El derecho a la habitación propia

El primer recorrido por la ciudad comienza con la habitación propia. Virginia Woolf lo reconoció tempranamente: para que una mujer pueda escribir basta dinero y una habitación. Sin este espacio en donde se confunde lo privado con lo íntimo y donde no tiene lugar lo público, los paseos por nuestro interior resultan impenetrables. La habitación propia es la representación de las aspiraciones del cada día. Por esta razón, los recorridos por la ciudad incitan la atención de la mirada y la primera mirada está condicionada por el lugar en el cual abrimos los ojos por primera vez. Pasolini comentó que la primera lección de su vida provenía de una cortina. Este objeto le enseño su condición de clase, de género y, en última instancia, la cortina vislumbró todo lo que no puede ser en el mundo: esclavo africano del siglo XVII, proletario de la Rusia zarista o simplemente miembro del partido fascista italiano. Aunque resulte una obviedad,  la habitación propia requiere, necesariamente, de una “apropiación” y de una exclusión: dejar fuera todo lo que no es propio.

La habitación propia no puede ser confundida con otros espacios, aunque a menudo la vida posmoderna insista en identificarlos. La habitación es el único lugar en el que el mundo es algo exterior y en el que surge, para bien de las familias y para mal de las parejas, la distinción biológica primigenia: el adentro y el afuera. El adentro conecta con la intimidad, con nuestros estados de conciencia incomunicables aunque perceptibles. En cambio, el afuera es hostilidad pura, inseguridad y riesgo. La sociedad posmoderna es una sociedad del riesgo —así lo pensó Ulrich Beck— porque es una sociedad de limitación del espacio interior. La sensación frecuente de “sentirse amenazado” es una emoción propia de una sociedad que ha hecho del riesgo, y no de la incertidumbre, el principal acicate para coordinar las experiencias humanas. Marcel Proust, por ejemplo, describió su habitación como una jaula o un nido en el que reina el sentimiento de familiaridad. La pérdida de la familiaridad sólo podría provenir de un lugar ajeno, extraño, de una habitación que no es la propia. Para Proust, habitar un cuarto nuevo implica la misma disposición y esfuerzo que el adaptarse a un país nuevo: “sé lo que puede sufrirse las primeras noches mientras nuestra alma está sola y debe aceptar el color del sillón, el tictac del péndulo, el olor del cubrepiés…”. La habitación propia es la condición de despliegue del espacio interior porque en ella resuena el derecho a cavar en nuestras propias profundidades, el derecho a distinguirnos de los otros y reconocer los entresijos de la pluralidad. La habitación propia es una de las grandes conquistas de la modernidad y perderla por el cuarto de TV, la alacena de electrónicos o simplemente el cuarto de estudio implica una violencia sin igual, puesto que cada vez existen menos espacios en los que nuestro yo olvide la presión del exterior. Virginia Woolf tuvo mucho razón: para escribir se requiere dinero y una habitación, pero olvido algo fundamental: la vida es una continua cadena de apropiaciones en las cuales siempre existe la amenaza de expropiación.

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Ángel Álvarez

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