Cuentos de hadas

En el café que elegí para escribir hoy, tiene lugar un conciliábulo bastante peculiar. Ocupan un par de mesas al lado de la mía. Parece que se reúnen en cualquier lugar; pasan inadvertidos porque la gente nunca se fija. Yo soy un metiche natural. Pero basta poner más atención de la socialmente correcta para percatarse de la torpeza sutil con que se mueven en sus ropas sigloveintiuneras.

Mientras el mesero amnésico que aquí trabaja les va tomando la orden, ellos comienzan a exponer sus primeras quejas sobre el problema que los tiene reunidos: el uso manipulado que se ha hecho de la historia de sus vidas con fines no siempre nobles. Algunos están más molestos, se interrumpen para darse la razón; otros, como el joven soldado del rincón, guardan silencio.

Cenicienta, no hay duda de que es ella, toma la palabra para disculpar a sus hermanastras, que no pudieron asistir. «Tenían cita en el podólogo», explica, y procede a contar cómo las dos habrían preferido que en su versión cinematográfica se incluyera el pasaje en el cual solitas se rebanan los dedos para entrar en la zapatilla, y las dejara permanecer guapas como eran, en lugar de pintarlas horrendas y encima berrinchudas. «Yo, como quiera», dice Cenicienta acomodándose el cabello lacio y rubio en franca coquetería. Todos asienten en señal de aprobación, salvo Ariel, quien a través de su intérprete de señas le explica al mesero que no quiere espuma en su cappuccino, que es da mal gusto. «Pobre sirenita, está traumadita», dice uno de los hombres, seguramente un príncipe, a saber cuál, yo siempre creí que eran todos el mismo holgazán mantenido y oportuno. «Para traumas los míos», asegura otra chica esbelta, la Bella Durmiente, a juzgar por su argumento. «A mí me violaron dormida. Ah, pero eso no lo cuentan, verdad, y a mí quién me paga el terapeuta». Hansel y Gretel, indigandos de pronto, casi derraman el latte caramelo que compartían. «Y eso que a ti tu mamá no te abandonó en el bosque a que te comieran las bestias». «¿Qué te traes con las bestias?», le espeta de pronto a Gretel otra princesa desde la mesa de junto, «se ve que nunca te has acostado con una»; y se pone de pie, enojada, con dirección al tocador de damas. La chica de la eterna caperuza roja le advierte con voz tímida: «Vete con ciudado, Bella, no hables con extraños». «Mira quién lo dice, la que se comió a su abuelitas», se burla Aladino con su inconfundible acento arabesco. Todos le reprochan su mal chiste y le recuerdan que Caperucita no sólo es sensible, sino de las pocas beneficiadas por la versión oficial, que en su caso le carga el muerto al lobo.

«Es suficiente», dice de pie Blancanieves, limpiándose de las comisuras los restos de su strudel de manzana. «Es obvio que no a todos aquí les afectan las mentiras de nuestros distribuidores, pero quedamos en buscar una solución conjunta al problema. Yo también fui víctima de un necrófilo aprovechado que no tenía las más remota idea de que yo iba a despertar. No necesito terapia, como otras, pero me parece justo que el mundo sepa la verdad. No bastan los blogueros amargados de este siglo. Necesitamos un golpe certero».

Se hace un silencio repentino. Yo estoy medio atarantado por los labios rojos y carnositos de la mujer ésta que parece que se broncea con luz de hospital. Todos parecen estar de acuerdo y asienten entre sí. «Vamos a escribir en un papel nuestra propuesta, y después se leerán en voz alta», instruye Blancanieves, en una actitud de liderazgo nunca registrada en los libros. «Basta de que le mientan a la gente».

Caperucita saca hojas de papel y bolígrafos de una fiambrera y los reparte. Todos se ponen a trabajar. Todos menos el soldado del rincón, quien de brazos cruzados esboza una leve sonrisa de superioridad socarrona y mamila. Sin que el resto lo note, se levanta. Con la luz de frente se ve más joven, un cadete apenas. Se da cuenta de que lo estoy siguiendo con la mirada y me sonríe confiado, como si fuéramos compadres. En su camino a la salida, pasa junto a mi mesa y recarga la mano en mi hombro. «Basta de mentiras… ¿Cómo ves a estos chavos?» los señala con la cabeza, y se va riendo muy divertido.

Desconcertado, se me olvidan los demás. No descubro al joven anónimo hasta que ya se ha marchado; es casi pura suerte, la coincidencia de la fecha, quizá. De otra forma no lo habría reconocido, sin las heridas, desvestido de la versión oficial, sin la bandera amarrada al cuerpo ni el gesto de mártir.

@Ad_Chz

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada