#HoyNoCircula o El berrinche del 20%

AtascoHace tiempo no veía en redes sociales tanto descontento como en la semana pasada. La razón no fueron los escándalos de corrupción internacional, ni los periodistas locales asesinados, ni la crisis de derechos humanos que en general se vive en México. No. La razón es que a algunas personas no las dejaron utilizar su coche.

Cuando digo “algunas personas” no es sólo ironía. Los automovilistas, principales damnificados del programa Hoy no circula de emergencia puesto en marcha el pasado 5 de abril por el justamente infame gobierno capitalino y cancelado cuando apenas se estaba poniendo bueno, representan apenas poco más del 20% de la población móvil en la Ciudad de México. Hay que tomarse un minuto para considerarlo: el 80% restante se mueve por la vida en otros medios de transporte, que por tanto no son “otros” sino los principales. Entonces, ¿qué brujería es esa que hace parecer el problema de unos cuantos una crisis general?

No es ninguna brujería sino cuestión de diseño y logística. Grandes vías, segundos pisos, infraestructura peatonal deficiente, descuido del transporte público y hasta descuentos a la tenencia: tenemos una ciudad absurda, diseñada para menos de la mitad de la mitad de sus habitantes. Así cómo no va a darse esta minoría ínfulas de importancia; así cómo no va a haber gente por ahí creyendo que circular solo en una máquina de ocho veces su tamaño es un derecho humano.

La queja del automovilista es siempre individual. Yo compré mi carro con mi dinero y ahora no me dejan circular; yo tengo que cruzar la ciudad; yo voy a no sé dónde y no me voy a arriesgar a que me asalten en el metro. Yo no circulo. No faltó el desafortunado que tenía que mover toneladas de materia prima y a los ocho vehículos de su empresa les cayó el HNC el mismo día. Abundaron esos casos que pretenden desarmar lo universal con argumentos particulares que Facebook no musicalizó con violines nada más porque el GDF o cómo se llame ahora no le dio tiempo.

Y es natural, porque la lógica del automóvil es la del neoliberalismo ―ésa que algunos defienden muy dignamente hasta que Uber les cobra $900 por un viaje de tres cuadras―. El resultado (ya no digamos el desastre ambiental, que tiene muy poco que ver con los yos) es que los automovilistas padecen el síndrome del niño mimado, que se siente especial, que recuerda a aquel bíblico José de Canaán, quien a pesar de tener doce hermanos recibía todos los favores de su padre. Claro que éste tenía el don de interpretar los sueños, y aquellos sólo contaminan.

La minoría automovilista tiene razón, por lo demás, en que los medios de transporte tradicional resultan una alternativa incómoda y hasta peligrosa. Está, claro, ese sector del mirreynato seguro de que, apenas se suban a un camión, los van a asaltar, como si diariamente no viajaran miles y miles ―y miles y miles― de personas a las que no les pasa nada. Está, decía, ese sector de personas que parecen turistas de su propia ciudad, pero la inseguridad tampoco es ningún mito. Es evidente que las condiciones en que operan, sobre todo, el metro y los camiones, hacen todo menos incentivar su uso. También es una verdad ineludible que hay quienes no tienen opción: no hay forma no inhumana de cruzar desde los lugares más inhóspitos del ya de por sí inhóspito Estado de México hacia el centro de la ciudad por medio de los transportes tradicionales ―mucho menos otros como la bicicleta―.

Pero el problema sigue estando en el diseño. En el diseño de la ciudad y en el diseño de nuestras mentes. Y por lo tanto es probable que no haya soluciones rápidas. Por supuesto que la administración en turno va a seguir priorizando invertir en infraestructura idiota para una minoría estorbosa en vez de molestarse en sacar a los vagoneros del metro, mientras tú, señora, señor, le sigas enseñando a tus hijos que el éxito en la vida es “hacerte de tu coche”, y que en metro viajan los jodidos. Por supuesto que el home office, una alternativa brillante comprobada en otros países, no va a acabar de despegar si los egresados de la universidad salen al mundo como comida de empresario, dispuestos y hasta entusiasmados de entrar a trabajar para comprarse un coche para ir a trabajar. Por supuesto que los automovilistas no van a querer caminar si esos mismos automovilistas hacen cara de asco y prisa cuando le ceden el paso al peatón.

No se trata, como han denunciado algunos, de crucificar a los oh pobres automovilistas. Se trata de porcentajes, de la justa medida. Se trata de un 20% pinche. ¿Qué hay que buscar y promover las alternativas? Sin duda. Pero no nos engañemos, el automóvil, tal como se concibe y utiliza en la CDMX, sí es en sí mismo un problema: uno caro, estorboso y contaminante. Podría no serlo; podría coexistir, revirtiendo los efectos de la privatización parcial del espacio público que representa: existen ya opciones con suficientes filtros de seguridad para compartir viajes en autos particulares (Bla Bla Car, por ejemplo, recién llegado a México de Europa), que además abaratarían los gastos de gasolina y, poniéndonos cursis, la opresión de la soledad cotidiana. Y hasta los estudios más peculiares, como éste de las protestas públicas, han demostrado que ―si bien se requieren medidas integrales que incluyan otros tipos de emisiones, como las industriales― desincentivar el uso del coche de verdad mejora la calidad del aire.

Pero nada de esto va a suceder si no cambia primero la perspectiva del yo, de la idolatría del auto como efigie del éxito personal y de la conveniente culpabilidad absoluta del jefe de gobierno, que ya solito puede hacer las cosas bastante mal sin nuestra colaboración. Eso sí, para que vean, sería para el bien de todos, y no sólo del 20%.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada