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Crónica de un día sin internet

bebé llorando

Yo no fumo, no bebo –demasiado–, no tengo hijos ni membrecía en un casino. Pero compro libros. La semana pasada compré uno particularmente costoso, y es probable que el subsecuente desajuste a mis finanzas sea un lastre hasta Navidad. Por lo pronto, el lunes pasado me cortaron el teléfono celular, y con él, el servicio de internet.

Estimado usuario, este número está suspendido…

El itinerario del día marcaba asesoría de tesis, comida frugal y junta para atender asuntos de esta revista al otro lado de la ciudad. Apenas traspuse el umbral de la zona Wi-Fi que es mi casa, sentí los primeros cosquilleos del síndrome de abstinencia: manos inquietas, mirada perdida en la inmensidad de la cuadra –me enteré de que tengo una nueva vecina, bonita aunque demasiado joven–.

Nunca había estado tan positivamente ansioso por llegar a una asesoría de tesis; es antinatural. Corrí a colgarme de la señal de la universidad, una señal más lenta e inútil que un mesero amnésico. Nada. Imaginé mi cuenta de Twitter mohosa y con telarañas.

Arrastré mi melancolía digital por el Paseo de la Reforma. No podía hacer menos que ver mi teléfono como un cadáver, una cáscara exánime –vi con detalle, eso sí, cada una de las plantas del camellón, y descubrí que desconozco el nombre de la mayoría–.

Degusté un burrito con salsa de tocino en la calle de Liverpool y luego me dirigí en Metrobús a Coyoacán. Comí y leí con la palpitante sensación de que un mensaje, un tuit, un correo, me esperaban en el mundo virtual, iracundos como esposa abandonada.

También llovió. Tras descubrir que una parada de microbús nunca es refugio suficiente contra un aguacero chilango, caminé por Miguel Ángel de Quevedo hacia la librería Octavio Paz. Se me ocurrió un tuit, según yo hilarante, sobre la lluvia, y tuve que dejarlo en el tintero (mi tintero es touch). En cambio, ayudé a un viejito a sortear charcos con aspiraciones lacustres hasta la parada del camión.

La junta fue exitosa, aunque la calidad del Wi-Fi en la librería Octavio Paz también es poco menos que un laberinto de soledad. Hice un par de llamadas con un nokia de los años veinte al que a la fecha no se le acaba la batería y que por lo tanto uso para emergencias, y me trasladé al Jarocho con dos buenos amigos, colaboradores de esta revista. Es bueno convivir con las personas, pensé, aunque también me comí un panqué de piña para mitigar la ansiedad con azúcar, como hacen algunos ex fumadores y futuros obesos.

De vuelta a mi casa, ya acomodada la noche en el cielo, me precipité hacia mi tableta cual si me la acabara de traer Santaclós. Desempolvé el mundo virtual como se hace con una casa después de un largo viaje, y antes de dormir pensé en el mundo de afuera, afuera donde viven las vecinas bonitas, los viejitos bajo la lluvia y las plantas anónimas; luego pensé que soy muy cursi y que también es real este otro mundo, tan real como ustedes que me leen.

Me gusta internet. Vi la vida y todo eso, prometo hacerlo más seguido, pero extrañé internet, que está vivo también, con su corazoncito de Frankenstein. Lo único verdaderamente malo, pensé antes de cerrar los ojos, es que todavía haya que pagar por él.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada