De escritores y sus traumas

escritorResulta que los escritores, a lo largo de la historia, no se distinguen por su convencionalidad. Es cierto que la idea cursi del escritor atormentado es casi siempre una gran falacia, pero también es innegable que por la vida de muchos de los más famosos desfilaron particularidades que van desde las filias y los prejuicios hasta la franca tragedia. Balzac, que era de los más ñoños, bebía un promedio de cincuenta tazas de café al día, mientras que Lord Byron era adicto al sexo, Dostoievski era un jugador irredento, a Charles Dickens le gustaba mucho ir a la morgue y James Joyce, según confesó muy ufano, sentía una singular devoción por las flatulencias de su esposa (ay, el amor). Y, hablando de amor, no hay que olvidar que Edgar Allan Poe se casó con su prima de trece años, que además tuvo el mal gusto de morirse poquito después.

La pregunta en todo caso es si, para otra cosa que no sea una edición Grandes escritores del TvNotas, sirve de algo conocer los traumas de los escritores; es decir, si importan a la hora de leerlos.

Hace unos días, José Luis Álvarez publicó en esta misma sección un breve artículo sobre las ideas racistas –sistemáticamente comprobadas y recomprobadas– del escritor estadounidense H. P. Lovecraft. La polémica no se hizo esperar. Que si importa, que si no importa, que si Lovecraft es mucho más que un racista, que si es mucho más pero también es sin duda un racista.

Me parece, en primer término, que ninguna susceptibilidad debería darse por herida cuando se sacan al sol los trapitos de un escritor cuyo fan se es. Si hoy encarcelaran a Poe por pederasta, no me imagino a sus fans (entre los que me incluyo) protestando afuera del ministerio público –siempre que lo dejaran seguir escribiendo en la prisión–.

Por otro lado, se me ocurre un ejemplo:

Quienes leímos El principito cuando niños, tuvimos una lectura más o menos inocente. Luego nos enteramos de que Antoine de Saint-Éxupery, no sólo fue él mismo aviador, sino que tuvo un turbulento matrimonio con la salvadoreña Consuelo Suncín, y de que sus dudas sobre el compromiso están simétricamente representadas en los personajes y anécdotas del que solíamos considerar libro infantil.

Sería irresponsable atender la incapacidad para la fidelidad de Saint-Éxupery como un simple chisme de peluquería, como lo sería pensar que ése es el meollo de su obra. Estar al tanto, no obstante, enriquece la lectura de El principito, dotándola de un nuevo nivel que se superpone al ya conocido.

De igual forma, saber que Lovecraft era un racist bastard ofrece una nueva dimensión lectora de sus versos y sus relatos. Cualquiera tiene derecho a elaborar un artículo de este (y sólo este) tema en particular porque se trata de un aspecto legítimo de su obra –aunque a todas luces no el único– y no un ataque a la podredumbre moral del autor. La obra de Poe está llena de mujeres que han muerto y uno no puede hacer oídos sordos a los poco recomendables antecedentes del genio de Baltimore. Y aunque la pedo-filia de Joyce quizá nos diga poco sobre cómo urdió el Ulises, lo cierto es que los tiempos del formalismo ortodoxo quedaron atrás. Hoy las obras se vuelven porosas y dejar traslucir prejuicios e ideologías, traumas y obsesiones, que lejos (muy lejos) de demeritar el texto lo perfeccionan. Iconofinaltexto-copy

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada