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Convicciones de un tirano

f-escEn el clásico de Akira Kurosawa La fortaleza escondida (1958) —que dicho sea de paso, es una de esas películas que me llevaría obligadamente a la mítica isla desierta—, cuando los parias Tahei y Matakishi son apresados y reducidos a la esclavitud por el ejército de un dictador del cual no sabremos nunca el nombre, llama mucho la atención la forma en que éste arenga, desde una majestuosa silla, a todos los esclavos que son obligados a cavar sin descanso en una especie de pozo situado por debajo de él: “Escuchen atentamente”, les grita, “cinco mil piezas de oro están enterradas por aquí. Hasta que lo encuentre, ustedes no son humanos, son topos. ¡A cavar! ¡Caven hasta que mueran, topos!”, acto seguido escupe con insolencia y deja de mirar hacia abajo.

Aunque el tono del film hace que se nos escape la risa antes que sentir pena o compasión por el negro destino de todos esos hombres, la escena ilustra con diabólica fidelidad la naturaleza misma del poder corrompido. El dictador impone sus órdenes a los esclavos, no sólo con la absoluta convicción de que será obedecido en el acto, merced a su poder superior, sino también haciendo notar que los esclavos son subhombres a los ojos de su señor, idea que nos recuerda a cierto dictador austriaco-alemán que antes del mediodía del siglo XX provocara una de las masacres más horrendas de las que tenga memoria la humanidad.

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@elReyMono
Imagen: escena de La fortaleza escondida (1958), dirigida por Akira Kurosawa.

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Víctor Sampayo

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