Destino

Mister Fish

El destino es un tema atacado y defendido por igual. Se dice que cada persona tiene un destino predeterminado, se dice que sólo algunas personas tienen previamente trazado delante de ellos un futuro que seguirán para llegar a una cosa determinada. Se habla de personas que, no importa qué hagan, su destino los conducirá irremediablemente a un punto específico; al mismo tiempo se habla también de gente que lucha para, victoriosamente, evitar su destino. Jung dijo “lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”. Lo cierto es que el destino, como tal, es un asunto sumamente engañoso para el entendimiento.

¿Cómo se arma, para empezar, un destino? ¿Quién lo define? Podría pensarse que un destino marcado por Dios va en contra del libre albedrío, que es un don divino por antonomasia. Lo cierto es que no, no se contradicen, en realidad ambas cosas son compatibles: tanto el destino divino como el libre albedrío. El truco está en ampliar el cuadro al momento de intentar entender su funcionamiento. Dios conoce la vida entera de cada persona y del mundo entero, lo sabe absolutamente todo porque es omnipotente y omnipresente; esto incluye, desde luego, que conozca simultáneamente el pasado, el presente y el futuro; por lo tanto conoce, desde el momento en que nacemos, cómo será nuestra vida entera; sabe ya cada una de las decisiones que vamos a tomar dentro de nuestro libre albedrío: desde el momento de nacer nos hemos elegido un destino. Ahí están, pues, ambos factores y su forma de convivir a manera de uroboros intangible.

¿Se puede entonces evadir realmente un destino predeterminado? Hay historias que giran en torno de algún individuo que se rehúsa a aceptar el futuro y el destino que tiene delante, lucha para no seguir ese destino e ir por otro camino, el que realmente desea por algún motivo. Se dice entonces que se libraron de un destino que ya tenían impuesto; me parece que sería más indicado pensar, en ese caso,  que el destino de ese individuo era, precisamente, no seguir el destino engañoso −pues no era su auténtica senda− que parecía imponérsele. Esta es una paradoja que se ha revisitado en numerosas ocasiones.

¿Es posible que alguien le dé la espalda a su destino, no de manera “consciente” sino de forma involuntaria? Se habla también de personas que arruinan su vida porque no toman las oportunidades que tuvieron, porque no alcanzaron, por muy poco, algo que hubiera cambiado radicalmente su vida. Se ha dicho  que alguna persona estaba, por ejemplo, destinada a realizar cosas grandiosas pero les dio la espalda, no supo aprovechar y no llegó a alcanzarlas. ¿Es posible? No, porque una vez más es engañoso entender el destino individual. El destino de una persona puede, en su recorrido, pasar muy cerca de otros caminos, así como en ciertas carreteras es posible vislumbrar bosques, el mar o atravesar una ciudad, aunque no sea esa la meta del viaje; a las personas esto puede resultarles engañoso porque entonces se piensa que eso de lo que estuvieron tan cerca era a donde debían llegar, cuando en realidad su destino marcaba no llegar a eso, aunque sí verlo.

¡Ah! pero acabamos de contradecir el punto mencionado más arriba, respecto al libre albedrío y las decisiones, podría reclamar alguien. Tampoco es así. El destino está marcado, decía yo, por las decisiones que, Dios ya lo sabe aunque nosotros todavía no, hemos ya tomado en el futuro bajo nuestro libre albedrío. Entonces ¿cómo es que alguien puede no alcanzar el que creía su destino? ¿Cómo puede alguien que además tomó decisiones para llegar a cierto puesto, posición o lugar no alcanzar ese destino anhelado, no haberse convertido en lo que deseaba, en lo que supuestamente invirtió todo el poder de su libre albedrío? Ahí entran factores completamente internos y, de tan internos, ignorados por el propio individuo. Puede denominarse de la manera que se quiera, la definición que conozco más cercana es la de autoengaño, e implicaría que todas las personas, entre otras cosas que se niegan a reconocer en sí mismas, desean profundamente ciertas cosas que, conscientemente, no llegan a aceptar. Sus decisiones y sus acciones fueron regidas por esos deseos que, de incógnito pero con mucha fuerza, viven en su interior: puede ser que esa persona, a ojos de todos y, autoengañándose a sí misma hasta creer convencerse, pensara que quería alcanzar el punto A como meta en su vida, cuando en realidad, lo que quería realmente dentro de sí (por cualquier razón: felicidad, satisfacción, conformismo, masoquismo o hasta miedo, todas razones poderosas) era B, y por tanto sus decisiones y acciones tuvieron siempre, como auténtica meta escondida, B en lugar de A. Así que no evadió su destino, no “perdió” su destino, sino que siguió y alcanzó el ineludible, trazado por él dentro de su libre albedrío.

Entonces, dijo Jung que “lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”. Tal vez lo que ocurre no es que destino sea el apodo que ponemos a nuestro inconsciente, sino que todos tenemos el destino guardado en el inconsciente. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.