispanista del franquismo; por el contrario, el ensayo es un intento por rehabilitar el germen identitario, una elegía por la pérdida de las certezas históricas, una tropicalización de Ortega y Gasset, un artificio literario para encubrir una forma de cristianismo eco-céntrico. No es casual, entonces, que las pulsiones esencialistas aparezcan en lugares extremos y en contextos inusitados para su uso lingüístico: una biblioteca estadunidense, una teleserie española y un ensayo acerca de la esencia del mexicano. Tres países en los que el elemento “hispano” es más un problema político que una identidad celebratoria. Tan incómodo como la servidumbre que resiste los agravios del niño consentido o la carne que degusta el vegetariano a falta de otros alimentos. Una presencia incomoda. Una cicatriz de infancia imposible de borrar. Una huella sin referencia dactilar.

La celebración de la hispanidad constituye un recurso para signar la etnia. Supongo que para explicitar este concepto, Da Jandra pensó en los hispanos de Estados Unidos, en los migrantes que cruzan la frontera en espera de una mejor vida. El problema es que el uso de este concepto reactiva el espíritu de las identidades estatales. Entre varias acepciones, la hispanidad fue la política cultural defendida durante el Franquismo, pues contiene un resabio imperialista difícil de extirpar. Lo que Da Jandra no omitió es el supuesto esencialista, barroco, jesuita, católico, supuesto en la práctica ensayística. La hispanidad de la mexicanidad es la conmemoración de la fiesta, el rito y la síntesis entre la intrahistoria mexicana y la internacionalización española. España caducó como horizonte de sentido desde 1898 y la crisis reciente es sólo un efecto de esta crisis recurrente. El problema es de otro cuño y Da Jandra no lo previó. La hispanidad es un concepto relacional, una entidad normativa, un pretexto para ubicar la relación que debe guardar la imagen de la metrópoli Española con los reflejos catódicos de las repúblicas americanas. Una imagen construida por la España que se resiste a ser una igual entre sus hijas americanas, una ilusión de comunidad que apuesta por la lengua, la religión y las costumbres como una potencia de unidad.

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Ángel Álvarez

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