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A dos años de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa.

Regresaron. Un día, sin saber cómo o de dónde, simplemente regresaron. Cada uno llegó a la puerta de su hogar de tabique pelón y adobe, y con una mirada ubicada en un punto lejano del cielo, se acercaron a sus padres para dejarse abrazar. Muchos no lo creían. Alrededor de sus casas decenas se congregaron para verlos y tocarlos. También los llenaban de preguntas. Dónde estuvieron, quién se los llevó, qué les hicieron. Pero ellos, siempre con un semblante solemne, sólo respondían con evasivas. Estamos de regreso que es lo importante. Sus madres besaban sus rostros y manos, y no preguntaban nada porque para ellas lo que valía era que ellos estaban de regreso y que nunca más se irían. Pero ellos no tardaron en decepcionarlas. Sólo pasaron una noche en casa. Al alba, mientras cada familia estaba envuelta en una felicidad eufórica preparando la fiesta y el mole para celebrar su regreso, ellos, uno a uno, fueron despertando en sus petates, catres o camas y al abrir los ojos su mirada se volvió a ubicar en un indefinible punto del cielo. Tranquilamente vistieron las ropas con las que habían llegado. Algunos tomaron un morral o una gorra. Cuando sus familiares los vieron salir, en un principio intentaron detenerlos, pero algo en su nueva forma de mirar impidió que les cerraran el paso. Sus madres pararon el trajín en el fogón y sus padres soltaron el bulto de leña que llevaban a cuestas, los niños detuvieron su carrera y las muchachas quedaron con la olla o el machete o la tela a medio vuelo al verlos salir al camino de tierra de sus pueblos. Todos tomaron el rumbo hacía la que había sido su escuela. Mientras caminaban levantando polvo y murmullos, muchos otros empezaron a seguirlos. Las cámaras de televisión también llegaron y apuntaron sus lentes al imperturbable rostro de algunos y comenzaron a transmitir teorías de engaños y simulaciones. No podían ser ellos, pues la verdad tenía que ser, se había dicho hasta el cansancio, que ya habían desaparecido para siempre. Mientras ellos continuaban con su marcha por los caminos de sus pueblos, las noticias sobre un grupo de impostores aparecía en los monitores de todo el país. Después simplemente hubo silencio. Pero los murmullos seguían expandiéndose y más y más gente salió a los caminos a mirar con sus propios ojos a los que habían regresado quienes no sólo eran los mismos, sino que lo penetrante de su mirada parecía multiplicarlos y agrandarlos. Después llegaron los cascos y los toletes poblados con fantasmas sin nombre e intentaron cortar su camino. Pero sin siquiera levantar una mano, ellos se abrieron paso entre los ahora petrificados fantasmas y detrás también avanzaron quienes los seguían. Por último llegaron a su encuentro los criminales. Vestidos de verde o de rojo, frente a ellos agitaron sus tristes armas. Sin embargo, esta vez entre aquellas y los muchachos se interpuso un mar de hombres y mujeres que los protegía. Su marcha era ya imparable. Así andando, acompañados de aquel mar, llegaron a su escuela. Ya ahí sus otros compañeros los esperaban con los libros y el azadón y la pala en los brazos. Y así cada uno fue llegando y cuando arribaban sus compañeros gritaban su nombre, y esta vez eran ellos mismos los que respondían con un fuerte Presente que hacía eco en la voz de los demás.

Cuando todos estuvieron reunidos y se miraron y comprendieron para qué habían regresado, no esperaron nada más. Acompañados del resto de los estudiantes y de los niños y de sus padres y de todo el pueblo, con un paso seguro y una mirada fulgurante ahora multiplicada miles de veces en el rostro de cada hombre y mujer que caminaba con ellos, salieron al sendero de tierra y polvo, y empezaron a andar hacia ese lugar que señalaba su mirada, hacia ese punto ubicado alto, muy alto en el futuro y en el horizonte. La Hoja de Arena

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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