fbpx

CUBA

1. Salir

La primera vez que salí del país fui a Cuba. Tenía ocho años.

Iba con mis papás. Pero en realidad ellos me dejaron encargados con Hortensia.

Un ser maravilloso.

Ella me llevó a tomar helado a Copelia.

También me dijo que no pisara el pasto verde porque tapaban hoyos con el césped y me podía caer en uno.

Mis papás me dejaron con ella y sin que me diera cuenta también le dieron mi ropa, para que yo me quedara en su casa. No me querían en su habitación de hotel y yo no lo tomé mal. Hortensia me pareció familiar desde que la conocí. Era mucho mayor que mis papás.

Hortensia decía Idalica con un tono tan dulce que la quise desde el primer día.

El amor a los ocho años es incondicional, completamente fortuito y sin ningún tipo de prejuicio. Así la pude amar sin ninguna reserva. Confiaba en que mis papás la querían y en que ella me cuidaría. Yo me reuniría con ellos al final del viaje.

Cuba siempre fue Hortensia.

Hortensia me preparaba leche con un chocolate soluble que tenía una jirafa en la bolsa.

Ella me regaló una pequeña muñequita rosa y me pidió que le pusiera Aurora del Amanecer. Dijo que era como yo cuando desperté.  Desperté entre sábanas blancas algún día de 1993.

Ella estaba en la orilla de la cama con la muñequita en las manos.

Por la noche me enseñaba cómo se asomaba la luna en el cubo de su edificio.

Fue importante para mí porque tenía una manera de señalar las cosas que no conocía y que aprendí en ese momento, a su lado. Esos recuerdos siguen estando en mi vida como algo imposible de borrar.

A veces siento nostalgia de Cuba, luego me doy cuenta que no es Cuba, que es Hortensia.

2.Llegar

Hace un año llegué a vivir al centro.

A la calle de Allende esquina con República de Cuba.

Mi departamento está en realidad sobre Cuba.

Y cuando hablo de mi hogar digo que está en la esquina de Cuba.

Casi siempre omito el Allende.

Mi psicoanalista tendría que decir algo inteligente para ligar la calle de Cuba con mi recuerdo infantil de Hortensia.

En realidad debería de decir:

La primera vez que salí del país fui a Cuba.

Después, tachar el país.

Salí de algo que era mi país, y que ahora es mi hogar.

Es la primera vez que vivo sola.

Mi ventana se asoma a Cuba.

Me asomo paradójicamente a un presente lleno de amaneceres.

Como los de mi recuerdo, exactamente como Cuba y Hortensia y la luna en el cubo.

En esta calle llena de bares, de negocios de cajas fuertes, afinadores de pianos y arregladores de máquinas Olivetti; decidí vivir, sola.

 A Cuba se llega de muchas maneras.

Caminando, en metro, en carro o en bici.

3. Ecobici

De regreso a mi casa tomo la ciclopista de Reforma y doy vuelta en Juárez.

Después cruzo por la Alameda para llegar a la calle de Donceles.

Hay tráfico en la ciclopista porque los señores que tienen una casita para bolear zapatos arrastran su local por la ciclopista y los ciclistas tenemos que hacer fila india y a veces avanza lento.

Me he vuelto durante todo este año una cafre de la bicicleta.

Hago todo lo que no está permitido: me paso los semáforos, me meto en sentido contrario, no uso casco y voy a toda velocidad.

“Como si fueras a cobrar herencia” diría mi abuela. Así, de esa manera.

Y me han dicho que le baje, que me cuide, que no lo haga.

Pero no sé qué me sucede.

No es algo que decida impunemente, me sale natural.

Hoy comenzó a llover en el centro de la ciudad.

Así que le metí más velocidad a la bicicleta.

Salí del carril de la ciclopista para evitar el tráfico.

Y sobre Juárez la luna llena se comenzó a asomar entre dos nubes que formaban una especie de herida por encima de todo.

Cuando me enfrento a este tipo de escenas cotidianas que son más bien cursis, luna llena, Torre Latino en el horizonte, jacarandas en flor… Lo único que puede pasar por mi cabeza es el siguiente pensamiento: “estoy en el lugar correcto, viviendo la vida que quiero vivir”.

Cruzando la Alameda pensaba en que todo este escrito hablaría del ciclotón al que he ido, también, durante todo el año que llevo en el centro. Y que parte del ciclotón es Juárez y es mi manera de manejar la Ecobici.

La Ecobici.

Muchos me dicen “ya cómprate una bici, cómo usas esa chatarra”.

Pensé: Ciclotón, ecobici, Alameda, Torre Latino.

Pero ya no ocurrió así porque cruzando la Alameda, en una de las glorietas que tienen fuente, me caí. Fue un accidente que evité para accidentarme sola.

Un señor que caminaba con una trayectoria bastante convincente hacia un lado del parque de pronto se quedó paralizado cuando me vio en la bicicleta y yo tuve que frenar de golpe. La bicicleta se derrapó con el suelo mojado, porque seguía lloviendo, y se patinó sobre esa especie de roca blanca pulida que hace de piso en toda la Alameda.

El señor, este tipo de personajes del centro, sombrero de ranchero, pelo canoso, como de cincuenta años, me miró con una sonrisa en el rostro.

Yo: en el suelo, piso mojado, lodo, iPhone girando sobre su carcasa de espinas.

Señor: sonrisa, sombrero y con cara de Sherif del oeste estadounidense.

Lo primero que dijo fue: No fue mi culpa.

Yo estaba intentando levantarme, pero no podía, me dolía la pierna.

Me enojé muchísimo.

Le dije que si no era su culpa qué hacía viéndome.

Se lo dije con toda la rabia que podía salir de mi persona.

Se alejó caminando como ofendido por mi respuesta. Yo hubiera deseado levantarme y aventarle encima la bicicleta. Hacerle daño. Escupirle en la cara. Decirle alguna grosería que lo afectara, que se dijera así mismo soy un idiota.

Quería llorar de rabia.

Mis cosas estaban dispersas en el suelo y un chico llegó y me ayudó a recoger la bicicleta mientras yo recolecté los objetos del piso y los guardé.

Me quise revisar pero más bien comencé a sacudirme las ramitas pegadas en mi pantalón.

Quería llorar pero no podía.

Temblaba.

Después dije soy una idiota, no debo andar en bicicleta en la Alameda, no debo correr tan rápido, soy verdaderamente una estúpida, si me hubiera pegado en la cabeza me muero.

La idea me paralizó.

El chico detenía la bicicleta. Le di las gracias y me alejé. Me subí de nuevo a la bici y sobre Eje Central venía el trolebús justo detrás de mí así que tuve que volver a acelerar. Llegué corriendo en la Ecobici a República de Cuba.

Tensa muy tensa.

Muy descompuesta.

4. República de Cuba

Llegué con bien. Estacioné la bici. Subí a mi casa.

Pensé en no decirle a nadie de lo ocurrido. Si yo no le decía nada a nadie, quizá pudiera pasar como algo que nunca ocurrió. Pero me sentía mal de mi desgracia.

Me caí de la Ecobici pero estoy bien.

¿Te pasaste un alto? Me respondió M.

Es indigno recoger las cosas del suelo.

Recogerse a una misma del piso llena de lodo.

Todo esto me pasa por vivir en Cuba pensé.

¿Por qué Cuba?

¿Tuvo la culpa el señor?

Quizá sí, pero no importa ya.

Yo quería llegar a mi casa.

Me urgía estar en mi casa y ponerme a calificar a mis alumnos y después descansar y escribir sin ninguna presión.

Eso me urgía antes de la caída.

Es raro cuando se vive solo.

Hay cosas que pueden quedarse en el anonimato social, algo tan penoso como caerse.

Últimamente, de cualquier forma, tengo una urgencia por llegar a mi casa que me invade por completo.

Es un deseo por el hogar. Por llegar a mi territorio en donde estoy a salvo, en donde estaré con mi gata Pavlova. Sólo ahí podré sentarme frente a la ventana y desde una esquina de Cuba observar el mundo.

Vivo en Cuba.

Su significado sólo me fue revelado por una caída.Iconofinaltexto-copy

@mariedelaos

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Idalia Sautto

(Acapulco, 1984) Escritora, editora e historiadora del arte. Es egresada de la SOGEM y de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Su primer libro 'Una vida tan llena de esdrújulas' (Torres Editores, 2007) busca explorar una voz narrativa a través del juego del lenguaje. Su último libro es una adaptación al cuento clásico 'Barba Azul' (Conaculta, 2014). Ha publicado diversos textos literarios y académicos en revistas y sitios web. Twitter: @mariedelaos
Avatar

Artículos recientes por Idalia Sautto (see all)