De como me perdí en Guadalajara y aparecí en los sesenta

A los presos políticos,

Por su inmediata liberación

 

Mi amigo Daniel y yo tomamos el 626 afuera del hotel. El chofer nos explicó que no pasaría por la Expo Guadalajara porque estaba cerrado. Obras viales, dedujeron nuestras chilangas cabecitas. Acordamos bajarnos en Plaza del Sol, a unas siete cuadras de la Feria Internacional del libro, adonde nos dirigíamos. Daniel quería comprar cierto título escurridizo y yo iba elegantemente tarde a la transmisión por Tuiter del Congreso Internacional de Cuentistas para esta revista.

El 626 iba a esa hora semivacío, en buena medida porque a las pocas calles se desvió de su ruta. Por el radio del chofer oímos que no-sabíamos-quienes estaban arrojando piedras y naranjas a tampoco-sabemos-quién. Atravesamos Chapultepec por una calle muy apartada de donde se supone debíamos hacerlo y pronto vi, inconvenientemente lejos, los Arcos del Milenio.

Daniel, que es periodista, pidió información a los que, de nuestro grupo, se habían quedado en el hotel. La respuesta telefónica, obtenida a su vez de cualquier cantidad de fuentes de confiabilidad variable, involucraba una manifestación que avanzaba sobre Mariano Otero (la avenida de la Expo), granaderos a la altura de la FIL, detenciones violentas. La manifestación pacífica se dirigía a Televisa Guadalajara, sólo pasaban por ahí. Una amiga que ya nos esperaba formada en la fila de los boletos no contestaba el teléfono.

Sabíamos que esa mañana, tras la amurallada toma de protesta de Enrique Peña, se habían suscitado actos deleznables en la Ciudad de México. Mientras tomábamos café afuera del Teatro Degollado nos enteramos de lo sucedido en el Starbucks de la Alameda y en el Hemiciclo. También, al mismo tiempo, leíamos los tuits que pedían difusión para los casos de detenciones arbitrarias: estudiantes sin el menor ánimo violento, turistas nacionales que hacían compras navideñas.

Tras casi media hora de trayecto en el 626, en un paraje por supuesto desconocido para Daniel y para mí, vimos al chofer detener la unidad y girar la cabeza hacia atrás para preguntar: “¿Alguien sabe cómo llego a Plaza del Sol?” Se hizo un breve silencio de incredulidad y absurdo existencial. Entonces Daniel, que llevaba un día en Guadalajara, tuvo a bien señalar a la izquierda y decir “Pues para allá, ¿no?” Yo le expliqué entonces que él no vivía ahí y todos reímos nerviosos, como una recién formada comunidad del naufragio.

De alguna forma, sin embargo, mi amigo tenía razón. Pronto llegamos a una gran avenida y vislumbramos un glorioso letrero con una flecha y la leyenda “Expo Guadalajara”. Como el camión tomó hacia el lado exactamente contrario al que indicaba la flecha, decidimos bajar. En efecto, estábamos sobre Mariano Otero, sabía Dios a qué altura. Aplicamos la de todo-derecho-no-hay-pierde y caminamos días enteros con sus noches como por una hora.

Cuando llegamos a la FIL, con las piernas endebles como salchichas, ya no estábamos en la Guadalajara cuyo transporte publico habíamos abordado, como si en el trayecto del 626 hubiéramos traspasado una cortina dimensional: aunque para entonces semi-disperso, un grupo de granaderos custodiaban la entrada; los stands de las editoriales comenzaban a cerrar desde temprano; mi amiga, la que no contestaba, nos contó como a algunos, ella incluida, el personal de la FIL los agazapó dentro de las instalaciones y cerró las puertas. Alcanzó a ver como la fuerza pública se llevaba a algunos jóvenes.

Al otro día, en los periódicos, chilangos y tapatíos, el nuevo presidente, el Pacto por México, disturbios ocasionados por vándalos disidentes, por ahí andaba el #YoSoy132, ate usted los cabos. En Tuiter y en medios independientes, por otra parte, comenzaban a sonar los nombres de algunos jóvenes universitarios en peligro de permanecer desde cinco hasta cuarenta años en prisión por “alterar la paz social”, legal y por cierto estúpidamente equiparado al terrorismo; videos de infiltrados entre los manifestantes, los guantes negros, las caras cubiertas, los destrozos.

Salí a Guadalajara en el 2012, según yo. Ese sábado, llegando a la FIL el tiempo parecía haber retrocedido casi cincuenta años.

A dos días del nuevo gobierno priista, hay listas y listas en México y en Jalisco, de jóvenes y maestros detenidos, la mayoría en calles aledañas a las de los disturbios. Los periódicos y la televisión no dicen nada. Los verdaderos culpables están libres, quizá por la misma razón por la que en numerosas fotos y videos se les ve conversando apaciblemente con los policías. La población está conforme, porque le dicen que se detuvo a los responsables, a los que no hacen nada, a los que deberían ponerse a trabajar.

No celebro si alguno de los detenidos participó de la violencia con conocimiento de causa, pero nada justifica la política represora y cínica que este nuevo gobierno federal ha desplegado desde el primer día.

El PRI no ha cambiado y no va a cambiar porque no tiene necesidad de hacerlo. Es la ciudadanía la responsable de cualquier cambio, porque los afectados son sus hijos; a veces nada más se pierden en un camión, pero a veces los encarcelan por años, injusta e impunemente.

@Ad_Chz

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada