Crónica del mande usted

MANDE

A la mesa de un bar de Coyoacán estábamos una brasileña, un puertorriqueño y varios mexicanos, entre los cuales había un buen amigo radicado algún tiempo en Cuba, a quien los acentos se le pegan –incluso a pesar suyo– con una rapidez inverosímil, y otra que apenas el año anterior se paseó un semestre por Chile. Nos ocupaban dos asuntos: elegir entre la temeraria posibilidad del cartón completo de cervezas y la humildad de una cubeta, y las diferencias dialectales del español latinoamericano. Mientras esperábamos a la mesera, bromeábamos con la cajeta argentina, lo difícil que es “coger una guagua” en Chile y las potenciales ventajas identitarias de rebautizar todos los Wal-Marts del DF con el nombre de Chido Mart.

–Lo que yo no entiendo –dijo de pronto el puertorriqueño, llevándose las puntas de los diez dedos a las sienes– es por qué a los mexicanos les llamas y te contestan “mande”. ¿Pero a qué quieren que los mande?

En las televisiones se proyectaba el partido de la selección mexicana. La chica de Porto Alegre no acababa de entender cómo Nigeria podía ir ganando dos goles a cero.

–Ya sabes –apunté yo, o alguien más–, somos un pueblo conquistado; el servilismo está en nuestros genes… Ya no nos damos cuenta: mande usted, señor conquistador, que yo obedezco.

Gol de México. Gritos de júbilo en otras mesas y en un par de féminas sentadas a la nuestra; luego un chiste parentético sobre cómo Puerto Rico alguna vez fue un país pobre y ahora sólo es pobre, y nuevamente una disertación acerca de la cortesía desbordada del mexicano y de las etimologías desdibujadas y peligrosas.

–Sí, yo por eso siempre trato de contestar “diga”, o “¿Qué pasó?”

–Sí, en Brasil también es diferente…

Todos secundaron la moción; Latinoamérica debe sacudirse los complejos. El mexicano debe darse cuenta de que sus palabras son los sacos en que carga las papas de la historia. Lo contrario es ya terrible; tanta indiferencia es inaceptable. Gol de México.

El entusiasmo humano es contaminación auditiva. “Qué manera de gritar, caballero”, diría mi amigo –el mexicano–. Lampareados por la algarabía, nunca escuchamos a la mesera acercarse.

–¿Les puedo tomar la orden? –dijo, de pronto ahí, aparecida como Guadalupe.

–¿Mande usted? –respondió alguno, naturalmente y sin ánimos juandieguiles, desde el fondo de su alma, ahí donde habita en insomnio perpetuo la espontaneidad. La mesera, por supuesto, repitió la pregunta sin inmutarse.

Cuando el partido ya había terminado en empate, nos trajeron un cartón completo de chelas; surtiditas, como las palabras y sus significados.

–Salud –dijo alguien, alzando su cerveza.

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada