El colombre

Pues nada, que hoy en Las sombras de la caverna tenemos como invitado especial a “El colombre”, cuento de 1966 de Dino Buzzati, el cual leí hace poco y me dieron muchas ganas de compartir. Así que, ¡el aplauso bonito, por favor!

colombre

El colombre *

Cuando Stefano Roi cumplió doce años, pidió de regalo a su padre, capitán de altura y patrón de un bonito velero, que lo llevase con él a bordo.

—Cuando sea mayor —dijo—, quiero salir al mar como tú. Y gobernaré barcos todavía más bonitos y más grandes que el tuyo.

—Que Dios te bendiga, hijo mío —respondió el padre. Y como precisamente aquel día su carguero debía zarpar, llevó al muchacho consigo.

Hacía un radiante día de sol y el mar estaba en calma. Stefano, que nunca había estado en el barco, se paseaba feliz por la cubierta, admirando las complicadas maniobras de las velas. Y preguntaba esto y aquello a los marineros, que, con una sonrisa, se lo explicaban todo.

Cuando el muchacho llegó a popa, se detuvo intrigado a observar algo que aparecía intermitentemente en la superficie del mar, a unos doscientos o trescientos metros de distancia, siguiendo la estela del barco.

Aunque el navío ya volaba empujado por un viento favorable, aquello se mantenía siempre a la misma distancia. El niño no comprendía su naturaleza, pero tenía algo inexplicable que lo atraía intensamente.

Su padre, que lo había perdido de vista le llamó a grandes voces y, como no obtuviera respuesta, bajó del puente de mando y fue a buscarlo.

—Stefano, ¿qué haces ahí plantado? —le preguntó al divisarlo finalmente en popa, de pie, mirando las olas.

—Papá, ven a ver esto.

El padre fue y miró en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no consiguió ver nada.

—Hay una cosa oscura que aparece de vez en cuando en la estela y nos sigue —dijo el muchacho.

—A pesar de mis cuarenta años —dijo el padre— creo que sigo gozando de muy buena vista. Pero no veo absolutamente nada.

Ante la insistencia de su hijo, fue a por el catalejo y escrutó la superficie del mar, hacia donde estaba la estela. Stefano lo vio palidecer.

—¿Qué sucede? ¿Por qué pones esa cara?

—Ojalá no te hubiera escuchado —exclamó el capitán—. Ahora temo por ti. Eso que ves aparecer en el agua y que nos sigue no es ninguna cosa. Es nada más y nada menos que un colombre, el pez más temido por los marineros en todos los mares del mundo. Es un tiburón tremendo y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá no se conozcan nunca, elige a su víctima y, una vez que la ha elegido, la sigue durante años y años, durante toda la vida, hasta que consigue devorarla. Y los más extraño es que nadie puede divisarlo, salvo la propia víctima y las personas de su misma sangre.

—¿No será una patraña?

—No. Yo nunca lo había visto, pero por las descripciones que tengo de él, lo he reconocido enseguida. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra continuamente, esos dientes terribles… Stefano, no hay duda, por desgracia el colombre te ha elegido a ti y, mientras estés en la mar, no te dejará en paz. Escúchame: ahora regresaremos enseguida a tierra, desembarcarás y no te volverás a alejar nunca más de la costa, por ningún motivo. Debes prometérmelo. El oficio de marino no es para ti, hijo mío. Debes resignarte. Además, también en tierra podrás hacer fortuna.

Dicho esto, ordenó invertir el rumbo y regresó a puerto, donde, con el pretexto de una imprevista indisposición, desembarcó a su hijo. Después volvió a zarpar sin él.

Profundamente turbado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que el mástil más alto de la arboladura se hundió en el horizonte. Al otro lado del muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano consiguió divisar un puntito negro que surgía esporádicamente de las aguas: era «su» colombre, que iba lentamente de aquí para allá, esperándolo con obstinación.

A partir de entonces, no se escatimaron medios para luchar contra la atracción que el muchacho sentía por el mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior, a cientos de kilómetros de allí. Y durante algún tiempo, distraído por el nuevo ambiente, Stefano no volvió a acordarse del monstruo marino. Sin embargo, en las vacaciones de verano volvió a casa y, en cuanto tuvo un minuto libre, lo primero que hizo fue acercarse hasta la punta del muelle para hacer una comprobación que en el fondo consideraba absurda. Aun admitiendo que toda la historia que le había contado su padre fuera cierta, después de tanto tiempo el monstruo habría renunciado sin duda al asedio.

Pero Stefano se quedó atónito, con el corazón en un puño. A unos doscientos o trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba de un lado para otro lentamente, levantando de vez en cuando el hocico del agua y mirando hacia la orilla, como para ver si Stefano Roi venía por fin.

A partir de entonces, el pensamiento de aquella criatura enemiga esperándole día y noche se convirtió para Stefano en una obsesión secreta. Incluso en la lejana ciudad se despertaba de vez en cuando en mitad de la noche lleno de zozobra. Estaba en lugar seguro, sí, a cientos de kilómetros del colombre. Pero sabía que más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el tiburón le estaba aguardando. Aunque se hubiera trasladado al continente más remoto, el colombre se habría apostado en la laguna más próxima, con esa obstinación inexorable que tienen los instrumentos del destino.

Stefano, que era un chico serio y voluntarioso, continuó los estudios con éxito y, apenas se hizo un hombre, encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de la ciudad. Mientras tanto, su padre enfermó y murió, su madre vendió el magnífico velero y él heredó una discreta fortuna. El trabajo, las amistades, las diversiones, los primeros amores: Stefano tenía ya un camino marcado en la vida, pero, aún así, el pensamiento del colombre lo asediaba como un funesto pero al mismo tiempo fascinante espejismo; conforme pasaban los días, en lugar de desvanecerse parecía volverse más insistente.

Grandes son las satisfacciones que se obtienen de una vida laboriosa, acomodada y tranquila, pero la atracción del abismo es todavía mayor. Stefano tenía apenas veintidós años cuando, tras despedirse de sus amigos de la ciudad y dejar el empleo, volvió a su ciudad natal y comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a la que Stefano no había dicho nada sobre el misterioso tiburón, recibió con alegría su decisión. En su fuero interno, el hecho de que su hijo hubiera abandonado el mar por la ciudad siempre le había parecido una traición a las tradiciones familiares.

Stefano comenzó a navegar, dando prueba de grandes dotes marineras, de resistencia a la fatiga, de intrepidez. Navegaba y navegaba, y en la estela de su barco, en la bonanza y en la tempestad, se afanaba día y noche el colombre. Stefano sabía que era su maldición y su condena, pero tal vez precisamente por eso no tenía fuerzas para separarse de él. Nadie a bordo distinguía al monstruo, excepto él.

—¿No veis nada allá? —preguntaba de vez en cuando a sus compañeros, señalando la estela.

—No, no vemos absolutamente nada. ¿Por qué?

—No sé. Me había parecido…

—¿No habrás visto por casualidad un colombre? —decían ellos riendo y tocando madera.

—¿Por qué os reís y tocáis madera?

—Porque el colombre es un animal que no perdona. Si se pusiera a seguir este barco, significaría que uno de nosotros está perdido.

Pero Stefano no cejaba. Al contrario, la continua amenaza que le perseguía parecía multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su temeridad en los momentos de peligro y de lucha.

Con la pequeña herencia que le había dejado su padre, en cuanto consideró que dominaba el oficio, compró a medias con un socio un pequeño barco de cabotaje, después se convirtió en su único propietario y, pasado el tiempo, gracias a una serie de afortunadas expediciones, pudo adquirir un auténtico buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero ni los éxitos ni los millones le servían para quitarse de la cabeza aquella idea fija; ni nunca, por otra parte, tuvo la intención de vender el barco y dejar de navegar para dedicarse a otras empresas.

Navegar y navegar, ése era su único afán. Apenas ponía el pie en algún puerto, después de una larga travesía, la impaciencia le obligaba a volver a zarpar. Sabía que allí fuera estaba el colombre esperándolo, y que el colombre era sinónimo de desastre. No había nada que hacer. Un impulso irreprimible lo llevaba sin descanso de un océano a otro.

Hasta que llegó un día en que, de pronto, Stefano se dio cuenta de que se había hecho viejo, viejísimo. Ninguno de sus allegados entendía por qué, siendo tan rico, no abandonaba de una vez por todas aquella condenada vida de marino. Viejo, y amargamente infeliz, porque había consumido toda su existencia en aquella insensata huida a través de los mares para escapar de su enemigo. Pero, para él, la tentación del abismo siempre había sido más fuerte que las alegrías de una vida regalada y tranquila.

Y una noche en que su magnífico barco estaba anclado frente a su puerto natal, sintió que le había llegado el último momento. Entonces llamó al segundo de a bordo, en el que confiaba plenamente, y le ordenó que no se opusiera a lo que estaba a punto de hacer. El otro se lo prometió por su honor.

Una vez obtenida su palabra, Stefano reveló al segundo oficial, que le escuchaba asustado, la historia del colombre que lo había seguido inútilmente durante casi cincuenta años.

—Me ha acompañado de un extremo a otro del mundo —dijo— con una fidelidad que ni siquiera el amigo más noble me habría demostrado. Ahora estoy a punto de morir. Él también debe estar terriblemente viejo y cansado. No puedo defraudarlo.

Dicho esto, se despidió, mando arriar un bote y, tras ordenar que le dieran un arpón, se instaló en la pequeña embarcación.

—Voy a su encuentro —anunció—. No debo decepcionarle. Lucharé con las últimas fuerzas que me quedan.

Con cansinos golpes de remo, se alejó. Los oficiales y los marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, en la mar en calma, envuelto por las sombras de la noche. En el cielo, la luna estaba en cuarto creciente.

No tuvo que remar mucho. De pronto, el horrible hocico del colombre emergió junto a la barca.

—Aquí me tienes finalmente —dijo Stefano—. ¡Al ataque!

Y, haciendo acopio de las fuerzas que le quedaban, alzó el arpón para arrojárselo.

—Ah —mugió con voz suplicante el colombre—, si supieras el largo camino que he debido recorrer hasta encontrarte… También yo estoy muerto de cansancio. Cuánto me has hecho nadar. Tú huías y huías… y nunca comprendiste nada.

—¿Qué debía comprender? —preguntó Stefano profundamente afectado.

—Que no te seguía por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El rey del mar sólo me había encargado que te entregara esto.

Y el tiburón sacó la lengua, presentando al viejo capitán una pequeña esfera fosforescente.

Stefano la cogió entre los dedos y la examinó. Era una perla de un tamaño descomunal. Entonces reconoció la famosa Perla del Mar que da fortuna, poder, amor y serenidad de ánimo a quien la posee. Pero ya era demasiado tarde.

—¡Ay de mí! —dijo moviendo tristemente la cabeza—. ¡Qué tremendo malentendido! He conseguido arruinar mi existencia y la tuya…

—Adiós, pobre hombre —respondió el colombre.

Y se hundió en las negras aguas para siempre.

Dos meses después, empujado por la marea, un bote arribó a un arrecife escarpado. Fue avistado por unos pescadores que, llenos de curiosidad, se acercaron a él. Dentro, todavía sentado, había un esqueleto blanco con una pequeña piedra redonda entre los dedos.

El colombre es un pez de gran tamaño, espantoso de ver y sumamente raro. Según los mares, y las gentes que habitan sus orillas, recibe el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, o chalung-gra. Los naturalistas, por extraño que parezca, no lo conocen. Algunos incluso sostienen que no existe.

 

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* Dino Buzzati, El colombre, Acantilado, Barcelona, 2008, pp. 7-14. Traducción de Mercedes Corral.

@elReyMono

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Víctor Sampayo

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