Crónica del broken foot

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Una noche, hace quince años, iba caminando con mi padre por una calle larga y serpenteante; era de noche, veníamos del cine.

No lo vi tropezar, sólo lo sentí caer; nos dimos cuenta de lo que había pasado hasta que él ya estaba en el piso. Quise ayudarlo a ponerse en pie pero él me dijo que no, que lo dejara ahí y mejor fuera a la casa a llamar por teléfono. Mientras me daba instrucciones pacientemente, se llevó las manos al pie izquierdo, totalmente torcido, el talón en la misma dirección que la rodilla. “Necesitamos comprar un celular” me dijo a la vez que, apretando los dientes con fuerza tras una boca que mostraba apacible, sujetó su pie de los extremos y, con un movimiento rápido que sonó a grava removida, se acomodó el pie en la dirección correcta.

Fui a la casa, a tan sólo irónicos diez metros de ahí, y luego volví para esperar junto a mi padre, él todavía sentado en el piso, yo de pie a su lado; no me gustó encontrarme más alto que él en esos momentos. Mientras esperábamos él me platicaba de cualquier cosa y se reía de cómo fue a resbalar en la única parte lisa de una acera tan desigual. En esto, con actuada naturalidad, desmentida por un corto e involuntario bufido, se acomodó el pie por segunda vez, porque se le había vuelto a ir para atrás. Más tarde, el doctor que le hizo la cirugía dijo que la fractura había resultado múltiple por causa de estos dos precarios intentos de acomodo. También dijo que la fractura no atravesó la piel porque la bota rodeaba el tobillo y mantuvo todo contenido en su sitio. Sin embargo, un segundo doctor, mucho más capaz, culpó abiertamente al primero de agravar la lesión cuando, al recibir a mi padre de emergencia en su consultorio, no cortó la bota para sacarla, como le fue sugerido por todos los presentes, sino que la retiró con dos fuertes tirones que, en un tobillo resquebrajado debieron resultar dolorosas como sólo puedo imaginar; con evidencia de primera mano, porque entonces fui yo quien, sentado en la sala de espera, apreté los dientes al escuchar el grito que mi padre venía doblegando desde hacía poco más de una hora.

Después de eso entré a verlo mientras mi madre arreglaba con el doctor los trámites para la hospitalización. Nos quedamos solos, mi padre con aire de resignación, escondiendo su pie de mi vista. De pronto metió la mano al bolsillo y, sin fijarse, me ofreció un bolígrafo y me dijo, como si estuviéramos sentados a la mesa del comedor, en casa, “Toma un papel  y dibújame… dibújame así, con el remo dañado”. Tomé la pluma y vi, él no se dio cuenta, que estaba rota: sólo era media pluma, roja, quebrada y con la punta aflojada a causa de la caída. Sentí un nudo en el estómago cuando me di cuenta de que, bajo la piel amoratada, así estaba el tobillo de mi padre. Pero él se calló todo el dolor en mi presencia, y yo no podía hacer menos, así que me guardé la pluma, que ya no le devolví ni cuando pudo volver a caminar, y me quedé sentado junto a él, escuchando lo que me platicaba, mientras esperábamos al doctor.

Mi padre no volvió a ser más alto que yo hasta casi un año después, y sólo entonces me sentí tranquilo otra vez. Iconofinaltexto-copy

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.