Defensa nada humilde del anglicismo

 

En la semana tuve la idea prometeica de involucrarme en una de esas discusiones que son como agujeros dimensionales en Facebook. El tema: el anglicismo como detonador del trágico fin del idioma español; mi postura: bájenle dos rayitas al apocalipsis. Resultó recreativo pero no lo vuelvo a hacer.

No me detendré demasiado en el hecho real de que el español, una vez más, sobrevivirá a los falsos profetas que han cantado su muerte desde la invasión árabe hasta la invención de Internet. Lo que me causa particular curiosidad es el odio al anglicismo.

Todo comenzó con un video youtubero que no compartiré porque merece perderse en el olvido junto con su autor, quien se encarga durante varios minutos de enlistar los treinta anglicismos “que más le encabronan”, y de proponer para cada uno un equivalente en español, de forma tal que ya sólo tengamos que tomarnos todos de las manos para salvar a nuestra lengua de la debacle. Esta postura de muchos ―suponer que una posible traducción de los anglicismos de moda resuelve el “problema”― se me antoja bastante miope.

Las palabras, según me ha parecido siempre, no sólo tienen una definición sino también una intención comunicativa. Usar una palabra del inglés no es solamente usar una palabra que se podría decir en español: el propio cambio de idioma incluye una carga semántica que se añade al significado.

Por ejemplo, no es lo mismo señalar a un homeless que a un indigente: el primer término incluye una caricaturización del individuo, mientras que el segundo es neutral. Esta caricaturización no existe en inglés, sino que se activa solamente cuando es un hispanohablante quien enuncia.

Si eres mujer y un sujeto se te queda mirando con los ojos bien abiertos, y babea, probablemente tengas frente a ti una escena creepy. No es escalofriante, ni aterradora (lo será quizá si el sujeto se te acerca). Creepy tiene esa sonoridad juguetona de las palabras inglesas terminadas en y, de la que carecen sus equivalentes hispanos de diccionario; si la hispanohablante optó por creepy en vez de escalofriante, lo más seguro es que la anécdota haya terminado sin mayores percances.

Algunos ejemplos más: stalkear a una persona es en general inofensivo; acosar es delito. Una pokerface es claramente más expedita y menos inquietante que una cara de póquer. Si tu comentario es random nos parece mucho más trivial y menos digno de atención que un neutral comentario al azar. Los cuates nos reímos de un looser; a un perdedor lo compadecemos. Uno se freakea en la vida diaria, y se desconcierta en los libros. Una party y una fiesta tampoco son equivalentes porque a la party se va con amigos mamilas y, por supuesto, nadie organiza una party de quince años. Y no ―no, señor del video youtubero―, el after no es una post-fiesta, no sea payaso.

A ojo de buen cubero y sin la seriedad académica que algunos han tratado de inocularme sin éxito, podría asegurar que el solo salto de una lengua a otra es un accidente semántico con una función útil: el matiz (un matiz que no tienen las palabras en el discurso en inglés pero que adquieren al usarlas en español). En ciertas ocasiones, sí, ese matiz resulta pedante (party, ear-pods, drinks), pero hasta ahora ser mamón no es ningún error gramatical. El tema da para la salvación de algún tesista ocioso.

Si un anglicismo sale natural en el discurso es porque probablemente su traducción al español sería forzada (el uso del equivalente, en los tiempos que corren, tendría también otra función semántica). No lo odien. Apapáchenlo mejor. Es cool y también buena onda, que es lo mismo pero no igual.Iconofinaltexto copy

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada