El ídolo, el fetiche y la fiesta

We can do it!

Cuando el 25 de diciembre los niños alrededor del mundo despiertan emocionados, no lo están por el nacimiento del mesías; sino, evidentemente, por la nueva consola o bicicleta que Santa Claus (o los mismos padres para los más cínicos) les han dejado bajo el pino de plástico cargado de foquitos y esferas de metálico brillo. La forma de celebrar la Navidad ha cambiado con el tiempo, hay registros que indican que en la Edad Media ésta era una fiesta pública en la que se permitían múltiples licencias de índole más bien carnal. Por lo que no aplica, al menos en este caso, la mirada melancólica y mojigata a un pasado mejor en el que lo verdaderamente importante era tomado en cuenta.

Pero aquí no nos ocupa la Navidad, sino dos fiestas infinitamente más importantes: el Día Internacional de los Trabajadores y el Día Internacional de la Mujer. En general, salvo para aquellos que pertenecen a algún sindicato, el Primero de Mayo es un día en el que no se trabaja, punto. Con suerte recordarán que tiene que ver con unos tales mártires relacionados con algo que pasó Chicago. El Día Internacional de la Mujer ha corrido con mucha peor suerte, con un encubrimiento absoluto. Este queda reducido a una de las ocasiones de mayores ventas para las floristerías y chocolaterías; pues en tanto novios, esposos e hijos, los hombres se sienten obligados a rendir sus respetos a todas las mujeres importantes en sus vidas.

El Día Internacional de la Mujer originalmente llamado Día Internacional de la Mujer Trabajadora, se originó como una festividad socialista de tinte político. Este tinte se ha perdido en muchas partes del mundo, lo que hace de esta algo muy parecido al Día de las Madres y el de San Valentín. ¿Es esto malo?—se preguntarán. Es terrible. Esta fiesta tuvo su origen en la Segunda Internacional, celebrada en Copenhagen, en donde se abogó por iguales derechos entre hombres y mujeres. La lucha de fondo, el origen y fundamento de este día es la lucha contra la desigualdad entre los sexos, la lucha contra el patriarcado.

Como están ahora las cosas, muchas mujeres se sienten en ese día halagadas por tanta felicitación. Lo cual imagino que es comprensible. Quizás piensen que el sentido político del Día de la Mujer se perdió justo porque la situación de desigualdad entre los sexos ha desaparecido: las mujeres pueden votar y se han pasado toda clase de leyes laborales que las protegen. Lo cual es cierto, no voy a negar que algo se ha avanzado. Pero como dicen, para muestra un botón.

Hablando con jerga hegeliana, las celebraciones que se acostumbran el 8 de marzo son una negación determinada del elemento universal, que en este caso es lo masculino. Es decir, el 8 de marzo es uno de los únicos días en que lo femenino y la mujer, son tomados en una consideración superior. Es necesaria la celebración de la mujer porque los otros 364 días son, por así decirlo, de los hombres; pero si este día se queda en el obsequio de una insípida y despolitizada caja de chocolates, el daño colateral consiste en la osificación de dicho estado de cosas: lo masculino como el elemento de lo universal, el empoderamiento del patriarcado. Es esta una ocasión en que las mujeres son celebradas como flores, como objetos pasivos de la contemplación masculina y no como agentes políticos en una lucha por la igualdad y la justicia.

Es necesaria la reivindicación del sentido original de festividades como esta por el encubrimiento fetichista del que ha sido objeto. La versión baja en calorías que el grueso de la población celebra no hace justicia, sino perjuicio, a las importantísimas causas en las que tienen su origen. Habría que ser tan severos como lo fue Moisés cuando al bajar del Monte Sinaí se encontró con que su pueblo había dejado de adorar a Dios y cayó en la idolatría de una figura tallada en madera. Digamos no al falso ídolo, digamos no a la fetichización, al encubrimiento del sentido prístino de lo verdaderamente importante.

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José Luis Álvarez Vergara

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