Danza la muerte alegre

Danza la muerte

Mira todo explotando alrededor, ve los edificios estallando por todos lados. ¡Arriba el cielo está rojo y las nubes parecen informes costras de sangre coagulada! ¡Baila, mi amor, baila! ¡Ya todo se acabó y nos estamos riendo! ¡Baila conmigo mientras el fuego convierte a la gente en cenizas y al mundo en escombros humeantes! La música suena más fuerte que el ruido de las explosiones, que el crepitar del fuego que se mueve con vida propia, más fuerte que los gritos y que cualquier otro sonido. Los dos solos en la azotea del edificio más alto que queda en pie, desde aquí vemos la ruina de todo y todos pueden ver que estamos bailando, bailando encima de ellos, encima de sus vidas calcinadas, encima de su miedo, de su pavor, de su agonía y su desesperación. Abajo empiezan disparos; todos van a morir pero algunos quieren, aún así, acelerar todo, tienen armas, disparan, otros les disparan a ellos; no hay bandos, o más bien existen infinidad de bandos individuales. ¡Ríete de ellos! ¡Ríe y que escuchen tu voz estruendosa como si fueran los gritos de una banshee!

¡Vamos a bailar!, los últimos seres que bailan sobre la faz de la tierra, ¡el último baile de la humanidad! Sobre la ciudad vuela una figura negra, se confunde a veces con el humo de los innumerables incendios, pero esa sombra es diferente, es la sombra que se está llevando a todos, que los está devorando y que pela los dientes, complacida, viendo a todos caer. Pasa de largo junto al edificio donde estamos, nos ignora porque estamos bailando, porque le complace que haya aquí arriba dos almas a quienes todo esto les parece el clímax de la historia de la humanidad. Nos mira bailar y reconozco en su cara descarnada una sonrisa de satisfacción.

La música sale de ningún lado, quizá sea lo que hace latir a los nubarrones, las costras gangrenadas en el cielo, quizá sea lo que hace que tiemblen los edificios, quizá sea lo que libera el fuego acompasadamente. Es lo de menos, hay música y por eso bailamos sin detenernos. Veo tu cuerpo que se agita como si fuera una de las flamas de fuego allá abajo, tu cabello como si fuera la densa columna de humo que se dispersa. Eres el fuego enloquecido y yo el edificio tambaleante que se derrumba una y otra vez a tu alrededor. Quiero convertirme en humo igual que tu cabello para rodearte y flotar encima de ti, furiosa criatura de fuego. ¿Dónde están las llamas más devastadoras? ¿En tu cuerpo que baila o en tus ojos que queman con una sola mirada?

Las aceras se han vuelto rojas, cubiertas de fuego, ruinas y sangre, mucha sangre que mancha los cuerpos, las paredes, las partes altas de los edificios, la sangre que de alguna manera ha conseguido salpicar hasta manchar el cielo y sus nubes. Miro las cosas explotar a tus espaldas y las explosiones parecen emanar de ti, te conceden alas descomunales hechas de humo y a veces flamígeras; cada vez que te mueves parece que desatas una explosión y otra. ¡Sigue bailando, porque el mundo ya se terminó! ¡Sigue bailando, mírame y ríe de lo que yace allá abajo, a nuestros pies! No podemos evitar jadear por el cansancio, pero no nos detendremos, eso nunca, ¡nunca! Pronto todo el aire es reemplazado por humo, humo que quema de olerlo, de sentirlo, de verlo incluso. Seguimos jadeando encima del edifico, ahora todo lo que respiramos es humo, humo negro y denso que nos hace sentir parte ya no del mundo sino de su destrucción. Ahora somos todo humo, en nuestro interior no tenemos nada más. Tú, además, tienes aún fuego en los ojos. Mira hacia abajo con esos ojos y ayuda a quemarlo todo, quema todo sin dejar de bailar.

¡Y ahora el edificio sobre el que estamos comienza a temblar! ¡También se va a desmoronar, logramos destruirlo con nuestro baile! Se tambalea, se agrieta, cruje como un gigante de piedra a punto de caer. Trozos de roca salen volando en todas direcciones bajo nuestros pies, parece que va a explotar como un volcán, ¿Estás lista? Sigue bailando y siente cómo el último edifico en pie comienza a desmoronarse. Y cuando cae tú vuelas, sigues bailando, ahí encima, con tus pies flotando como si estuvieras bajo el agua, yo doy vueltas a tu alrededor, ahora somos humo, ¿lo recuerdas? Te ríes y eso me inunda de placer; a los pocos que quedan con vida abajo, en las calles los llena de miedo. Que te miren bailar también. Allá va la sombra negra, también nos mira bailar y continúa su recorrido. Ya todo terminó, el mundo se está apagando como una vela…,  sólo que a una vela, para apagarla, le quitas el fuego, y al mundo, para apagarlo, le pusimos el fuego.

¡Baila, mi amor, baila! Eres toda fuego, toda humo, logramos destruir el mundo, logramos desaparecerlo. Lo único que quedará sobre la tierra apagada y chamuscada seremos nosotros dos, enloquecidos, frenéticos, liberados, bailando la música que suena más y más fuerte y que nunca terminará. Iconofinaltexto copy

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.