fbpx

De Embarazos

giant_baby_450Últimamente he estado sufriendo visiones y sueños sobre embarazos extraños. Sospecho que en parte se debe a unas lecturas recientes que he realizado, aunque no creo que eso explique por completo el fenómeno. ¿Por qué esos cuentos han tenido una resonancia en mí y no otros que también tratan temas fantásticos y enrarecidos? El embarazo y el parto es la repetición de un acto mitológico, es el momento de la creación del cosmos. A mí me gustaría que algún jungiano me explicara el significado de estos sueños. Mientras tanto, permítanme compartirles los cuentos que leí para ver si alguno de ustedes sufre lo mismo que yo.

FRANCISCO_TARIO_1--644x362Hay un cuento de Francisco Tario titulado El Mico de su libro Una Violeta de Más (que pueden leer aquí), en él un hombre narra cómo llega un ser anfibio a vivir con él: Algo, en efecto, por demás imprevisto, acababa de obstruir el paso del agua en el grifo, aunque, así de buenas a primeras, no acerté a saber bien qué. Algo asomaba allí, es claro, haciendo que el agua se proyectara contra las paredes. Era él. Primero sacó un pie, después otro, y por fin fue deslizándose suavemente, hasta quedar de pronto atenazado: “Parece un niño desvalido” —fue mi primera ocurrencia —. Y decidí prestarle ayuda, sin recapacitar. Tratábase, naturalmente, de no tirar demasiado, de no forzar el alumbramiento y conservar aquella pobre vida que de tal suerte se veía amenazada. A continuación se va narrando la extraña relación que adoptan el hombre y el anfibio, cómo va dejando su vida de solitario recluso y poco a poco se va convirtiendo en la mamá del engendro. Un día el hombre se harta y comienza a conspirar la manera de deshacerse del mico. Pero es justo en ese momento en que comienza a sufrir los síntomas de un embarazo no anunciado: Y fue el momento preciso en que yo cerraba mi maleta con llave y me disponía a depositarla en el suelo, cuando unas incontenibles náuseas me acometieron de súbito. La cabeza me dio vueltas y una sensación muy angustiosa, que nunca había experimentado, me obligó a sentarme en la cama, para después correr hasta el baño en el peor estado que recuerdo. Allí me apoyé contra el muro, temiendo que iba a estallar. Algo como la corriente de un río subía y bajaba a lo largo de mi cuerpo; retrocedía, tomaba un nuevo impulso e intentaba hallar en vano una salida. Había en mí, alternativamente, como un inmenso vacío y una rara plenitud. ¿Estaba próximo al alumbramiento? Eso temí. Y comprendí que debería actuar con la mayor urgencia. Comencé a vomitar. —¡Mamá! —escuché su voz a la puerta. Tario finaliza el cuento con una oración contundente: Y tres meses más tarde di a luz con toda felicidad.

blanco n mario-gonzalez-2Mario González Suárez también ha tocado el tema del embarazo. En su cuento Alumbramiento que aparece en Nostalgia de la Luz, se narra la historia de la milagrosa concepción de Calínica y su eterna peregrinación impuesta por un Dios aterrador: Abandonarás al que duerme a tu lado. El hijo que empieza a habitarte es el Llamado a Nacer, mas no verá la luz hasta que hayas peregrinado a lugares sagrados y tu cuerpo sea insensible al dolor. Calínica es agobiada por sus dudas, no sabe si abandonar o no a su marido, entonces el pueblo es asolado por desgracias y ella se ve obligada a partir. No me extenderé hablando sobre este cuento ya que existe un excelente análisis de él que pueden leer aquí, pero debo señalar que es un cuento fundamental en la mitología de González Suárez, ya que tiene ecos en su novela La Sombra del Sol; específicamente en el extraño embarazo de Mercedes: que cuando empezaba a masturbarme sentí que unas manos se posaban suavemente en mis hombros; con una dulzura que casi me arranca lágrimas habían atraído mi cuerpo al respaldo del sillón. Aquello fue un movimiento, casi un viaje, muy largo… Me iba de espaldas con absoluta confianza. No sentía vértigo ni nada parecido a una caída. Era más bien como el regreso de un columpio muy alto. La sensación de que mi cuerpo se travasaba como succionado por los dedos de las manos de quien me tocaba, fue precisamente lo que me produjo el orgasmo. Y apenas ahora me doy cuenta que quedé embarazada de ese orgasmo… y las visiones sobre Calínica que tuvo la esposa de Don Pablo en su propio embarazo: Cuando mi esposa había llegado a la sexta semana de embarazo, una noche se despertó y me dijo que había tenido un sueño donde una mujer descalza y preñada camina por un desierto ardiente. No se puede detener porque sabe que si se sienta la va a vencer el calor, no la va a dejar levantarse y la va a carbonizar el sol. Ella camina siempre porque una vez la despertó una sombra para decirle que debía abandonar a su marido porque había sido elegida por el Anímico. Yo le digo a mi mujer que vuelva a dormir, que es sólo un sueño. Veo que está llorando, la abrazo. Y dice que Dios la castigó por no haber querido tener a su hijo. Igual, en la antología de sus cuentos titulado Con esas Manos se Acarician, aparece una de las escenas más perturbadoras en la literatura sobre un embarazo en el cuento El Hijo de la Viuda: Liliana se concentró en su vientre, pujando cada vez con mayor fuerza. Contenida en la habitación inundada de humo comenzó a ser madre. Con sus propias manos quiso sostener lo que parecía una blanca cabeza. Sentía que el dolor la empotraba a la pared y no acababa de desfallecer porque los tubérculos le transmitían fuerza. Sus manos, en el punto de máximo dolor, lograron palpar por un instante la resbalosa superficie del huevo, que multiplicó su velocidad al pasar la mitad por los labios de Liliana. Ella comenzó a resbalarse, aterrada por el golpe y el rebote del huevo contra el piso. La viscosidad sanguinolenta que envolvía el cascarón comenzó a secarse al tiempo que absorbía el humo del aire…

Virgilio-PiñeraPor último, les compartiré un cuento del cubano Virgilio Piñera, un escritor perseguido por el régimen a causa de su homosexualidad y por haber escrito una obra que no tocaba los temas nacionalistas ni revolucionarios. No le interesó captar la oralidad habanera como a Cabrera Infante, ni tampoco llevar el lenguaje a sus límites estéticos como el neobarroquismo de Lezama Lima; su única preocupación fue el de crear su propia realidad, una en donde se van revelando distintos pliegos que difícilmente podemos captar, y en cuya prosa no teme echar mano de la burla, la ironía y lo absurdo.

Con esto me despido, no me queda más que decirles que lean a estos maestros. Yo confieso que igual tuve que escribir una narración sobre el embarazo para poder sosegarme. Ahí me cuentan cómo les va. ¡Y un feliz cumpleaños a todos mis amigos que cumplen años este fin de semana!

El Crecimiento del Señor Madrigal

With fantastic terros never felt before…

EDGAR ALLAN POE

Si el señor Madrigal comenzó un crecimiento a los 80 años, no deberá pensarse en un crecimiento físico. A tal edad, puede decirse propiamente que se “decrece”: El cuerpo se va encorvando como si tirara hacia la tierra; a la osamenta, cuyos ciento ocho huesos permanecen bajo la carne desde aquella época remota en que apenas si lo eran en el claustro materno, no podríamos ponerle un “gato” que la alzara con la misma facilidad con que éste alza el chasis de un auto. Esos huesos, crecidos hasta su extrema magnitud, irán decreciendo y se harán polvo. Pulvis sunt et pulvis reverteris…

El señor Madrigal, que, por implacable ley biológica, estaba en ese caso, iniciaba otro modo de crecimiento. En su organismo, ya en total decadencia, en vías de descomposición y, finalmente, de putrefacción, algo se había engendrado, y, de acuerdo con todo proceso de gestación, tenía forzosamente que crecer. El señor Madrigal estaba, para expresarnos en términos de ginecología, embarazado.

Sin muchas luces, distaba de ser un hombre de talento; alcanzaba a percatarse, sin embargo, de que en términos de obstetricia no podía engendrar una criatura, y se sonreía irónicamente al pensar que de haberles confiado su caso a los amigos, éstos, a su vez, se burlarían despiadadamente, y lo tildarían de caso típico de caquexia en grado avanzado.

La primera manifestación de este “embarazo”, al que tendremos que acompañar con la connotación de “inefable” —porque, si bien es verdad que era inefable, en tanto que el señor Madrigal no podía engendrar nada de nada, no es menos cierto que no lo era en el sentido de que en su ser, perfectamente embarazado nacería y crecería algo que bullía en sus entrañas—, tuvo lugar a las seis de la tarde, hora en que, como precisión cronométrica, tomaba como único alimento un vaso de leche. Era todo un ritual: el señor Madrigal, entre otras exquisiteces, excluía el sibaritismo. Pero por reminiscencia de la niñez o preferencia de la dieta láctea, le gustaba la leche, y daba la dichosa casualidad de que ese gusto venía en su ayuda para que la dieta impuesta no constituyera un tormento a sus 80 años.

Al acercar el vaso de leche a los labios, le vino un profundo desaliento. Sintió que ejecutar la acción comportaba el mismo esfuerzo que levantar, por ejemplo, 100 libras; al mismo tiempo, esa acción, penosa de por sí, iba acompañada de una punzante sensación de inutilidad: el vaso, ahora transmutado en peso excesivo, era la representación visible de lo superfluo y, en consecuencia, lo superfluo venía a ser su proyección anímica. Esta relación vaso-inutilidad, al gestarse en su mente, le avisaba que comenzaba un crecimiento, el suyo, y que esa suerte de feto se desarrollaría plenamente hasta configurar una suerte de criatura.

Apuró el contenido del vaso a grandes sorbos, como el que apura un medicamento desagradable. La delectación de media hora se redujo a segundos. Esa leche, de los pocos placeres que le quedaban —tanto sensuales como espirituales—, dejaba de ser leche; aun siendo el mismo alimento que tomara del pecho de su madre con escandalosa glotonería de lactante, ahora, y por el hecho de ser un ingrediente de su crecimiento, era como plomo derretido que le pasara por la garganta.

En una ocasión en que la lluvia me retuvo en su casa, tras haber agotado el rosario de lamentaciones sobre sus achaques —rosario que todo anciano desgrana en presencia de un joven—, el señor Madrigal me contó, con voz susurrante, todo lo que antecede, y añadió:

—Algo dentro de mí crece como un feto.

Un poco por no contradecirlo, y un poco por piedad, pregunté:

—¿ Y qué es lo que tiene dentro?

—Si lo supiera… y suspiró hondo.

—¿Qué dice el médico?

—¿Cuál? ¿El de almas? El del cuerpo nada puede hacer por mí. Volvió a suspirar, y, como riéndose a una terrible evidencia:

—Pero ni siquiera el de almas… agregó.

Insistí tontamente:

—Vea al psiquiatra.

—Al psiquiatra uno va de joven, para que nos arregle la vida pasada, la presente y hasta la futura. Pero, a mi edad, el psiquiatra no puede arreglarme mi futura muerte.

Rompió a reír ruidosamente. Era una risa hilarante, con mucho de convulsa, y de la cual las palabras saltaban como gotas de agua en manteca caliente.

—¡Mi futura muerte! A quién si no a mí, grandísimo idiota, se le ocurre hablar de futuro. Mi muerte es presente. ¡A la mano!

Confieso que fui cruel, pero dije:

—Si algo crece en su ser, ese “algo” es, pura y simplemente, futuro.

—Se equivoca. Lo que crece en mi ser no es una vida nueva.

—¿Y qué, entonces? —pregunté, harto irritado por tanto discurrir bizantino.

Con un dejo melancólico, respondió:

—Lo sabremos en el momento del parto.

Al año de nuestro encuentro, como era de esperar, sus achaques se habían acentuado. Llegó a un grado de extrema delgadez. La carne, reducida a la sola piel, parecía incrustada en sus huesos. En lo que se refiere al ánimo, sus reminiscencias, nutridas por la avalancha de recuerdos de una larga vida, se habían marchado de su cabeza, dejándola vacía del todo.

Su desánimo se agravó cuando, una tarde, al tomar el vaso de leche de rigor, advirtió que ya no era el líquido blanco, opaco, nutritivo, sino la ilusión de la vida. La leche, despojada de toda corporeidad, se hacía a su vez, tiempo consumido, y, por tanto, muerte.

Entonces pensó que le quedaba muy poco. Y este pensamiento se hizo todavía más consistente cuando, al sacar la cabeza por la ventana, como aquel que está en trance de morir sofocado, vio la Luna, y casi se preguntó qué estaba viendo. Sabía que sus ojos miraban por millonésima vez el satélite de la Tierra, pero, al mismo tiempo, por una progresiva desvitalización, la Luna se le antojaba una ilusión de sus sentidos. En lo adelante no podía, como probablemente hacían los demás, asociarla a su vida o poner sus plantas en ella como astronauta.

Efectuó en ese momento la operación inversa a la que todo niño realiza: fue despoblando el mundo hasta dejarlo vacío, sumido en silencio pavoroso. Ya no había respuestas para las preguntas, puesto que las preguntas sobraban.

De pronto, como a un náufrago, le vino a la mente la única pregunta de que aún disponía: “¿Qué es lo que crece dentro de mí?” Y, justamente cuando la formulaba, comenzaron los dolores de un singular alumbramiento.

Tuvo un parto feliz: dos o tres boqueadas y el estertor final. Lo mismo que el recién nacido en su cuna, un cadáver —producto acabado del crecimiento del señor Madrigal— yacía en la cama. Y si bien de su boca no salían vagidos, la nueva criatura se hacía anunciar por el pertinaz zumbido de una mosca.

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Antonio Vasquez

Avatar

Artículos recientes por Antonio Vasquez (see all)