Crisis, descrecimiento, altermundismo y esperanza

Iamfree

El vocablo “descrecimiento” parece sugerir  lo opuesto al crecimiento, tal como lo es el desamor al amor, el descontrol al control. Aplicándose a las ciencias económicas, sugiere una “vuelta atrás”, un progreso negativo, perder lo duramente ganado. Ah, pero si la economía no crece, entramos en crisis, nos han dicho hasta el cansancio, todo el mundo lo sabe.

– “Ah pero hijo, si la economía no crece, entramos en crisis, todo el mundo lo sabe”, repite el papá. Crunchea un churrumais, palpa el fondo reluciente de la bolsita ya vacía, apartando un rato su mirada de la tele… Se sirve otro vaso de coca.

– Y ¿por qué tiene que crecer la condenada economía?

La primera razón parece ser por el crecimiento de la población. Si el número de habitantes del planeta crece al uno y medio porciento anual, la producción de alimentos, bienes y servicio tendría que crecer al mismo ritmo para mantener un mismo nivel de consumo “por cabeza”. Esto se podría definir como “crecimiento natural” de los mercados.

– Pero hay algo más, hijo, tiene que crecer más que esto, para permitir a los pobres progresar. Solamente una economía en crecimiento podrá erradicar la pobreza.

– Pero papá, si lo poquito que ha ido creciendo sólo ha generado más millonarios…

El crecimiento sin mecanismos de redistribución de riqueza -no, mejor dicho de oportunidades- efectivamente beneficia a las capas más favorecidas de la población, y en vez de erradicar la pobreza, tiende a favorecer la pobreza relativa, es decir a aumentar la desigualdad social. La pobreza, más que un estado estático y absoluto, corresponde a factores subjetivos. Uno “se siente” pobre, porque se queda uno al margen del gran pastel generado entre todos por esta sociedad tecnificada. La pobreza absoluta, en cambio, es la incapacidad de captar un ingreso suficiente para satisfacer las necesidades mínimas, y cuando por esta razón la dieta se vuelve insuficiente en carbohidratos y proteínas, se vuelve pobreza alimentaria.

La causa subyacente de la “necesidad de crecimiento” en nuestras sociedades industrializadas capitalistas es la necesidad de crecimiento del capital. Aquí tenemos una primera clave. Un objetivo privado (el crecimiento del capital de los inversionistas) se vuelve objetivo de la sociedad en su conjunto, sobreponiéndose, sustituyendo incluso el bienestar común.

– Suena a comunismo, hijo; ¿Cómo podrían los patrones crear empleos si les quitas lo que duramente ganaron?

– ¡Ay papá, estos son argumentos de hace cincuenta años!

El debate político entre la izquierda y la derecha no se acabó con la caída del muro de Berlín. No se han acabado las diferencias sociales, ni la ostentación de los ricos, ni el resentimiento social de los pobres. Sin embargo, los temas de la “conquista del poder”, la “lucha armada”, la “propiedad social de los medios de producción”, las “lucha de clases” y la “dictadura del proletariado” aparecen como conceptos ya obsoletos con el auge de una consciencia que reclama la pluridimensionalidad del ser humano, frecuentemente  reducido a su sola dimensión económica. Más que la abolición de las clases sociales, se reclama un contexto en que el concepto mismo de clase social carezca de trascendencia; y esto sólo se puede en una sociedad más igualitaria, o al menos en que los procesos en marcha tienden hacia la disminución de las desigualdades.

Durante las primeras cuatro décadas de la posguerra, que fueron básicamente años de crecimiento económico, imperaban en muchos países esquemas de economía mixta,  regímenes  socialdemocratas, que equilibraban las fuerzas sociales, regulaban los mercados y controlaban los movimientos financieros. Hacia finales de los ochentas, la globalización y el neoliberalismo representaron la privatización de empresas y recursos, y por ende  el auge de las corporaciones transnacionales de la industria, la informática y la finanza. Los accionistas de Wall Street pasaron a tener más gravedad económica que muchos gobiernos. Como mencionó el expresidente chileno Salvador Allende, las corporaciones “no están fiscalizadas por ninguna institución representativa del bien público ni representan los intereses de ninguna colectividad”.

– Estas son…pamplinas, hijo. ¿Cómo  vamos a hacerle  entonces para proteger el planeta, si no se genera la riqueza necesaria para dedicar una parte a aplicar los programas ecológicos? Si no hay grandes empresas que paguen un montón de impuestos, ya no podremos sostener programas tan cruciales como éste de plantar millones de árboles. ¿Qué contestas a esto, a ver, tú el ecologista?

La solución de fondo a la problemática ecológica no puede consistir en destruir bosques para después replantarlos, ni en contaminar el agua para luego tratarla, ni en fabricar basura para después separar y reciclar, ni desarrollar un sistema agroalimentario industrial masivo para después permitir la inserción de un nicho de mercado para productos orgánicos. Sería como fomentar el desarrollo de una enfermedad para luego medicar al paciente.

Los imperativos ecológicos y biológicos dentro de los que se desarrollan las actividades humanas constituyen un marco general que no deben franquearse alegando razones económicas. “No podemos permitirnos gastar en medidas ecológicas debido a la competencia con China” es un argumento que debería rectificarse en “no podemos permitirnos no tomar en cuenta nuestras condicionantes ambientales”. Los ciclos energéticos, minerales, hídricos representan un marco más amplio dentro del que tiene que adaptarse la actividad económica, social y el consumo, y no al revés.

– Ya me fastidiaste con tus argumentos, parece ser que quieres volver a la edad de las cavernas… a ver si estás preparado a renunciar a tu internet…

Actualmente hemos rebasado los límites de la tolerancia de nuestros ecosistemas en un 30% como media mundial, es decir que estamos consumiendo los recursos más aprisa que se reponen. Necesitaríamos 1.3 planetas para seguir consumiendo como en este momento. Pero existen diferencias por países. Si toda la población mundial tuviera un consumo  similar al de los franceses, se necesitarían tres planetas; al de los norteamericanos, seis, y al de los nepaleses, medio. Para mantenernos dentro de los límites aceptables dentro de esta modalidad de cálculo de la “huella ecológica”, deberíamos si acaso remontarnos al nivel de consumo de la Francia de 1967, en la que definitivamente no se vivía tan mal y distabamos mucho de nuestros antepasados paleolíticos. Además, no existe correlación marcada entre los índices de consumo  y los de desarrollo humano, por ejemplo, o con la felicidad humana.

El crecimiento del capital lleva a disminuir costos y manipular mercados.  De ahí se derivan cinco fenómenos notables: la generación de externalidades, el desarrollo de la sociedad de consumo, el desarrollo de mercados financieros especulativos, la deslocalización y el deslizamiento del poder.

Las externalidades constituyen la parte del costo de producción de un bien o servicio que no se encuentra reflejada en el precio final del producto. Las degradaciones al medio ambiente, a la salud o al tejido social de las comunidades son costos que a finales de cuentas asumirán las generaciones futuras, mientras la construcción de infraestructura como vialidades y redes eléctricas corren a cuenta de los gobiernos; al recurrir éstos al financiamiento externo, también lo cubrirán nuestros descendientes.

La sociedad de consumo consiste en la adquisición de parte de las familias e individuos de un creciente número de objetos innecesarios y de poca duración, con el fin de ampliar los mercados del sector industrial. El estilo de consumo se programa desde las campañas publicitarias, y la vida útil de un producto se ajusta mediante la obsolescencia programada. Esta forma de relacionarnos con los productos genera un par de externalidades más: la depleción de recursos y la generación de basura.

Los capitales necesarios a la producción y comercialización se vuelven una mercancía, sujeta a precios de mercado y con ganancias especulativas. A su vez, el dinero destinado a agilizar el consumo de todo este excedente industrial se suministra mediante la operación del “dinero plástico”, generalmente a través de tarjetas de crédito y dinero virtual. De esta manera, en vez de ahorrar en previsión de necesidades futuras, nos hemos acostumbrado a gastar hoy lo que ganaremos en unos meses.

Se conoce como deslocalización a la migración de la actividad industrial hacia regiones del mundo en que el costo de la mano de obra sea más reducido, o sus restricciones medioambientales, o el valor de su moneda en los mercados financieros internacionales. El sureste asiático, y muy particularmente China, es desde hace varios lustros el destino preferido por el capital para la actividad industrial, con las consecuencias de la destrucción de la capacidad industrial de vastas regiones del mundo previamente desarrolladas, y el aumento de las tasas de desempleo.

Siglos atrás, el poder se había ido concentrando desde las colectividades regionales hacia los estados nacionales. En la actualidad, observamos un deslizamiento del poder hacia las corporaciones financieras, de la comunicación e industriales, paralelas al ritmo de la privatización de los bienes que hasta ahí fueron perteneciendo al patrimonio común, o registrados como propiedad pública, como son los recursos hídricos, energéticos y genéticos, las comunicaciones, la seguridad y la regulación del mercado de bienes de primera necesidad, para citar los mas relevantes.

– Que chorote, m’hijo, todo esto no te lo han enseñado en la facultad, ¿verdad? Te calientan la cabeza aquellos amigos tuyos con los que te juntas ¿en dónde, por cierto? Con razón te me desapareces a la mera hora de las telenovelas y del fútbol.

– A veces en el Café Del Pueblo, y cuando no hay con qué, en el parque. Puedes vernos cuando quieras, si consintieras a perderte un capítulo de “el llanto de los jodidos”.

–  Todo esto no lleva a nada, puras palabras. También a tu edad tenía amigos que perdían el tiempo queriendo rehacer el mundo (se interrumpe un rato para observar una gritoniza entre un guapo y otro feo en su macropantalla LCD). Mira, si tan solo tuvieran una sola propuesta concreta…

La corriente del altermundismo  reúne la izquierda desdogmatizada con el ecologismo politizado. El movimiento del  descrecimiento propone despojarnos de las necesidades materiales artificiales para a su vez crecer la satisfacción de las necesidades básicas de todos, la justicia social, la Cultura, la armonía ambiental, la espiritualidad… ambos contienen un ingrediente “ciudadano” en que se reclama a la vez que un renacimiento de “libertad, igualdad y fraternidad”, la sustentabilidad del mundo que heredarán nuestros hijos. Ambos tienen como punto de partida la constatación del fracaso del modelo económico actual.

Hemos esbozado aquí el contexto. En una próxima entrega definiremos las propuestas y las estrategias que puedan renacer las esperanzas de un futuro viable.Iconofinaltexto copy

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Christian Geradon Delnooz

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