Crónica de la Escuelita Zapatista

En estas comunidades se manejan prácticamente sin dinero ―sin que esto quiera decir hambre― y sin las estructuras de salud federal ―sin que eso quiera decir enfermedad―.

En el ’94 tenía seis años. Mi familia y yo regresábamos de un viaje en auto cuando la noche nos alcanzó. Cerca de Ocosingo comenzó a llover. La carretera estaba bañada en aceite y había gente en el camino haciéndonos señas para no continuar. Se escuchaban balazos. Cuando nos detuvimos a preguntar, le dijeron a mi madre: “señora, el país entero está en guerra”. Entre la lluvia y el aceite, el accidente fue inevitable.

Si bien la anunciación de una guerra nacional dejó volar demasiado nuestra imaginación en ese momento, el mensaje que nos daba aquél señor nos hablaba también del tamaño de las aspiraciones del EZLN. El accidente, por su parte, no pasó a mayores; sin embargo, aquella experiencia sería el lejano punto de partida que veinte años más tarde reanudaría de manera muy distinta.

El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional había dado sus primeros pasos más o menos una década antes, pero el último día del año de 1993 sería determinante para su lucha, pues daría a conocer de manera pública sus ambiciones: trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz, reclamaba la Declaración de la Selva Lacandona. Los años siguientes serían, muy grosso modo, de negociaciones con el gobierno federal, de los Acuerdos de San Andrés, de la histórica marcha al Congreso y de su apuesta de dejar las armas para hacer más política, con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

Después del fragor de la declaración de guerra zapatista, de que el movimiento, poco a poco, pareciera perder fuerza y de que se cesara de hablar de él, era difícil no pensar que el neozapatismo finalmente hubiera quedado en el pasado. Por eso la noticia de una convocatoria de parte de los pueblos zapatistas para mostrar el trabajo que silenciosamente ejercieron todos estos años, no dejaba de causar mucha curiosidad y expectativas.

En cuanto supe de la Escuelita Zapatista decidí asistir, aunque honestamente no entendía muy bien de qué trataba todo el asunto. Sabíamos lo que decía la convocatoria y los mensajes del sub Marcos y el sub Moisés: una escuela no convencional donde se impartirían clases sobre la libertad según los pueblos zapatistas y sus formas político-sociales de organización, además, nos alojarían en sus casas y comeríamos en sus mesas.

No sabíamos ni siquiera en cuál de los pueblos de los MAREZ nos tocaría pasar una semana; pero así fue como llegué al CIDECI (Centro Indígena de Capacitación Integral) en San Cristóbal, punto de reunión para los alumnos de la Escuelita. Ahí pagué la cuota que cubría el transporte y la comida y esperé. Minutos antes de subirnos a los camiones nos dijeron que nuestro grupo iría a la zona de La Realidad, lugar ubicado entre la Selva Lacandona y la frontera con Guatemala.

Durante el trayecto, hicimos una breve escala en el Caracol de La Realidad, Madre de todos los caracoles. Antes de llegar allí, el camioncito se descompuso y tuvimos que bajar a la carretera. Ahí fue cuando entendí lo lejos que estábamos. Para darse cuenta de ello, faltaba voltear a ver al cielo, escuchar el bullicio de los bichos y adivinar en la obscuridad cómo las plantas trataban de devorar la carretera.

El grupo con el que viajaba se conformaba por unas veinte personas. La mayoría era de la Ciudad de México, pero también había gente de otros lados. Entre los lugares que me vienen a la memoria estaban Michoacán, Hidalgo, Brasil, Argentina, Costa Rica, Galicia y Suecia. Yo era la única chiapaneca. Había estudiantes de materias tan variadas como Filosofía, Historia, Geografía, Antropología, Derecho y Ciencias Políticas. Todos iban con distintas aproximaciones a las comunidades zapatistas.

Llegamos a media noche medio muertos. Fue por eso que al recibirnos haciéndonos pasar a través de un camino de dos hileras de encapuchados que aplaudían y gritaban palabras de bienvenida, no pude sino sentirme confundida.  Incluso llegué a pensar que no había sido buena idea meterme en eso. Minutos después, nos asignaron un guardián. A mí me tocó Rosa, de catorce años.

Al principio, la función del guardián quedaba poco clara. Rosa, sin decir una palabra, me llevó hacia la fila que tuvimos que hacer para la comida. Yo tenía que seguirla adonde iba sin entender muy bien qué pasaba. Con la comida en sus manos me guió hasta el lugar en el que más tarde dormiríamos unas tres horas. Donde había una mesa puso el plato de frijoles y las tortillas y me dijo sus primeras palabras: come.

Cuando terminamos de comer nos dijeron que nos habían preparado un baile. No había nadie más emocionado que los guardianes. Los hombres se movían en pequeños grupos e indiscriminadamente sacaban a las mujeres a bailar. La banda Los primos tocó sin descanso casi hasta que salieron los camiones hacia nuestros respectivos pueblos. El alcohol brilló por su ausencia.

Madrugamos y nos congregamos de nuevo para una breve clase de introducción al gobierno zapatista. Hubo una sesión de preguntas, nos asignaron los pueblos a los que iríamos y partimos en camiones de carga. Por unas cuatro horas fuimos parados esquivando ramas, enredaderas y todo tipo de lianas. La incomodidad del transporte duró poco, fue rápidamente opacada por la belleza del paisaje. Selva en serio, alta, espesa y verde, con paisajes estremecedores. De esos lugares que las mineras extranjeras, la tala masiva de árboles y el turismo propagandístico de un gobierno corrupto aún no han tocado.

Llegamos por fin, otra vez sin luz. Atravesamos un puente colgante, o hamaca, como le dicen allá. Cuando llegamos al otro lado, la doble hilera de gente con aplausos nos volvía a recibir. Esta vez fue diferente, más íntimo de alguna manera, pues todo el pueblo estaba ahí dándonos la bienvenida a sus casas. La atmósfera era del todo distinta y cientos de mutz’it  ―luciérnagas― nos hacían más caluroso el arribo.

El pueblo al que llegamos se llama Champa San Agustín y no aparece en los mapas. Cualquier intrépido viajero tiene que prepararse para un largo recorrido por caminos apenas trazados. Es casi una isla, pues las aguas del río Jataté lo rodean en forma de U, pero también por su escaso contacto con el resto del mundo. Champa es un perfecto ejemplo del continuo aislamiento en el que han vivido los pueblos chiapanecos a lo largo de su historia, de los beneficios y perjuicios que esto les ha valido.

Rosa no es de Champa. Para llegar a su pueblo hay que caminar unas cuatro horas desde allí, así que las dos éramos invitadas en aquél lugar. El papel de Rosa, como el de los demás guardianes, cumplía la función de cuidarnos y, claro, de cuidarse de nosotros, pues a final de cuentas éramos unos extraños que llegaban por primera vez a sus casas. Con el paso de los días nos adaptamos una a la otra hasta dejar de sentirnos incómodas. Lo difícil siempre fue que ella apenas aprendía español y yo no sabía nada de tzeltal. No obstante, entre miradas y risas logramos una peculiar relación que me dolió dejar el día que nos despedimos.

La familia que nos recibió era por demás especial. La conformaban dos matrimonios, una abuela, tres niños pequeños y un joven. Joel, por un lado, había estado involucrado en el movimiento zapatista desde sus inicios, en la década de los 80. Tenía las historias más fascinantes. Historias de encuentros en la selva con los militares, de mujeres ágiles con las armas, de muertes y sacrificio. Historias de su pueblo, historias de otros pueblos lejanos que hace tiempo había visitado. Cuando le conté del accidente en la carretera, él corroboró mis recuerdos ―la lluvia, el aceite y los balazos―, todo desde un ángulo completamente diferente.

Johnny es el hijo más grande de Joel, el vocalista de la banda que amenizó nuestro primer baile ―y los que vendrían― y, por si fuera poco, era también el representante del pueblo. Tiene con María tres niños de dos, tres y cinco años. Los niños no saben hacer otra cosa que jugar, trepar sobre el equipo de Los primos y saltar entre las ramas de los árboles. Los niños y las mujeres siempre me hablaron en tzeltal, sin importar mi cara de angustia por la absoluta incomprensión. Los niños porque no sabían español, pero las mujeres parecían hacerlo a manera de maestras.

Las mujeres se levantaban antes que los hombres y hacían tortillas, preparaban el desayuno para los que se iban a la milpa. Vi muchas veces a las señoras más grandes enseñar a sus hijas y sobrinas los ritmos ―casi bailes― para moler y amasar el maíz. El rol de la mujer da lugar a polémicas; no obstante, no hay que dejar de festejar los cambios a los que están dispuestos y las transformaciones que ya se han logrado. Las comunidades zapatistas se dan cuenta de que esto es un problema y lo manejan como tal, tratando de resolverlo desde la enseñanza básica de sus niños y con la participación política, cada vez más activa, de las mujeres.

Es con estas nuevas actitudes que nos podemos percatar de las intenciones políticas, pero sobre todo sociales, que las comunidades zapatistas han adoptado. Ya no se trata de aquél ejército que peleó con las armas veinte años atrás, sino de una batalla lenta y silenciosa de cambios generacionales que se combate con educación y nuevas estrategias estructurales. Nuevas soluciones como las Juntas de Buen Gobierno, las asambleas, los consejos municipales, los representantes de pueblos y demás componentes de una red que se recicla constantemente.

Así pues, estuvimos juntos por varios días aprendiendo tantas cosas que aún cuesta digerir. Todos los días nos sentábamos en el jardín a leer en grupo los libros de texto que nos dieron. Los libros son una maravilla, pues son escritos honestamente, enseñándonos sus triunfos y sus errores, platicados como hacen los viejos a los niños. Sus títulos son: Gobierno Autónomo I y II, Resistencia Autónoma y Participación de las Mujeres en el Gobierno Autónomo.  Cuando terminábamos, hacíamos preguntas a Joel y a Johnny. El grupo era de cuatro, Pepe, yo y nuestros guardianes, que también iban a aprender.

Me atrevería a decir, sin embargo, que aprendimos más con las pláticas en la mesa a la hora de la comida, con la convivencia diaria y con el trabajo colectivo. Fue el segundo día cuando fuimos a ver de qué trataba el quehacer en la milpa. Esa vez la cosecha fue de frijoles. Con el sol sobre nosotros, fuimos por carrizo y los pusimos como guías para los frijoles que ya buscaban dónde recargarse. Después tomamos pozol, como se estila allá, a la mitad de la jornada. Cuando terminamos, fuimos a cortar camote, yuca y jol mamal, y eso fue lo que comimos más tarde.

Las milpas son de todos y la comunidad es autosuficiente. Si no trabajas no comes, pero todos trabajan y todos comen. El dinero escasea y los lugares en los que circula son las cooperativas, o tienditas del pueblo, que poco se utilizan. También vía los coyotes, vendedores forasteros que compran los productos del pueblo a muy bajos precios y que se vuelven problemáticos, según me dijeron, para la economía local.

La comunidad está dividida entre zapatistas y partidistas. Contrario a lo que pensé en un inicio, llevan una buena relación, tolerante y respetuosa. Las diferencias entre ellos radican en las consecuencias de su visión político-social. Los partidistas reciben los programas del gobierno y los zapatistas no, los primeros ven la televisión y los segundos juegan torneos de futbol, pero ambos festejan juntos en los bailes y fiestas religiosas, aunque los zapatistas sin alcohol, como acostumbran. Joel decía que los partidistas hacían uso recurrente del sistema de salud zapatista por falta de servicios en el Seguro Popular. También decía que solicitaban su ayuda jurídica porque resultaba más eficiente que la proporcionada por el gobierno.

El sistema de salud zapatista es resguardado principalmente por mujeres que albergan el conocimiento de la medicina tradicional. También tienen hospitales donde me dijeron que hacen cirugías. Durante el tiempo que estuvimos ahí presenciamos cómo una de estas mujeres curó a uno de nuestros compañeros, incapacitado para caminar, en dos días. También curaron a Rosa, que se enfermó del estómago.

Uno de los últimos días que estuvimos ahí, nos pusimos a ayudar a nivelar el suelo de su escuela con costales de tierra. Entre todos acabamos pronto y luego seríamos injustamente recompensados con un baile de despedida, muchos ―tal vez demasiados― tamales y café. Durante el festejo varios compañeros hicieron presentaciones musicales, declamación de poemas y malabares. También dimos un discurso colectivo de agradecimiento. Al otro día partimos con la esperanza de regresar a visitar a esa gente que en pocos días adquirió tanta importancia en nuestras mentes y corazones.

Esta vez visité sólo un pueblo y es difícil saber con certeza cómo funcionan todas las comunidades zapatistas con tan poco tiempo. Sin embargo, es seguro que las estadísticas de pobreza y de status general que el gobierno realiza a estas comunidades son poco certeras. En estas comunidades no se reciben salarios, ni se tienen clínicas del Seguro Popular, pero no se les puede llamar pobres por eso. Se manejan de manera distinta, prácticamente sin dinero ―sin que esto quiera decir hambre― y sin las estructuras de salud federal ―sin que eso quiera decir enfermedad―. Valdría la pena hacer estadísticas adecuadas en las comunidades zapatistas, con parámetros propios.

De cualquier manera, a la Escuelita le quedan al menos un par de años más y espero mejores perspectivas; nuevas respuestas a mejores preguntas. También es claro que cada pueblo es muy distinto del otro, así que cada viaje ampliará la visión fragmentada que aún tengo. Hay que hacernos pues nuevos cuestionamientos y, con el tiempo, de manera informada, hacer también críticas justas al movimiento.

Cabe señalar además que, si bien es cierto que el aislamiento de Champa San Agustín les ha permitido mantener sus ideales, también es cierto que están conscientes de ello y se preparan para el momento en que el contacto constante con otras ideas pueda influirles, pues invierten mucho tiempo y esfuerzo en la educación y en el continuo aprendizaje de la comunidad entera para lograr esas distantes metas que aún parecen conservar intactas.

Creo que una de las mayores enseñanzas fue entender que las comunidades zapatistas están dispuestas todo el tiempo a aprender y a cambiar, y así se lee en una de sus paredes: Nuestra teoría es la práctica; navaja de doble filo y recurso inevitable de este movimiento.La Hoja de Arena

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Alma M. González

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