Creo que soy feminista

O tal vez no. Quizá sólo sonaba bien el título. La verdad es que nunca he leído ni a Simone de Beauvoir siquiera. No escribo amigxs en vez de amigos, entre otras cosas porque es impronunciable, y a veces ni lo pienso cuando en la banqueta ya estoy caminando del lado de la calle. Todo el tiempo escucho condenas para La Feminazi, ese animal fantástico, y yo, sin militancia, silvestre, no me animo a tirar piedras para ningún lado. Pero escucho a ciertas mujeres hablar con razonable terquedad de roles de género y por ahora eso me basta; porque me acuerdo de que yo tengo un género, además del gramatical: soy hombre, por nacimiento y confirmación, e intuyo que en algo me conciernen sus disertaciones. Sospecho entonces que, en todo caso, soy feminista como se es hablante nativo de una lengua: ignoro la naturaleza teórica de la conjugación verbal pero la padezco todos los días.

“Ser hombre es fácil”

Lo primero que pienso es que, la verdad, hoy en día ser hombre es un problema; uno que, comparado con los que enfrentan tantas mujeres por el simple hecho de serlo, parece de juguete, pero que sería injusto obviar en una búsqueda conjunta de armonía de roles.

Quizá baste hacer un test psicológico a unos cuantos varones contemporáneos para darse cuenta de que vivimos en una época en la cual ser hombre no es fácil justo porque debe parecerlo. Vemos comerciales de cerveza en los que se capitaliza la supuesta simpleza de la masculinidad, pero de poco nos sirve orinar de pie si, por ejemplo, seguimos encabezando de vez en cuando las estadísticas de suicidios.

Pienso: soy hombre y vivo en un mundo en el que tengo que estar demostrando todo el tiempo que lo soy; en el que mi realización personal depende de la competencia, de la eterna búsqueda de la superioridad; en la percepción de hombres y mujeres, ser un hombre débil es sinónimo de no ser. Así de simple, así de cruel. Crecí sabiendo que debo evitar cualquier acción, actitud o gesto que huela a infantil o femenino, so pena de vivir en la ignominia. Me hice adulto en un contexto en el que la violencia, del tipo que sea, se combate con violencia, en el que el claxon se contesta con el claxon o se pierde el orgullo y por lo tanto la identidad. Aprendí sin quererlo que a buena parte de la población femenina le parece más atractiva mi capacidad de provisión que mi capacidad de discernimiento emocional. Pertenezco a esta generación en la que la duda de si pagar la cuenta es tan estresante como un examen profesional, en la que los límites entre la cortesía, el cortejo y la discriminación son difusos y terribles, en la que se asume que todas mis acciones son resultado de mi necesidad de apareamiento, y en el que mi derecho a enamorarme estará siempre, sin excepción, bajo sospecha. Vivo en un mundo confuso y confundido, que no entiende por qué me quejaría, si todo lo demás parece estar diseñado para mí; seguro lo que pasa, ha de decir, es que me faltan pantalones, que no soy lo suficiente hombrecito para vivir “como se debe”. Y no, intuyo. Yo sé, Tecate, que la idea no vende, pero ser hombre es mucho más que fingir demencia.

Guerra de expectativas

Seguido me topo, en las redes sociales, con publicaciones como la siguiente: “No existen las mujeres infieles; sólo los hombres que no saben hacerlas felices”; o peor: “Los hombres sólo necesitan aprender cuatro letras del abecedario: OBDC”.

De la misma forma en que la dañina distribución actual de roles de género enseña que el valor de la mujer está en función de cómo dosifica su cuerpo respecto al sexo opuesto, así enseña que el varón vale según pueda cumplir ciertas expectativas de protección y provisión. Casi no se menciona, pero el concepto que para los hombres se tiene de éxito tiene demasiado que ver con lo que ellas esperan de nosotros. Todavía en el siglo XXI se habla del buen partido como sinónimo del hombre al que no le falta nada salvo el trofeo. E igual que la mujer que cuestiona la norma y usa su cuerpo con la libertad que nadie debió quitarle carga el estigma de fácil, de la-que-no-se-respeta, de puta, el hombre que cuestiona la norma y basa su éxito en la congruencia individual antes que en los estándares es tildado de egoísta, de miedoso e de indudablemente incompleto. Toda proporción guardada ―no pretendo equiparar dos tipos de violencia muy dispares, sino sólo resaltar la focalización de la culpa en la víctima― decir que el hombre es culpable de la infidelidad de una mujer porque no cumplió determinadas expectativas es tanto como decir que una mujer es culpable de una violación porque no se vistió con pudor. Igual de miope, igual de estúpido. Pero a nadie parece hacerle ruido. Saltan, abundantes, los likes y las risas cómplices. La sumisión del hombre es un terremoto sigiloso que devasta con la bendición social.

Todo se complica a sabiendas de que ellas tampoco tienen la culpa de lo que esperan de nosotros.

Me explico: los niños y niñas de mi generación fuimos educados por nuestros padres y nuestras madres (es énfasis, no corrección política) para cumplir con unas reglas en decadencia manifiesta. Visto en tiempo real, se enseñan y se combaten de forma simultánea. El cambio positivo que experimenta la lucha por la igualdad y por los derechos de la mujer no es completo ni súbito ni ordenado. Las féminas de mi generación crecieron entre los primeros frutos maduros de una lucha social en lo que a su cuerpo y su lugar en la sociedad respecta, y el todavía vigente permiso de la irresponsabilidad emocional. Sigue siendo válido, por ejemplo, aquello de que a las mujeres no hay que entenderlas, hay que quererlas (sin darnos cuenta de que igual de siniestro sería decir que a los hombres no hay que entenderlos, hay que abrírseles de piernas). Se les dijo que, por haber nacido mujeres, poseen el derecho al silencio, el monopolio del perdón, el mérito de la belleza. He visto a mis amigas más lúcidas sufrir por la consciencia de ello y la dificultad de extirpárselo.

Están, claro, las nuevas mujeres, que no sin esfuerzo han empujado una propuesta de igualdad integral, que no sólo le arrebate privilegios injustificados al hombre sino que lo libere de responsabilidades más bien medievales. Pero, siendo francos, son todavía una minoría que en la práctica es casi mitológica. Con el reciente y lamentable video de generación del Instituto Cumbres como pretexto, Mariana Pedroza se refiere así a sus alumnas, presionadas a su vez por lo que se espera de ellas: “Lo que me preocupa (…) es que (…) den por sentado que ellas son lo que les han dicho que son ‘las mujeres’ (viejas inestables que hay que mantener contentas a costa de condescendencia y flores) sin detenerse un segundo a mirarse en el espejo e identificar cuáles son sus verdaderas motivaciones.” Si a ella le preocupa, imagínense a nosotros, que pagamos su supuesto derecho a la inestabilidad, su dizque necesidad de condescendencia y, claro, las flores. Es decir, la mujer contemporánea vive entre la aterradora restricción del uso de su cuerpo y una obscena permisividad emocional; de forma especular, a los hombres se nos deja abierto el corral de lo físico pero nuestra libertad emocional se limita más bien a una cadena de responsabilidades: del cortejo ―ya no se diga de la “caballerosidad”, que hasta se impone como obligación moral―, de la disculpa, de la adivinación, de la solución, del sostén.

Si a esas expectativas del viejo régimen se les añaden (por no decir contraponen) las del incipiente ―y que se resumen a borrar cualquier situación de poder, ya sea positivo (pagar las entradas del cine) o negativo (abuso sexual o psicológico)―, el resultado es una masculinidad sin referentes ni asideros, confusa, desamparada. La doctora Coral Herrera lo ilustra mejor en un certero artículo al respecto: “El  varón posmoderno no sabe si las mujeres desean machos posesivos o compañeros de viaje, y sufre por las contradicciones internas entre el discurso y la práctica, entre el deseo de igualdad y las estructuras machistas que habitan en todos los hombres y mujeres educadas en la tradición patriarcal.” Hoy en día, ser hombre es sobre todo vivir en la incertidumbre.

Salir del limbo: igualdad, pero completa

Escucho todo el tiempo a amigos hombres decir que el feminismo les asquea porque, desde el nombre, busca un cambio unilateral. No niego la existencia ―dado que me he topado un par ― de mujeres que le guardan a uno un odio sincero por haber nacido con pene, como si a uno le hubieran dado a escoger. Pero prefiero intuir el feminismo, ése del que nada sé y a pesar de la carga semántica del título, como la búsqueda por equilibrar la balanza en todos sentidos, por lograr una igualdad sin trampas. Y el ansiado equilibrio requiere que los hombres exijamos al mismo tiempo que cedemos. La mujer debe dejar de ser un objeto y el hombre debe dejar de ser un vasallo. Ellas no tienen por qué planchar más camisas que las suyas, y nosotros no tenemos por qué adivinar lo que nadie nos explicó jamás. Los varones, que sin preguntar nos asumimos el blanco del feminismo, tendríamos no sólo el compromiso de abdicar privilegios ancestrales sino el derecho de exigir un cambio completo. La justa libertad de la mujer sobre su cuerpo y sobre cómo ejerce sus capacidades intelectuales no debe, de ninguna manera, despegarse de su responsabilidad emocional. Cualquier vertiente de la pugna feminista que evada este aspecto me resulta hipócrita o al menos sospechosamente conveniente.

He mantenido todo el texto la perspectiva del hombre heterosexual soltero; no podría ser de otra forma puesto que es la única que poseo, si bien la discusión en su total complejidad es polícroma y tiene más de dos cabezas; enfatizo además la relación de pareja porque me parece muestra nítida de un espectro más amplio. Pero considero necesario que se hable del tema. Que los hombres hablemos del tema. Que dudemos, al menos, de si no nos hace daño también. Que si ellas no lo hacen, porque no les parece necesario, porque están concentradas en aristas más apremiantes de la revolución igualitaria, porque tampoco están dispuestas a perder sus privilegios, lo hagamos nosotros, y las involucremos en la discusión. Las necesitamos para salir del limbo, chicas, igual que ustedes nos necesitan a nosotros para recuperar la libertad inherente a su esencia.

Soy hombre y me incumbe la igualdad de género. No sé si eso me haga feminista, pero tengo la impresión de que cuando menos un poquito.Iconofinaltexto copy

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada