El café como accesorio de oficina

 

Beber café, al igual que leer, es un placer que se explica a sí mismo. Una taza humeante no necesita más justificación que la de su propio aroma. Pero muchas cosas han cambiado desde que dos benditas cabras lo descubrieron hasta que Strabucks tapizó el Paseo de la Reforma con sus sucursales.

Hoy en día, todas las mañanas, puede verse a cientos de empleados desfilar por el camellón con una taza desechable del vital líquido; el café ha pasado a figurar como elemento infaltable del paisaje oficinesco, ocupando su lugar entre los clips y los post-it. Su función: despertar al trabajador.

Pienso, ineludiblemente, en los gammas y los deltas de Un mundo feliz, de acá y para allá con su dosis necesaria de soma. La mítica droga proporcionaba felicidad pura a los ciudadanos de ese mundo distópico, de manera que ninguno tuviera penas o frustraciones que mermaran su productividad laboral. Así, al café se le ha dado la encomienda, no menos maquiavélica, de mantener alerta los sentidos del empleado, que de poco le sirve dormido al sistema.

Poco importa si el café es malo: las tiendas de autoservicio han hecho su agosto con las máquinas expendedoras de lo que parece caucho líquido (alguna vez en el Museo del Café, en Veracruz, nos explicaban que a esas empresas les mandan los granos defectuosos). Las grandes cadenas, por otro lado, tienen una demanda tan monstruosa que sus proveedores son de aquí y de allá, de dónde sea, y el café que ofrecen es como un huevito sorpresa: nunca sabes qué sabor te va a tocar. Pero también da igual, mientras el joven ejecutivo sienta que la cafeína le espabila las ideas.

Un estudio de la Universidad de Bristol, en el Reino Unido, demostró en 2010 que el “efecto despertador” del café en quienes lo consumen con regularidad es más bien ilusorio, y que la sensación de lucidez no se debe sino a la satisfacción del síndrome de abstinencia.

Qué oso.

Da la impresión, pues, de que al café se le ha engrapado un aura esotérico-empresarial basada en la mentira. Además, habría que añadir a esos supuestos amantes del café, los que consumen frappés y bebidas preparadas, hechas en su mayoría con jarabe y no con espresso; los que veneran el sabor del café pero le ponen dos cucharadas de azúcar; los del capuccino en polvo, en fin… Qué importa que todo sea un teatro guiñol, mientras el empleado se lo crea y siga rindiendo utilidades.

Tomar café para despertar es como leer sólo para mejorar la ortografía. Así qué chiste: hay bebidas energéticas y manuales de redacción. El café, creo, sabe mejor cuando es un placer y no una necesidad pueril.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada