Crónica de una mentada de madre

claxonEl ser humano ha demostrado un talento particular, envidiable entre las especies, en la diversificación y el perfeccionamiento de sus métodos para hacer ruido. Por ello no se conforma con el sonido en bruto del claxon, ese ladrido vial tan terapéutico, sino que ha encontrado la manera de elevarlo casi a la dimensión del lenguaje: cinco golpes a la bocina se convierten en una melodía que oscila entre el allegro vivace y el quasi comme un inferno y tiene su traducción al castellano: chin-gaa-tu-ma-dre. Sirve, como todos sabemos –víctimas o victimarios–, para hacerle notar al automovilista de enfrente que su ineptitud, en relación con nuestra sospechosa destreza al volante, es demasiado evidente.

Apenas antier caminaba yo por avenida Nuevo León, en la siempre cuestionable colonia Condesa, cuando un montón de coches improvisaron el concierto frente a la esquina donde hay un Oxxo (o sea en cualquier esquina de la avenida Nuevo León, no recuerdo cuál de todas). Se había puesto el semáforo en verde pero, frente a la orquesta automotriz, yacía atravesado con ínfulas de director un Jeep blanco, de dimensiones atípicamente grandes, que a juzgar por lo que vi albergaba nada menos que una fiesta de quince años. Ignoro qué tenga que pasar en la vida de una niña para que ésta decida celebrar su entrada en sociedad entre Oxxos y perros que sacan a pasear a sus hipsters, pero ahí estaba el Jeep, con una puerta abierta, dejando escapar a la calle los últimos poemas de Pitbull.

Es poco probable que cada uno de los conductores de cada uno de los autos varados tuviera mucha prisa, pero eso tampoco importa porque todos están programados para tocar su melodía materno-mnemotécnica en cuanto alguien muestre actitud de estorbar. Los transeúntes hicimos muecas de molestia, que es lo que las personas sensatas hacen cuando alguien les suena catorce bocinas al oído.

En el tránsito la tensión y la ira se multiplican por nanosegundo. Cayó la segunda cascada musical, pero la fiesta seguía instalada en el crucero.

Y entonces, fresco y rozagante, salió del Oxxo un hombre vestido de gala, cargando en la mano no una batuta sino una bolsa llena de coca-colas. Se encaminó al Jeep con menos prisa que el apocalipsis y dirigió unas palabras a la concurrencia enardecida: “Ya, hombre, bájenle, bájenle”.

Me pregunté qué habría hecho ese mismo hombre si en lugar de ir por los refrescos le hubiera tocado estar en uno de los autos detenidos. También pensé en si alguno de los frustrados instrumentistas de los coches habría resistido la tentación de pedir empatía en caso de estar en el lugar del hombre. Lo dudo. En esta ciudad la empatía depende del lado de la avenida en que se encuentre uno, y es de quitapón, según convenga. Y cuando se quita, el vacío se rellena con ruido, con mentadas de madre, con mexicanismo en decibeles.

Resuelto el problema con el suministro de refrescos, el Jeep avanzó y la fiesta se perdió en la avenida. La mayoría de los autos traspusieron el crucero ya sin más ruido que el de sus motores amansados, menos los de hasta atrás: a esos últimos les volvió a tocar el alto. Y sus conductores acometieron con renovadas fuerzas su canción claxonífera, fieles a la partitura, un poco contra el Jeep perdido en la distancia, un poco contra el destino, un poco porque así les enseñaron que se hace.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada