Eco

Umberto Eco

Debía tener yo unos once años de edad cuando, en una visita a la casa todavía defeña de una querida amiga de la familia (y su igualmente querido hijo), vi un cuadro en la sala que me llamó poderosamente la atención: un rectángulo negro, con un rostro blanco en alto contraste, viejo y de mirada severa. Debajo tenía un título intrigante en letras rojas, El nombre de la rosa.

Fue hasta que me encontraba en tercero de secundaria cuando conseguí el libro de Eco y me entretuve en leerlo en la escuela, en los recesos, en los ratos entre materia y materia, durante algunas clases incluso (sentado en la última fila, cerca de la esquina, para poder esconder el libro de la mirada del profesor en turno). Gracias a Umberto, pasé una semana de mi ciclo escolar como alumno de intercambio en un convento medieval, bajo la tutoría de Guillermo de Baskerville, atestiguando oscuros misterios en compañía de Adso.

Recuerdo una escena (pero no puedo asegurar el año): estoy dentro de un pequeño auditorio muy bien iluminado, sentado en una butaca forrada de tela azul y, mientras espero a que comience una conferencia sobre cómics, leo el libro que llevaba cargando en mi morral; también es de Eco, en la portada Superman vuela en su pose clásica. En ese entonces mi cabeza era todavía más tosca que ahora, y más de un párrafo tuve que releerlo dos o tres veces para asegurarme de (según yo) entender correctamente el torrente de ideas.

Algún tiempo después viaje con mi padre a Puebla. Llegamos a buena hora; la intensión del viaje era acudir por la noche a un concierto de Facundo Cabral, pero teníamos suficiente tiempo para asomarnos a una librería cercana. Ahí encontré un libro que me intrigó como un aparato extraño en una tienda de antigüedades; me lo llevé en ese momento, pero tuvo que pasar todavía un par de meses antes de que, estando yo en primero de prepa (¿o principios de segundo, acaso?), me llevara ese libro, La misteriosa llama de la reina Loana, para leer en la escuela, entre clases, en recesos y durante algunas clases en que el profesor no estaba demasiado vigilante. Fueron páginas y páginas de viaje a través de la inmensa nostalgia de un hombre, que ahora se suma, a su vez, a mis propias nostalgias.

Algo así como tres años después de terminar la preparatoria, me encontraba en un momento sumamente desangelado de mi vida, pero si de algo sirvieron esos años fue para poder recetarme variadas y sustanciosas lecturas. Me recuerdo, por ejemplo, esperando bajo un puente ruidoso, de pie sobre suelo encharcado, junto a un muro sucio, después de un par de días tristones, pero riéndome (en voz alta y solo, para desconcierto de algún peatón con mal timing) por una broma de Umberto en uno de sus artículos compilados en A paso de cangrejo.

A inicios de 2013 pasé un par de anocheceres en mi cuarto, refugiado del agresivo frío exterior, leyendo Confesiones de un joven novelista, donde Eco habla de su experiencia como autor. Quería yo atender aquella lectura como una importante clase, pero no pude evitar terminar leyéndola como una sobremesa amenísima.

Hace apenas un año encontré, en una modesta feriecilla de libros, un ejemplar de El péndulo de Foucault en una edición que no había visto nunca antes. Era de segunda mano, elegantemente gastado, en buenas condiciones y todavía con un ligero aroma a humedad que seguramente traía desde su viejo hogar. Me lo lleve, y ahora es el momento de leerlo.

Entre esos libros, me llegaron por aquí y por allá artículos de Eco sobre temas diversos, en videos prácticamente nunca le conocí.

Lo siento, quisiera poder escribir aquí una sesuda disertación sobre el amplio (casi inhumanamente amplio) espectro de conocimiento por el que transitó Umberto Eco. A mí, como a tantos, no me queda más que admirarlo profundamente, reverenciar su inmensa erudición e inteligencia, rascarme la cabeza con sus postulados más complejos y maravillarme con sus novelas.

Se ha ido una de las mentes más titánicas que había en el planeta, y yo no tengo la capacidad de escribir nada profundo al respecto, lo único que puedo hacer es recordar que aquel filósofo monumental me regaló, desde Italia y desde su mundo elevado, libros maravillosos que me acompañaron en momentos importantes de mi vida.

Y de eso se trata este breve texto, tan sólo un pequeño desahogo de melancolía de un lector que lamenta la partida de uno de los autores que más lo impresionaron en algunos de los años más trascendentes de sus lecturas. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.