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Del rodar de las piedras

Cuento de Victor Sampayo. La travesía de una piedra y un deseo.

¿Cuánto tiempo necesita una piedra para ser formada?

Miles o quizá millones de años, acumulaciones de polvo y tierra, restos de otras rocas más antiguas, de plantas, de animales o minerales que se superponen unos con otros hasta formar masas compactas de diferentes tamaños, ayudadas, es cierto, por el ir y venir del agua y el viento, pacientes escultores que liman las formas en un tiempo que bien podría extenderse hasta la eternidad, pero que una vez realizada la faena se ve como la obra de un instante, del fugaz momento que emplean los párpados para cortar la visión o el diafragma de una cámara fotográfica para atrapar retazos de realidades. O tal vez esta piedra, que deambula indecisa entre una forma abombada y otra vagamente triangular, fue producto del magma de un volcán que, antaño, en alguna explosión milenaria, arrojó aquella bola ígnea entre muchas otras más grandes y más pequeñas, lo mismo que la saliva salpicada de un estornudo, la cual se fue solidificando al probar la frialdad del aire o del agua, condenada a permanecer rígida, seca, igual que una vieja maldición.

¿Y de dónde vienen los adornos de esta piedra que cabe con facilidad en un puño, esas formas blanquecinas y onduladas que recuerdan el movimiento de las olas del mar? Me inclino a pensar, acaso por debilidad poética, que se deben a los innumerables años que ha permanecido en el seno del océano, durante los cuales no le ha quedado más remedio que adquirir su personalidad, su impronta, como esas mujeres hindúes que se dejan marcar el talón, a manera de grillete, con el semen de su amante, con el fin de esclavizarse a su cuerpo, a su deseo. Pero, ¿cómo asegurarlo? Cada roca tiene su propio rasgo y no existen dos que sean idénticas en ninguna parte del mundo, aun cuando se hayan formado juntas, sometidas a los mismos fenómenos físicos o con los mismos elementos.

Así pues, en esa isla griega, tan próxima a las costas turcas que inclusive se pueden contemplar sus fantasmagóricas montañas en un día cualquiera, en esta playa hirviente de guijarros, una piedra no resalta en absoluto, es sólo una piedra entre las piedras. Y sin embargo, es muy posible que no haya sido esta la única ocasión en que una mano humana la haya arrebatado de las eternas caricias del mar, pues hace mucho tiempo, cuando las obras de los hombres aún no cambiaban la faz de la tierra, alguien pudo haber estado levantando piedras para lanzarlas después al mar: práctica tan ancestral como la humanidad misma. Tal vez su forma y rasgos tan singulares le habrán merecido un par de segundos de mirada atenta, pero poco después sería precipitada a las aguas, produciendo un chasquido profundo, como cierta clase de besos, al atravesar la superficie.

Además, se conoce la volubilidad del mar, “la mar” como le llama esa gente que convive a diario con sus humores: las borrascas, la tranquilidad engañosa, las mareas cíclicas de distintos tamaños; en fin, todos esos movimientos que afectan incluso el terco sedentarismo de una roca. Entonces debió de ser arrastrada cuando las corrientes semejan torbellinos, acercada una vez más hasta la orilla con la serenidad adusta de los años. Las olas se habrían encargado del resto: acaso la fueron empujando con esos dedos en apariencia inofensivos, pero muy capaces de destruir las barcas más dignas del orgullo humano, hasta por fin haber arribado a ese lugar donde cientos, tal vez miles de años después, una mujer de gafas oscuras y minúsculo bikini reposaría soñolienta, con una gruesa toalla bajo el cuerpo.

Nadie pudo haber calculado el tiempo en que la mujer estuvo encima de la piedra, quizá enterrándosela en la espalda o en las nalgas, o tal vez jugueteándola con la planta del pie al momento de leer un libro; no se suele prestar atención a ese tipo de cosas. La roca habría podido permanecer en ese lugar durante tiempo indefinido, si no hubiera sido por la curiosidad poco común de aquella mujer, quien al momento de levantarse de su reposo dejó caer la mirada, como si dejase caer un manto, justo encima de la piedra. Y la miró sin mirarla, recordando quizás los motivos por los cuales había cruzado todo un océano –desde las remotas y bulliciosas tierras de México– para encontrarse en esa tarde incolora, ya sin sol, acariciada por una repentina brisa cálida que soplaba desde el sur y que aún portaba granos de arena de un desierto lejano.

Cogió la piedra y la contempló en su palma abierta. Puso especial atención en las olas blanquecinas tatuadas en la materia oscura. La metió en su bolso sin pensarlo, con el gesto de quien guarda una moneda encontrada en el piso, y la roca se acomodó junto con el espejo de mano y otros objetos de maquillaje amontonados en el fondo. La mujer suspiró, extendió los brazos y los cruzó repentinamente sobre el pecho. Levantó tres piedras más y las arrojó al mar una tras otra, intentando llegar más lejos con cada lanzamiento. Regresó a su hotel en medio de una noche llena de polvaredas de luna.

No recordó la piedra sino hasta el siguiente día, cuando después de disfrutar de una ducha, quiso sombrear sus ojos y enrojecerse un poco los labios. De pronto sus dedos tropezaron con una materia desconocida en el inventario del bolso, algo duro, redondeado, un tanto áspero. La extrajo y la miró como si fuera la primera vez. Sonrió. “Eres la piedra con olas”, le dijo, y enseguida rectificó: “mi piedra con olas”.

Y la piedra con olas se convirtió poco después en una piedra con alas, nómada acompañante de la mujer viajera, quien utilizaba todos los medios de transporte puestos al servicio de la humanidad y devoraba los kilómetros con esa avidez característica de los que saben que al tiempo no se le pueden instalar diques. Había trazado una ruta de ciudades mediterráneas en las que se hospedaba sólo unos cuantos días, con la sensación de que cada una de ellas era un número dentro de una implacable cuenta regresiva. No obstante, después del hallazgo de la piedra con olas, adquirió la incomprensible necesidad de portarla siempre consigo, ya fuera en su bolso de mano, cuando recorría las calles de las distintas ciudades, o bien colocada sobre alguna mesita de noche, en tanto que ella cabalgaba encima de hombres con bigotes lo suficientemente largos como para trenzárselos y anudarles cascabeles en ambos extremos. Como hechizados, su ojos se dirigían siempre a la roca, y con ello iba cargándola de miradas que, tiempo después, habrían de serle devueltas como recuerdos de una libertad irrecuperable.

Nunca estuvo dos veces con un mismo amante, la mujer, quiero decir, y sin embargo los disfrutaba a todos como si fueran el único, probable consecuencia del evento que la esperaba a su regreso a México: su propia boda. Quería hartarse de caricias y olores masculinos para no tener que serle infiel a ese hombre que en verdad creía amar, aquél con quien tenía la intención de pasar el resto de su vida. Mas con todo y eso, cuando por fin regresó a la Ciudad de México, a su departamento en la colonia Narvarte (después de más de tres meses de trenzar los bigotes de hombres italianos, franceses, marroquíes, turcos, griegos, tunecinos, croatas, españoles y portugueses); es decir, cuando vio los brazos de su futuro esposo cariñosamente extendidos para abrazarla, una insólita nostalgia le cosquilleó en el cuerpo; y una noche antes de la boda caminó tanto en su habitación, yendo y viniendo de la cama a la ventana mientras observaba la piedra con olas en su palma extendida, que habría podido llegar hasta la Plaza de la Constitución en el Zócalo capitalino. Y es que mientras estuviese cerca de la piedra con olas, recordaría el tintineo de los cascabeles, los aromas, los colores de las pieles que había visto mientras dejaba atrapados los ojos tras las rejas de las pestañas. Le dolió deshacerse de ella, pero se resignó al pensar que de otro modo nunca podría estar tranquila en su matrimonio si cada vez que la miraba, aun sin segundas intenciones, se sonrojaba con violencia mientras un estremecimiento le recorría la espalda, los pechos, los muslos. La regaló picoteada de lágrimas a su mejor amiga pocas semanas después de la ceremonia, no sin antes hacerle jurar que la cuidaría como un invaluable símbolo de amistad.

Empero, aquella amiga (que en un principio pensó que aquel regalo, si bien se trataba de una piedra, ésta por lo menos brillaría como sólo saben hacerlo las estrellas) la perdió al tercer día, en un domingo caluroso, reverberante de gritos de niños que se perseguían de acá para allá tirándose de los cabellos y chillando como jabalís acorralados. En el alboroto de la comida, el más pequeño de sus dos sobrinos se escabulló dentro de su recámara con un par de muñecos vestidos de militares que llevaba en la caja de un camión de plástico. La cama aún estaba revuelta y las cobijas formaban cadenas montañosas y paisajes perfectos para cualquier aventura bélica. La roca descansaba en el librero, justo frente al tercer tomo de tapas duras, el más robusto entre los cuatro, de la tetralogía José y sus hermanos, de Thomas Mann. El pequeño la miró mientras revolvía en la boca el palillo blanco de su caramelo, y sin titubear un segundo, la colocó en la caja del camión. Había meditado con una ceja enarcada el importante papel que desempeñaría en el juego: sería la roca que el soldado negro lanzaría contra el de gorro en la cabeza; con ello haría que soltara su rifle de asalto y sería más fácil capturarlo. Terminado el juego, con saldo blanco pues las muertes le aburrían al limitar las posibilidades de desenlaces, el niño la metió en el bolsillo de su pantalón de la misma forma en que solía meter trozos de galletas, canicas o lagartijas muertas. A pesar de no ser nada particular, a nadie le habló sobre la piedra, y únicamente cuando se sabía a solas la desenterraba desde el fondo del bote de los juguetes para colocarla en la caja del camión de plástico.

Poco más de dos años después, en un día en que los árboles dejaban caer sus hojas como deseos fallidos, mientras el niño jugaba a crear paisajes rocosos en el jardín para una ruta automovilística, llegó la hermana mayor, de unos once años. Acababa de experimentar su primera sorpresa sangrienta y cargaba un humor acre, porque después de saber que ese “mal” sólo afectaba a las mujeres, había cobrado un ácido rencor contra los hombres. “Terminas por acostumbrarte, mija”, le había dicho la trabajadora social de la escuela después de haberle mostrado la manera correcta de colocarse la toalla sanitaria, ya que “la sorpresa” la había encontrado en plena clase de educación física. El caso es que la chica llegó chirriando los dientes por esa injusticia de la vida, por su ropa manchada, por las risas de sus compañeros al anunciar que alguien “olía a pescado”, y por los hombres, sobre todo por los hombres, quienes gracias a su fea tripita se salvaban de todas esas humillaciones.

–¿Qué haces? –preguntó al chico como si escupiera las palabras.

–Una autopista panorámica –repuso sin levantar la mirada, con gesto de profunda concentración.

–Ajá… ¿puedo ver? –dijo ella al tiempo que removía los pedruscos de grava y deshacía los senderos trazados, todo con fingida torpeza.

–¡Oye! ¡Qué haces, deja eso! ¡Mamáaa!

–Nomás estoy viendo, pinche escuincle gritón.

El niño había comenzado a berrear con la cara roja mientras abundantes mocos le burbujeaban en las fosas de la nariz.

–Parece que te están matando… ¡toma tus cochinas piedras!

Y las esparció por todo el jardín al tiempo que pateaba los cochecitos metálicos. Cuando el niño encontró la piedra con olas, la recogió y la apretó con las uñas hasta hacerse daño, miró la autopista destruida, los carros volcados junto al zaguán, brillando con la luz de la tarde; y con la cara retraída y arrugada, como si hubiera chupado un limón muy ácido, lanzó la piedra a la cabeza de su hermana. Ahora los dos berreaban a la par. Sin embargo, apenas la niña se percató de que sangraba, una rabia ciega se apoderó de ella y comenzó a propinar a su hermano una serie de terribles puntapiés en las nalgas. Quizá todo habría arribado a una conclusión mucho más trágica, si en ese preciso instante no hubiese llegado la madre, con un cucharón goteante en la mano y un mandil apretujado de innumerables capas de manchas. Los separó a bofetadas y los mandó a cada uno a su recámara sin comer, porque, según dijo, estaba harta de que estuvieran siempre como perros y gatos. El niño bramaba con voz ininteligible, trataba de explicar que él no había empezado nada, que todo era culpa de la hermana, quien le había desecho su carretera sin motivo alguno, pero una nueva bofetada lo hizo callar en el acto y no le quedó más remedio que sorberse los mocos mientras miraba con odio sincero a la chica. Ella lloraba en silencio, se frotaba la llaga con el dorso de la mano y después se chupaba la sangre. Levantó la piedra que le había causado la herida, miró las blanquecinas ondulaciones, apretó la mandíbula y la arrojó mucho más lejos de lo que se hubiese creído capaz ella misma; es decir, exactamente a la casa que estaba frente a la suya, cruzando tan sólo una calle de tres carriles. Tuvo suerte de que no hubiese nadie, porque el escándalo que provocó al destrozar un vidrio se pudo escuchar hasta la esquina de la calle, en donde una puta miraba su reloj de pulsera mientras bostezaba y se acomodaba con indolencia la ínfima falda. Después del susto, la niña se sacudió las manos en la ropa y se fue a encerrar en su habitación. Mañana tendría que ir a la escuela con un parche en la cabeza. Vaya fastidio.

La piedra permaneció por espacio de nueve días en una cama desarreglada. Al décimo, después de regresar de un viaje de varios meses por el interior del país, lo primero que quiso hacer el hombre que giraba la cerradura de la puerta, fue tumbarse en su cama por años, sin levantarse. Pero en lugar de eso tuvo que sacudir sus sábanas de diminutos fragmentos de cristal. No se sorprendió al encontrar la piedra en medio de su almohada, con las olas blanquecinas mostrándose a la líquida luz de la mañana.

“Te he estado esperando”, le dijo después de habérsela metido en la boca y dejarla brillante de saliva sobre el buró. Las olas resaltaban más que nunca. Y es que en efecto, la esperaba desde hacía varios meses gracias a un sueño que se repetía con inquietante puntualidad, sueño en el que, a través de un peregrinaje casi interminable, una piedra siempre estaba a punto de revelarle una especie de significado fundamental para su vida. ¡Y en ese momento por fin la tenía en sus manos! O al menos eso era lo que creía.

Permaneció tres semanas en la casa paterna, durante las cuales preparó todo para su próxima partida, limpió todas las habitaciones y no resistió la tentación de dejar esparcidos, en varios rincones de la casa, algunos papelitos con pistas sobre su decisión, pistas que a nadie le interesaría desentrañar. Realizó varias operaciones bancarias para reunir lo poco que aún quedaba de la fortuna familiar (que años atrás a muchos les había parecido perpetua), y recordó la promesa que se había hecho después de la fatigosa muerte de su padre: “la descendencia se termina conmigo”.

Así pues, emprendió un viaje transatlántico cuyas escalas eran dictadas de una manera asaz extraña: todas las noches colocaba la piedra bajo la almohada y, según el lugar que se le presentaba durante el sueño, hacia allí dirigía sus pasos. Mas no todas las noches resultaron fructíferas y varias veces ocurrió que, antes que vislumbrar su próximo destino, soñaba con angustiosas escenas de persecución, con el rostro decepcionado de su padre, o incluso con imágenes alteradas de lo recientemente vivido, en las que solía verse a sí mismo fornicando con mujeres de las que no había vuelto a tener noticia desde hacía años; y entonces despertaba tenso y lleno de perplejidad. Pero no por ello se impacientaba. Tampoco trataba de ahorrar el dinero a pesar de su implacable fuga. Tenía una confianza insensata en los caminos que le mostraba la roca y sabía que todo ocurriría en el momento preciso. No tardó en percatarse de que en sus pasos había una cierta intención de permanecer cerca de la costa mediterránea. Y eso lo alegró.

Una madrugada en la que se propagaban los cantos de los almuecines a lo largo de la pequeña y laberíntica Tánger, pensó en la posibilidad de conseguir un mapa de las tierras bañadas por el mar Mediterráneo, para así trazar con un lápiz la dirección de sus recorridos, tal como se hace con las constelaciones. Sin embargo, al cabo de los días abandonó la idea, un poco asustado por la forma que el dibujo pudiera tener al final.

Dos meses después, mientras caminaba por las solitarias calles de Brindisi bajo una tarde rosada, antes de embarcarse rumbo a Igoumenitsa, tuvo un súbito vacío en el pecho, semejante al que se experimenta cuando se está en un ascensor que se detiene de pronto. Se alarmó frente a la posibilidad de morir antes de llegar al final de su viaje. No obstante, esa noche, mientras los jugos de sus entrañas imitaban el movimiento de las aguas marítimas, no soñó con su próximo destino como esperaba, sino que él mismo era la piedra que estaba bajo su mochila (la cual fungía como almohada) y que era mirado con infinita ternura por un par de ojos femeninos, los cuales, al menos eso imaginó al despertar, eran capaces de abarcar no sólo su vida, sino también el velado reflejo de ésta; es decir, su muerte. Despertó consternado, vacilante, con el firme aunque inexplicable propósito de dejarse crecer el bigote. Era la primera vez que se enamoraba y lo ridículo es que ni siquiera sabía de quién.

Incapaz desde entonces de concentrarse en la ruta que le indicaba la piedra, arribó por pura inercia hasta Atenas. Y allí permaneció reptando por varios días en un cuarto de pésima calaña, en el séptimo piso de un horrible hotel situado en la zona roja de la ciudad, muy cerca de la estación de trenes. Cada vez se sentía más hundido en la miseria, lo mismo que en un pantano, de manera que despertaba tarde para no desayunar y se recostaba temprano para no cenar. Comenzó a dudar primero de su proyecto, después de su destino y por último de su cordura. Una noche, arrancado del ansiado sueño que desde hacía tiempo buscaba en vano gracias a un insoportable ataque de hambre, consideró con seriedad la posibilidad de arrojarse desde su séptimo piso a las polvorientas calles de Atenas para terminar de una vez con todo aquel disparate. Pero después de dramáticas reflexiones, entre las que también contempló un humillante regreso a México (a falta de dinero sólo podría regresar si era deportado), en donde lo único que lo aguardaba era una vida consagrada a la mendicidad, decidió no hacerlo, pues, ¿cómo podía caer en semejante lugar común a tan sólo un paso de cumplir con su misión, cualquiera que ésta fuera?

Decidió que si el sueño no llegaba a él, entonces él iría tras el sueño. Se dirigió al Pireo y esperó encontrar alguna señal en los barcos que estuvieran próximos a zarpar. Sabía que su destino estaba en una isla griega, así que también buscó la señal en el mapa de una oficina turística. Cuando se percató de que había más de ciento sesenta islas pertenecientes al territorio griego, se sintió desfallecer. No había opción, abordaría cualquier barco que cruzara el Egeo y, en caso de ser necesario, saltaría por la borda cuando reconociera el lugar. Y así gastó sus últimas monedas: en un boleto rumbo a la isla de Patmos. Más que alguna clase de presentimiento, le sedujo la idea de llegar a la isla en la que San Juan había recibido las revelaciones, y que, según su extraña lógica, era la ideal para consumar su misión.

Quince horas duraría el trayecto, pero él sentía que cada minuto se alargaba angustiosamente. El hambre lo martirizaba, y como remedio para tratar de olvidarla, comenzó a trenzar sus bigotes y a reír como estúpido ante el curioso sonido de los cascabeles de un gorro de bufón que portaba un joven turista canadiense. La idea de mendigar por comida siempre le había parecido deshonrosa; no obstante, el hambre se volvía inexorable, y de pronto se sorprendió a sí mismo acechando a los meseros que volcaban los desechos al mar. Cuando uno de ellos tiró por la borda una pieza de carne casi completa, experimentó el ardiente deseo de acometerlo a golpes a pesar de su creciente debilidad. Algunos se compadecían de sus ojos febriles y le dejaban las sobras en un rincón de la cubierta, otros le tiraban a la cara una sonrisa desdeñosa mientras arrojaban los restos a los peces con infinita calma.

Esa misma noche tuvo por fin el ansiado sueño, aunque lo tuvo sin haber cerrado los ojos. Desde que había abordado el barco, la piedra reposaba en el bolsillo de su camisa, junto al corazón, pero en ese momento la metió en su boca presa de una extraña necesidad de contemplar sus olas blancas. La luna las iluminó con el brillo de la saliva y él se mesó los cabellos con desesperación cuando se dio cuenta de que se dirigía a la isla equivocada. Comenzó a caminar de un lado a otro de la cubierta: creía sentir la burla del cielo y las estrellas clavada en su cabeza. Entró al solitario bar del puente y una figura conocida le hizo chisporrotear una carcajada: el turista canadiense descansaba los vapores del alcohol con el gorro ladeado en su cabeza, la cara hinchada y rojiza. Sin el menor empacho, le quitó el gorro y salió a grandes zancadas a la cubierta. Arrancó un par de cascabeles con los dientes y los ató con sumo cuidado en cada extremo de sus bigotes. De nuevo estalló en violentas carcajadas que sin embargo tenían un resabio de llanto. Seguía riendo cuando se recargó en la baranda del barco y lo habría seguido haciendo, si una ola inesperada no le hubiera anegado la boca abierta. En medio del acceso de tos tuvo una idea iluminadora: metió la piedra con olas en su boca y trepó hasta el segundo de los tres tubos de la baranda; acto seguido, se colocó con rumbo al sureste, hacia un lugar desconocido que lo atraía.

Se arrojó sin un pensamiento en particular, con la mirada dirigida hacia la oscuridad anhelada, con el sabor, ahora muy salino, de la piedra con olas en la boca; mientras que el barco se alejaba con calma hacia el norte, envuelto en un silencio incongruente, pues los cascabeles de sus bigotes, infinitamente más pequeños e insignificantes, no dejaban de sonar…Iconofinaltexto copy

@elReyMono

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Víctor Sampayo

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