El delicado arte de pelearse en Internet

troll

En mi limitado conocimiento, Internet 2.0 se refiere a la etapa de la red en la que los espacios en línea ya no sólo ofrecen información, sino que permiten recibir la retroalimentación y colaboración de los pasantes a través de foros, entre otras cosas. Es a partir de entonces que a los contenidos creados y subidos a la red se les suman comentarios más o menos espontáneos de usuarios que pueden o no mostrar sus nombres reales, según las configuraciones de cada sitio. Los programadores invitaron a los mortales a la conversación, y no ha habido vuelta atrás.

Con esta apertura salieron, como en caja de Pandora, los demonios tradicionales de la comunicación humana, ahora en formato digital y con el potencial de atravesar fronteras espacio-temporales para convertir cualquier tema en un campo de batalla acalorada y verbosa. Cualquiera que sea el video de YouTube, la noticia en la sección de espectáculos, el escándalo del día en Twitter: si hay seres humanos con capacidades para comentar al respecto, hay una posibilidad sólida de que el asunto acabe en pleito.

Antes de partir, conviene aclarar que la cosa aquí no está en problematizar el hecho de que la gente se pelee, que eso va a suceder en todas las situaciones de la vida: desde el transporte público hasta el banco, y desde la oficina hasta la cantina. La particularidad está en que las discusiones por Internet tienen el potencial de escalar a velocidades alucinantes, y que la violencia verbal que se llega a soltar en ellas sería suficiente para que, cara a cara, el asunto acabara o en golpes o en demandas por acoso, mientras que en la red los debates pueden continuar por líneas y líneas, sin que ninguno de los participantes logre ceder un ápice de su posición.

Existe incluso el tipo de pleitos en línea que rebasan los límites de las pantallas y se escurren en las otras esferas de la vida, pero sobre los trolls y sus campañas de intimidación no voy a abundar, en primera porque mejores teclas han planteado la cuestión y, en segunda, porque esa violencia no me hace la más mínima gracia ni pienso que deba ser tomada a la ligera. Pero bueno, para cábulas están los otros argüendes, esos que nos recuerdan a los perros que se ladran salvajemente a través de una reja pero que, una vez abierta, se ignoran olímpicamente.

Pero, ¿por qué estas discusiones son así, con tan poca efectividad y tanta agresión? ¿Será esto una expresión de la violencia que nos habita a todos los humanos? ¿O será más bien un escape, un permiso que uno se da de ser más tarado de lo normal,  sólo porque acá no hay consecuencias tangibles? Sea como sea, hay una serie de condiciones de la comunicación en internet que vienen y empeoran todo el asunto, que son las minas en la tierra de nadie del foro digital. Lanzo, pues, las cinco que hasta ahora, como cyberpleitera en rehabilitación, he podido identificar:

  1. No hay lugar para los matices

Esto todos lo hemos vivido de una u otra forma: un error de puntuación, una tecla de mayúsculas que se activa por error y ¡pum! El otro piensa que estás gritando o al borde del ataque, y reacciona de acuerdo con esta suposición. O bien, alguien decide hacerse el interesante y escribir un comentario sarcástico, que desencadena una serie de ataques porque…, pues porque los tonos en los que hablamos son muy difíciles de pasar a la palabra escrita. La solución por la que muchos optan es escribir *es sarcasmo* o “es una broma”, al final de la frase famosa. Esto resuelve muchos de estos malentendidos, pero con una falta tal de elegancia que podría apostar que mucha gente prefiere echarse el conflicto antes que aplastar su chiste cuidadosamente compuesto con un cierre tan desangelado.

Sumemos a esto el peso que tiene la presencia física, las miradas, la comunicación no verbal; incluso la importancia de la cerveza o el café, esos lubricantes sociales, que en el mundo tangible pueden ser usados como muleta de argumentos, o bandera blanca cuando los que discuten se dan cuenta que han llegado a un punto muerto. Nada de eso está presente en línea. Cuando mucho, alguien soltará un “esto hay que discutirlo con unos mezcales”, que opera más como un cierre simbólico del pleito, porque queda por verse quién se reúne con amigos y comienza la conversación diciendo “como discutíamos en el feis la otra vez, Cuquita…”

  1. La peregrinación al lugar común

Es todo un reto concentrarse en formar un argumento serio cuando ahí, al alcance de la mano, están los bienamados lugares comunes de la camorra, esas frases tan cliché con las que uno se imagina que desarma completamente la validez de los otros. La mejor de ellas, mi favorita absoluta, es “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Si Benito Bod…Juárez se enterara de la cantidad de causas y debates para los que se recicla su frase hoy en día, se nos desmaya seguro. Una variante muy usada es aquella de “tu libertad termina donde empieza la mía”, idea que a mí de entrada me suena bastante ilógica, pero bueno, habrá que preguntarle a los amigos abogados.

Frases de menor calibre hay muchas, desde el “doble moral” hasta el “pan y circo”, pasando por supuesto por las acusaciones y descalificaciones directas, que nos ahorran la pena de combatir ideas para poder regodearnos en el dedo acusador al llamar al otro:

a)pejezombi/chairo/inculto

b)sionista/pro-gringo/malinchista

c)hípster/nini/mirrey

d)feminazi/vieja amargada

e) borrego/vendido/priista/asaltacaminos/comecuandohay

f) una creativa combinación de todas las anteriores.

El truco aquí es que estos clichés y descalificaciones prefabricadas desvían el pleito de su dirección original, de manera que los peleantes terminan defendiendo su imagen mucho más que sus ideas. Para mayores referencias en la escala global, les presento la ley de Godwin: “A medida que una discusión en internet se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los Nazis tiende a uno”. Hagan la prueba en casa, verán.

Otra desviación peligrosa es la de la ortografía, la cochina ortografía, que gente tan culta, tan leída, tan superior, utiliza de ariete todo terreno para destruir las ideas de los demás. “Sí, que interesante tu interpretación del conflicto sirio desde la perspectiva postcolonial, pero no puedo tomarte en serio porque escribiste haber en vez de a ver, y le pusiste acento a Damasco…pfff, hay que leer más, ¿eh?”. Y así, desviado el foco desde el fondo hasta la forma, Pleitista de Anuncio de la Gandhi consigue un escalón de superioridad moral desde el que puede aporrear más a gusto a Pleitista con Ortografía Cucha.

  1. Las falacias argumentativas, esa bonita tradición

Esto de intercambiar acusaciones es, por supuesto, parte de una tradición mayor, presente en las discusiones de todos los formatos desde tiempos inmemoriales: las falacias argumentativas. Los lugares comunes de la descalificación coquetean gran parte del tiempo con el ad hominem: la respuesta a los argumentos del otro mediante el ataque a la persona que lo propone, basándose en sus características físicas, personales o condiciones de vida. Otro favorito en las redes es la falacia de la pendiente resbaladiza. Tal vez la recuerden de películas como “si legalizan los matrimonios homosexuales, luego seguirá legalizar la pederastia, la zoofilia y la poligamia”. La lista es grande y los ejemplos muchos, pero quede por lo pronto este recurso en español y este otro en inglés (con dibujitos), como herramientas iniciales para saber de dónde vienen las pedradas y poder señalar con tranquilidad el punto en el que se empieza a confundir la velocidad con el tocino. Aunque, atención: el uso de una falacia no invalida el argumento (si es que hay) propuesto por esa persona, nomás la hace parecer un poquito más tramposa.

  1. El efecto de la máscara:

Esta mina va con anécdota: hace algunos años, asistí a una proyección de un documental de Ambulante, pero nunca pude ver el final de la película porque el proyector ya se andaba quemando y tuvieron que suspender la sesión. Cuando los organizadores se lo avisaron a la sala llenísima, hubo gestos y sonidos de desconsuelo, pero casi inmediatamente todos nos salimos al mundo a utilizar de manera pacífica nuestra media hora sobrante. Unos días después, los de Ambulante postearon en su Facebook que ofrecerán una sesión de reposición y ahí —y sólo ahí— se dejaron ver las voces de disenso: decenas de personas quejándose por escrito de la falta de profesionalismo del festival, de la decepción de la película incompleta, de la mala experiencia en aquel domingo caluroso.

Independientemente de la personalidad, suele ser más fácil ponerse súper gallo tras la protección de una pantalla, con todo el tiempo del mundo para redactar la respuesta más hiriente o el argumento más demoledor (según nosotros, obvio). Y si, además, uno está posteando como CraZyGRRl476, pues peor. Se llega a ser otro, a reinventar la personalidad, a subsanar las frustraciones cotidianas y a entregarse al carnaval de la camorra, total quién sabe quiénes sean esos “usuarios” con los que nos peleamos.

  1. ¿Vale la pena densear?

El último tropiezo para la comprensión de los otros onláin está en esos textos larguísimos, con oraciones complejas y citas de gran impacto…, que se suceden unos a otros en los cuadritos azul claro de FB, mientras a su lado destellan los anuncios de zapatos y las escandalosas fotos de la borrachera del fin de semana. Tanto las redes sociales como los foros de las páginas de Internet privilegian lo inmediato, casi casi lo efímero. No suelen ser ambientes que fomenten la reflexión y el diálogo (que, pensándolo bien, tampoco son muy promocionados en el mundo físico, me lleva), lo que plantea dificultades prácticas para las pocas almas tenaces que insisten en discutir cosas seriamente. Nuestras mentes con restos de cerebro reptiliano están conectadas de maneras bastante hedonistas; de manera que es inevitable tener la tentación de escapar por la vía menos tortuosa, que en estos contextos, suele ser dar el avión y huir a prados más verdes, sacando la vuelta a la discusión bizantina y quedándonos con la duda de si esto es un acto de cobardía o de mera prudencia.

Yo no puedo ofrecer una respuesta a ese dilema. A veces una elige guardar silencio sobre el tema apasionante, ignorar la invitación al debate y pasar a otra cosa, pero inevitablemente se regresa a seguir el pleito desde las gradas, identificando a los favoritos y a los ortografílicos, esperando contra todo pronóstico leer el momento en el que dos adversarios encuentran sus puntos en común, se reconocen y se entienden. Las raras veces que eso ocurre, un poco de fe en la humanidad vuelve a crecer, y una se acuerda de que el 2.0 puede también ser puente.Iconofinaltexto copy

@shebacr

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Sheba Camacho

Sudcaliforniana con estudios en Antropología y Museología. Miembro del prestigiado club 'Este año sí termino la tesis' y de la asociación de detractores del nacionalismo. Sus intereses giran en torno a la identidad, la memoria y las colecciones de los museos. Sus vicios incluyen pasar demasiado tiempo en internet y leer los comentarios de los foros.
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