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De piernas abiertas y leyes cerradas

Esta semana tuve contacto con 2 mujeres que se dedican a la prostitución. Aquí sus historias:

Cristal

–En cuanto entramos a la habitación del hotel les pido que hablen bajito: “…es que hay micrófonos y cámaras, guapo; ya sabes que son bien exagerados y les gusta vigilar todo el tiempo a los clientes. Pero tranquilo, que a este volumen casi no nos oyen”. Si de todos modos siento que  el tipo no es de fiar, tengo otra estrategia que me ha funcionado bastante bien: cuando empezamos a coger  yo me pongo arriba de él (antes, sin que se haya dado cuenta, dejo el teléfono cerquita de la cama), y durante cada rebote en el colchón marco discretamente, una y otra vez, el botón de la recepción; como seguramente les parece muy extraña la insistencia, me regresan la llamada:

–Recepción, buenas, noches, le habla Pablo Ramírez, ¿nos ha estado llamando de su cuar…

–Karlitaaaaaa, ¿qué paso?… Sí, aquí ando trabajando…. No, no no, todo bien; es buen tipo, no te preocupes ¿eh?… Si, cualquier cosa yo te llamo… Ándale pues.

Tengo éstas y otras mañas para protegerme. Una prostituta independiente tiene que saber cuidarse sola y evitar que le hagan alguna chingadera. ¿Cómo lo aprendí? Pues con el tiempo; también nos pasamos consejos entre nosotras y así es que trabajamos; sí, esto es un trabajo como el de todos, nada de que pobrecita, o que soy una víctima. Esto fue lo que yo decidí y nadie me obligó a hacerlo. A mí si me quieres ver encabronada, lo que se dice encabronada, basta que me presentes a alguien que me trate de pobrecita, que porque es horrible la prostitución; si es horrible para ellas, pues que no lo hagan, pero a mí que me dejen sacar mi lana con lo que mejor sé hacer: coger.

Elena

Elena está en un cuarto. Le pide a su cliente que le pase el dinero, que se lave las manos y que se ponga un condón. El cliente asiente con la cabeza sin demostrar ninguna objeción.

–No hay sexo oral sin condón, nada de anal y, si no te vienes en diez minutos, te tienes que ir. ¿Está claro?

El cliente asiente con la cabeza, da sus mil pesos y comienza a desabrocharse los pantalones. Elena se quita la ropa: toma el pene semierecto del visitante, le hace un breve blowjob y, ya que consigue una erección completa, se acuesta en la cama y deja que él entre. Cambian de posición y continúan. Elena no finge nada, no suelta un falso suspiro ni un gemido complaciente. Nada. Tampoco está molesta, está trabajando.

Pasados unos siete minutos, Elena se pone de pie:

–Se te está acabando el tiempo, papá; si no te vienes, te tienes que ir.

El cliente hace su mejor esfuerzo; se mueve rápido, luego lento, luego rápido, y más rápido… pero no termina.

–Lo siento, ya pasaron tus diez minutos, papá, yo te avisé; te tienes que volver a vestir.

El cliente se pone la ropa con la mirada gacha. No dice nada más que un tímido “Gracias”, tira el condón en el bote de basura y sale del cuarto.

Tanto Cristal como Elena tienen dos testigos que les han ayudado a que su trabajo se realice de la manera más segura posible: Elena ha tenido una cámara frente a ella con un equipo de cineastas que documentan sus minutos con el visitante; Cristal, por su parte, ha inventado una documentación ficticia, un panóptico, o una especie de ultravigilancia imaginaria que hace pensar al cliente que ella no está sola.

Claro, las prostitutas necesitan estar protegidas, salvaguardadas, trabajando bajo el respaldo de que una instancia jurídica o moral pueda alejarlas de cualquier escena de violencia, que ponga en riesgo su integridad física y emocional.

Prohibir la prostitución (ojo que no estoy hablando de la trata de blancas), por más que me parezca una causa con las mejores de las intenciones, peligra con jugar a tratar de vivir bajo la ficción de que si, hoy en día, se pena su existencia, dejará de existir. Y no, no será así. Bajo un sistema cultural en el que el cuerpo femenino juega un rol de consumo canibalístico –en los videos musicales, en la televisión, en el podrido imaginario de los niños del Cumbres y en un amplísimo etcétera– la prostitución seguirá siendo un mercado activo con o sin el permiso legal; y mientras cambiamos la concepción de los cuerpos y las patéticas nociones de pertenencia, es más que necesario generar un panorama de prácticas jurídicas –legales/no prohibidas– en las que la prostitución sea un trabajo que goce de todos los beneficios de distintas políticas públicas, que las protejan, las visibilicen y les den chance de gozar de los derechos mínimos que cualquier trabajador(a) debería de tener.

Quizás así sea la manera más pertinente (o poética, para los románticos) por medio de la cual podamos hacer del conocimiento común que a ninguna mujer se le mata, se le golpea o se le maltrata.

Hacer públicos los derechos de las prostitutas ayudará a hacer públicos los derechos de todas las mujeres.

Podría ser. Mientras tanto me alisto para ir a ver cantar a Cristal. Toca en un bar cerca del metro Taxqueña, casi al lado de la estación de camiones del sur. Dicen que tiene una de las mejores voces de la ciudad.Iconofinaltexto-copy

@matusontuits

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Miriam Matus

Miriam comparte la idea de que el género es una construcción cultural desde que una muñeca, sin preguntarle su opinión, la llamó “mamá”. Hizo danza contemporánea y estudió Comunicación, donde descubrió que con las letras se pueden deshilvanar los discursos ya impuestos. También, para pagar la renta, se dedica a la investigación, y a veces estudia filosofía, aunque la verdad es que de eso cada vez entiende menos.
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