El cine nacional: entre el espacio exterior y Juan Gabriel

alfonso cuaron, eugenio derbez, festival, cineMe rehúso a creer que una película en la que Sandra Bullock da vida a un texto predecible y George Clooney actúa de George Clooney sea lo mejor que haya producido el cine mexicano en el último año. Es decir, era de esperarse que Gravity recibiera diez nominaciones a los premios Oscar y que ninguna de ellas fuera a Mejor Guion. Como certeramente lo señala Carlos Puig en este artículo, Alfonso Cuarón está lejos de ser un representante del cine nacional; le valen los temas que nos ocupan a los mexicanos; lo que hace lo hace muy bien pero lejos de aquí. Gravity, con su perfecta fotografía, su impecable producción, y su historia ramplona, está imantada a Hollywood como por la fuerza de gravedad.

Si ese no es el cine nacional, ¿qué sí lo es? ¿El melodrama mal escrito de Derbez? ¿El melodrama de clasismo reciclado que es Nosotros los Nobles? ¿O un melodrama musicalizado con las melodramáticas canciones de Juan Gabriel? Al menos son, estos tres ejemplos, los más taquilleros de las salas mexicanas. Pero no. De estas cintas hasta el guion huele a palomitas; son ejemplos claros de un cine de evasión que es sano en dosis moderadas pero cuyo abuso resulta en un país con obesidad mental; películas que echan mano del pastelazo emocional, de estereotipos anquilosados que están lejos de representar al mexicano, con todo y que se han multiplicado sospechosamente en el nuevo sexenio.

Al parecer, la industria fílmica nacional es como un sándwich: entre el pan Cuarón y el pan Derbez, se asfixia una larga lista de buenas películas que a veces duran en cartelera lo que el jamón afuera del refri. Ahí están por supuesto, las festivaleras, El premio, de Paula Marcovitch, Después de Lucía, de Michel Franco, y Heli, de Amat Escalante, esta última incluso calificada de traición a la patria a causa de sus temas (violencia y narcotráfico), por un simio disfrazado de columnista. Pero también hay adaptaciones literarias ―Abolición de la propiedad, basada en la novela de José Agustín―, y teatrales ―No sé si cortarme las venas o dejármelas largas, de Manolo Caro―; comedias bien escritas ―Tercera llamada, de Francisco Franco; La Cebra, de Fernando León; o la ya más viejita Acorazado, de Álvaro Curiel―, y dramas para todos los gustos ―No quiero dormir sola, de Natalia Beristáin; Nos vemos, papá, de Lucía Carreras―.

Estos son apenas algunos ejemplos, tomando en cuenta que ―según información de La Jornada, solo en 2013 se estrenaron 60 películas mexicanas.

No quiero decir que la médula de la identidad nacional esté escondida en estas cintas casi siempre ninguneadas. Lo que sí quiero decir es que la diferencia entre lo que se embolsaron Derbez por su telenovela en gran formato o Cuarón por su manual del optimista interestelar dista dos galaxias de lo que recaudan para sobrevivir la mayoría de las películas restantes; y eso sí dice mucho, no de ellos sino de sus espectadores, de nosotros, de este país.

¿Estamos viendo cine mexicano o lo que nos dicen que es cine mexicano? Hoy son Cuarón y Derbez; mañana Martha Higareda y Juan Osorio.

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada