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Contra Bukowski (versión sin el Manual de Carreño)

Es cierto: CONACULTA podría organizar un concurso de imitadores, como los de la tele, y la final estaría entre las hordas de Bukowksis de la Roma-Condesa y las chicas que creen ser la reencarnación de La Maga cortazariana. Repito: es cierto. Pero cuando se habla de Bukowski, es al menos útil separar al escritor del personaje, cosa innecesaria en el caso de la exasperante mujer de Rayuela.

Ayer, David Huerta publicó en El Universal una columna titulada “Contra Bukowski”, en la que comienza quejándose del boom de jóvenes y fallidos imitadores de la literatura del escritor estadounidense (“Los poetas han decidido en México […] que Charles Bukowski es nada menos que el modelo literario a seguir”), y termina explicando por qué él sí tiende su cama.

La literatura de Bukowski no rezuma vino barato porque sí. Sus textos están ligados a su propia vida con muy poca discreción y su estilo es hijo de sus circunstancias: un padre golpeador, marginación escolar, abandono temprano y atropellado del seno familiar. El aliento alcohólico y el color cochambre de sus cuentos y poemas sólo tienen sentido en el contexto en que fueron hechos.

Huerta los califica de “literatura adolescente”, y se pregunta: “¿cuál es el sueño de todo adolescente, aparte de conseguirse un automóvil? Levantarse tarde, no hacer la cama, beber con los amigotes, desvelarse con todo descaro, apostar y jugar, ir al billar o al hipódromo a arriesgar un dinero de preferencia mal habido.” (¿En serio? ¿El hipódromo? ¿Qué es esto, los sesentas? Su descripción me recuerda más a esas monografías medio surrealistas que venden en la papelería sobre el pandillerismo juvenil que a los libros del buen Hank.) Y termina afirmando que él procura “hacer mi cama, no robarme nada para parecerme a Jean Genet, no beber como cosaco ni como teporocho, no hacer todas esas bukowskianas cosas que el admirado ‘Hank Chinaski’ protagoniza en sus libros.”

La clave está en el verbo: hacer. Qué bueno que David Huerta no hace ninguna de esas cosas, que le pueden perjudicar la salud. Pero nos engañó; se suponía que estábamos hablando de la literatura de Bukowski, y no de sus hábitos higiénicos, de lo que escribía, no de lo que hacía. Es fácil pisar la trampa porque se parecen mucho. Pero en eso palpita el encanto bukowskiano: sus imitadores sólo son capaces de copiar un universo ficticio, pero le arrancan las raíces. Casi nadie se atreve a llevar una vida como la de Bukowski, porque ni para él mismo en su momento fue deseable.

Lo que Huerta quiso decir: Charles Bukowski no es un escritor genial, pero sí uno de esos descarados que hacen falta de vez en cuando. Sólo de vez en cuando. Es ―un poco como Cortázar― un escritor que hay que leer, digerir y, sobre todo, no tratar de imitar, en especial si no se está dispuesto a hacer una copia completa y fiel cuyo sentido sería discutible. (Pero el Manual de Carreño está fuera de lugar, David.)

Hay un montón de payasos creyendo que hablar de alcohol, mujeres y pobreza ―aun si no saben usar ninguna de las tres― dotará sus textos de un valor intrínseco y a ellos de un aura de indie experimentado, pero siendo honestos: ¿cuántos de ellos llegan a las librerías? Son suficientemente pocos para ignorarlos, creo. En cambio, lo digo con moderada alegría, no se dejará de editar a Hank.

Palabritas

Rescato una anécdota que contaba en un artículo Ana García Bergua: en un taller, cierto joven escritor le entregó un cuento lleno de españolismos, como bragas, joder, y gilipollas. Cuando le preguntó la razón, el joven narrador contestó que su intención era nada menos que asimilar su estilo al de Charles Bukowski.

¿Cuántos más, Anagrama, cuántos más? La Hoja de Arena

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada