El efecto fírmame una nalga

fans-mejores

Margaret Atwood lo dijo una vez: querer conocer a un escritor porque te gusta su trabajo es como querer conocer a un pato porque te gusta el paté.

Uno creería que el espectro de estudio de la teoría del fan flota en la superficie de la cultura, donde entomológicos millares de admiradores hacen la ola como ritual de adoración al rockstar en turno. Pero resulta que, en las profundidades, el joven intelectual no está exento de esa admiración que trasciende la labor literaria de sus ídolos y que se confunde con el anhelo táctil.

En la cultura de la imagen parece válido, aunque no por ello menos primitivo, que la estrella sobreviva del magnetismo conceptual que genera entre sus fans, aun sobre –o a pesar de– su talento. Las paredes de los cuartos se tapizan de pósters sin filtro de patrocinadores, y en los conciertos y partidos de fútbol, el fan busca la foto con su ídolo para la página de sociales de su propia existencia, y la chica que lloró porque casi no alcanzaba boleto para la sección VIP se empeña en expresarle al autoproclamado artista su disposición a preservar sus genes. Fírmame una nalga, dicen las más recatadas, aunque ese tatuaje improvisado no tenga más fin práctico que ser placebo de abrazos paternos.

Todo eso le parece deleznable al joven amante de la higiene intelectual, para quien las masas son rebaños zombies. Y sin embargo es ese mismo joven el que en silencio planea ir a Virginia a tocar (qué más si no) la tumba de Edgar Allan Poe, al café parisino donde Hemingway perdía la lucidez o ya de perdis a la calle de Donceles cuyo recuerdo monopolizó Carlos Fuentes; hace fila en las presentaciones del libro para obtener una dedicatoria manuscrita que guardará y presumirá con recelo; tendría si existiera –tendrá cuando exista– el póster de Charles Baudelaire agitando su mata azul; si tiene pretensiones escritoriles cultiva la fan-fiction; y sí, oh sí, se toma fotos con sus escritores favoritos (incluso con los no favoritos, las fotos cada vez sobran menos) en congresos, coloquios, talleres o en el restaurante en que coincidieron.

¿De qué le sirve al admirador literario el amuleto, el souvenir de las altas cumbres del éxito? My precious, dice el hobbit resignado a su propia insignificancia. Mi edición firmada por Juan Villoro, mi foto de cuando me encontré al Gabo; en el fondo no hay gran diferencia con la servilleta donde escupió Bono y el autógrafo de Luis Miguel en una chichi, porque la posesión de un fragmento del ídolo tiene muy poco que ver con su aportación al mundo, y sí mucho con la satisfacción propia de necesidades emocionales, desde el cariño hasta la fabricación de estatus.

El efecto fírmame una nalga se extiende al mundo intelectual con absoluta impunidad, con la bienvenida de sus nuevos feligreses y la bendición de sus patriarcas, porque, seamos más estadísticos que francos, a qué escritor no le gusta que lo traten como el más banal de los rockstars.

@Ad_Chz

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada