El derecho a la indiferencia

futbol

En estos tiempos ya nadie tiene derecho a la indiferencia.

Tengo la fortuna de contar con amigos en varias partes del mundo. El fin de semana pasado, uno de ellos, camerunés, me escribió para preguntarme mis expectativas para el partido de futbol en el que se enfrentarían los equipos representantes de nuestros respectivos países. El martes temprano, un amigo italiano me envió un mensaje críptico por telegráfico: “Buona fortuna, amico”; y por la tarde, mi otrora roomie nacido en Argelia me felicitó porque al parecer tenemos (no sabía bien quienes teníamos) un porterazo. Eso sin contar a la brasileña que me increpó como si yo le hubiera hecho algo malo. A ninguno de ellos sabía qué responderle, sencillamente porque en algunos casos carecía del referente y en otras porque no tenía ninguna postura al respecto. Finalmente fingí interés y mentí, señor juez, pero fue para salvaguardar la amistad: ojalá México la ganara a Camerún, grazie mille, y sí, obvio tenemos un porterazo.

También en la semana, la periodista y activista Sanjuana Martínez escribió una columna en la que trata muy mal a los aficionados al futbol, a quienes no les concede un nivel decoroso en la cadena evolutiva; y en Letras Libres, Alberto Fernández le contesta aludiendo a una cosa muy cursi a la que llama “la psicología del aficionado”, aparentemente digna de defensa.

Las redes sociales también están polarizadas al extremo: abundan los memes ―esos termómetros de la inteligencia colectiva― en los que, por un lado, se habla del futbol como el soma de un país de idiotas, y por el otro se califica a quienes lo desdeñan de intelectuales fallidos y activistas de sillón.

La verdad es que nos sigue gustando el maniqueísmo por fácil.

Es cierto que el futbol es un espectáculo cooptado por intereses mercantiles que fabrican un concepto de afición para nutrir su capital (he visto en algunas mesas de análisis que hay a quienes esto les parece “natural”). También que el gobierno federal de este país puede darse el lujo impune de discutir unas reformas perjudiciales a la hora exacta de los partidos de México, a sabiendas de que sí habrá quien crea que no lo hicieron a propósito. Es cierto que un aficionado sin compromiso social es un aliado del mismo sistema que lo oprime, y que pagar un mundial con recursos públicos en un país de pobres es como dejar sin comer a tu hija un mes para comprarle un vestido de quince años. Pero nada de eso tiene que ver con el deporte.

Por otro lado, es innegable que, dado el poco esfuerzo intelectual que requiere presenciar un partido de futbol, a muchos les parezca lógico expresar el asco que les provoca, para así mejorar la percepción que el mundo tiene sobre su capacidad cerebral. Pero eso no tiene nada que ver con el gusto por el deporte.

En este panorama, la figura de alguien a quien simplemente no le interesa el futbol es impensable. Como si cualquier ser humano que nace debiera traer ya instalado un color, una postura al respecto. Ser neutral es inverosímil, inhumano. En la cabeza de mis amigos extranjeros no cupo la posibilidad de que el futbol me tuviera sin cuidado, porque esa clase de persona no es siquiera una alternativa. De la misma forma, para muchos intelectuales es reprobable que el martes me haya tomado la licencia de sintonizar el México-Brasil en el radio del coche como se sintoniza cualquier estación que transmite vacuidades, porque en ese momento me convertí en enemigo de la patria saqueada.

Así como algunos de mis amigos más cercanos son gente muy inteligente y tienen derecho a la afición, otros deberíamos exigir nuestro legítimo derecho a la indiferencia sin que se nos considere pretenciosos intelectualoides.

Hay que decirlo, la indiferencia a lo que sucede en el Senado de la República siempre será más peligrosa que aquella que te hace inmune al espectáculo. Pero la radicalización de la postura, la metonimia social, el efecto meme, debe al menos imposibilitar de entrada la comprensión de ese otro al que le queremos contagiar nuestras ideas.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada