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Del amor millenial y otros memes

Deep down I know this never works

Sam Smith

 

Después de ver el documental Amy, descubrí que hacerse pendejo en la vida es mortal. Los mexicanos pertenecemos a la patria donde ciertas frases pueden resolver problemas ontológicos: “se está haciendo pendejo” es una de ellas. La materia y el azar se funden para que una persona se haga o no y sea capaz de ocultar una representación genuina del ser. Amy Winehouse se unió al club de los 27 de una manera tristemente ridícula como casi todos los que ya están en esa mesa: por amor. Sí. Amor. Toda sobredosis es de amor. Y lo es por nuestra frenética e inocente búsqueda de la felicidad instantánea. Los adictos a sustancias son la prueba más contundente. Creen que la felicidad está en alterar la sangre y el cerebro. Creen que la encuentran cuando le dan la espalda a la realidad, así como nosotros cuando “andamos en el desmadre” (otra frase nacional que resuelve problemas metafísicos). La sobredosis es, precisamente, excedernos de (ponga aquí lo que para usted es la felicidad). En tiempos donde limitarse es pecado y sinónimo de conformismo, ¿qué creen que ha ocurrido con nuestras relaciones? Exacto. Terminamos como Amy: ojerosos, esqueléticos por el dolor, chorreando angustia por todo el cuarto. “Te ves de la verga” (cualquier buen amigo de otra nación desearía decirle a “su compa” que se ve, pues, bastante caído).

A raíz de la lectura de una publicación del Huffington Post, como buen mexicano sospeché la viralización y me di a la tarea de preguntarle a mis amigos y a mi reflejo: “¿En verdad  no queremos relaciones?” El artículo me parece oooootro intento por hacer un canto generacional desde el amor (cualquier intento de eso me sigue pareciendo penoso como Amy orinando a las afueras de un bar) aunque aquí rescato las cosas que después de mi incipiente experiencia como post-enamorado puedo respaldar de puntuales:

Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que si queremos algo, merecemos tenerlo. […] Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. […] ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido? El lugar común de que la infancia es destino y la zona donde todos nuestros demonios se multiplican por todo nuestro tiempo resultó real. Somos cliché desde que nacemos. Nacer es un cliché. Desde niños nuestros padres nos dijeron que merecíamos del mundo sólo sus maravillas. Fuimos esos niños que podían elegir qué cereal queríamos mientras otros escogían un mejor árbol para defecar. Como siempre tuvimos lo que quisimos, crecimos pensando que la vida siempre nos debe algo y que siempre tenemos que ser los que escogen. Lector, amigos y haters: la vida no nos debe nada. ¿Qué relación merecemos? Esforzarse más no hará que por derecho te lo merezcas más. “Eso no pasa, aquí no es así”: frase mexicana para adornar nuestra mediocridad. En parte es cierto. Esforzarse de más en una relación no garantiza que no te vayan a engañar “porque no le echaste ganas” (esa es de mis favoritas: uno tiene la obligación de siempre “chingarle más”, no basta con ser y sentir. De ahí nuestra idolatría a la esclavitud laboral, y ahora al amor). Esforzarse más debería de ser una prioridad para y desde ti, no para hacer feliz a tu fuck-buddy o a tus seguidores. Esa es otra: como la prioridad sigue siendo lo que los demás opinen de nosotros, al final la depresión se convierte en lo único que es genuino. Algo aprendí en mis monólogos de ducha: resulta atractivo que te vean ocupado y apasionado en lo que más te gusta hacer, no en lo que haces para vivir o para distraerte. Vivimos una época donde es más probable que se enamoren de ti por lo que haces y por lo que tienes que por lo que eres. Auch.

Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. […] Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos la fachada de todo: la fachada de nuestro empleo; la fachada de nuestra mascota; la fachada de nuestra Mac; la fachada de nuestro arte taaaaaan original; la fachada de nuestro platillo para Instagram… Si nos hemos dedicado al ornamento y a la pose, ¿qué esperábamos que sucediera con lo que amamos? ¿Nos estamos enamorando de puras fachadas de personas? ¿No se supone que el amor es precisamente encontrar y no esconder? Viviendo en el país de las ilusiones debimos tener expectativas más bajas. No creo, la verdad, que, como dice el texto, no queramos relaciones. De ahí que piense que el texto es, de nuevo, un berrinche del tamaño del pragmatismo de Frank Underwood. La autora está haciendo lo que todos al final: echar culpa. No es que no queramos tener relaciones: es que queremos amar sin ceder y sin esfuerzo. Queremos amar dejando en visto. Todos conocemos parejas que llevan años de amor y se han esforzado lo suficiente para realizarse (Julio y Tere, les mando un saludo). Como en la escuela, en el amor queremos pasar sin ningún esfuerzo. Amar sin ningún esfuerzo es amar sin ceder: amar sin ceder es la fachada del amor, es seguir mamándose a sí mismo. Es un amor “de a mentiritas”. Y esforzarse no es cumplirle al otro lo que pida y exija: es –creo– respetarse primero para respetarlo. El lugar común facebookero de “ámate primero para que puedas amar a alguien más” consiste en respetarte primero para poder respetar a alguien más. Pero la época no lo permite: respetar significa ser inocente e ingenuo. Muestra debilidad. Es mejor visto siempre apostar por “un carácter fuerte”. Una forma más salvaje para que los otros nos respeten, paradójicamente, ha consistido en pisar al otro frente a los demás. En chingarse a los demás, en chingarse muchas chicas. Pero también resultó que sí nos duele, que sí andamos amargados en tiempos de diversión obligada por más bloqueo ante los demás de nuestros sentimientos. He visto jóvenes poetas conmoverse con Bonifaz pero llorar con el Kommander. O sea, al final, como dice el texto, resulta que sí nos importa aunque sólo busquemos la postal. Que en una época robótica, los millenials con todo y nuestra apatía del tamaño del Azteca, sí sentimos. Confío en que la base del respeto siga siendo vivir el punto de vista del otro. Si con lo que amamos no pudimos hacerlo, imagínense entre ciudadanos.

Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. […] No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce. […] Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta. Responsabilizar todo el peso de nuestra felicidad a alguien no es narcisista: es idiota y vacío. ¿La persona perfecta sería la que cumpla con todos nuestras exigencias? ¿No es lo mismo que hacíamos de niños? Hemos recurrido a las falsas-buenas intenciones para comprobar la existencia aunque pensamos sólo en nuestra dicha y comodidad 24/7. Actualizar nuestro Facebook con mensajes políticamente correctos sólo esconde cada vez más lo que somos: unos egoístas. Nuestra falsedad es tan amplia que incluso “enamorados” les hacemos creer a la pareja y a los demás que en verdad nos importan más de lo que deberían. ¿Por qué termina uno llorando en la madrugada y en silencio? Porque no se cumplió nuestro capricho, porque le cargamos taaaaantos atributos a una persona que ni los tenía y que sólo cumplía nuestra idea ególatra de lo que se supone sería el amor. Nuestra competencia por ser el más raro y diferente entre los demás nos volvió idénticos. Nuestra competencia de dolor nos volvió un meme de Silvia Pinal.

De ahí en fuera el texto es tan nosotros, que sólo enumera cosas, acumula caprichos. Si bien todos llevamos una mejor vida en Facebook/Instagram/Twitter y en los sueños despiertos que en la realidad, supusimos que el amor nos haría dichosos pero creo que la clave está en saber qué idea de la dicha tenemos para comprender qué idea tendríamos del amor. Pero, como no hay tiempo y “siempre estamos ocupados”, ni siquiera nos sentamos a pensar en eso. Supusimos que hacer lo que más nos gusta era el éxito y la dicha. Cuando vimos que en nuestra época nada es suficiente porque #zonadecomfort si gozas de calma, hicimos fila para el psicólogo. Para los que aún tenemos veintitantos, estamos frente a una edad que parece ser la segunda infancia mezclada con la segunda adolescencia mezclada con la primera adultez. Es una deformidad terrible. Hay un meme hermoso donde hay varios niños disfrazados de bomberos y la leyenda dice “cuando buscan experiencia en los graduados”. El meme es gracioso porque es verdad y es verdad porque es trágico. Todo meme antes de ser meme es una tragedia. En la vida vamos así como en la Ciudad de los Niños: disfrazados de maduros, de capaces, de correctos. Después del desamor y del desempleo comprobamos dos cosas: nadie nos importa más que uno y al final buscamos sólo la postal de amor, de la vida y de nosotros. Iconofinaltexto copy

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Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).
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