Contra el telurismo

El telurismo es uno de los dogmas de la identidad mexicana. La sensación de vivir en desequilibrio, sin orden, en un colapso recurrente en el cual el sismo puede aparecer para crear una catástrofe de mayor envergadura es una invención latinoamericana. Esta idea sugiere que los habitantes de las ciudades americanas adoptan a la tierra como su principal centro de influencia. El telurismo, por ende, insiste que las condiciones terrenales condicionan la conducta de las personas. Ni Braudel ni Humboldt imaginaron tal osadía histórica hasta el punto de considerar que las anomalías sociológicas son producto de la zona telúrica del continente. El telurismo es la ideología criolla convertida en filosofía política.

            El telurismo es un lugar común de la caracterología mexicana y de algunas regiones del continente. Si lo consideran una exageración basta recordar la afirmación de Juan Villoro con motivo de su experiencia del terremoto de Chile: “los mexicanos llevamos un sismógrafo en el alma” o la declaración del Presidente de Bolivia, Evo Morales, respecto de la conexión política entre terremotos y neoliberalismo: “Siento que la madre-tierra se enoja, (los terremotos) son consecuencia de políticas neoliberales”. El desorden político traducido en ansiedad social, ansiedad provocada por el movimiento que proviene del interior y no de la tierra. Ontología de la inquietud. Ética de la ansiedad. Políticas del nervio. Reproducciones culturales que suponen que la estabilidad depende de los caprichos del exterior. El telurismo es contingencia absoluta. El telurismo es propaganda política.

Dentro de la historia del telurismo en México destaca el sismo de 1985. El sismo del 85 fue instrumentado para producir una política de los afectos. El sismo del 85 fue el acontecimiento que interrumpió la historia espectral del acontecimiento 68.  Este sismo es otro de los acontecimientos no resueltos por el Estado mexicano, pero es uno de los síntomas mejor tematizados por la literatura de la posmemoria. La ruptura en la historia fantasmagórica de la política mexicana es deudora de la interrupción política que trajo consigo el terremoto pues, además de ser un acontecimiento más difuso e inesperado, los síntomas fueron de largo alcance ya que no dependieron exclusivamente de una articulación política sino de la propia dinámica de la sociedad mexicana para tratar con el trauma y el desastre. La literatura de la posmemoria es un ejemplo de por qué la memoria sintomática requiere de artefactos estéticos para desmontar sus efectos políticos y, viceversa, mostrar por qué el residuo de lo político permite obtener rendimiento estético. La literatura funciona como índice de realidad y factor de cambio político.

telurismo

            Para Juan Villoro, el sismo de 1985 aparece como subtexto en varias de sus novelas: emerge como un síntoma reprimido que no está explícito pero que todos perciben. Es más, me atrevo a conjeturar que el sismo del 85 constituye uno de los horizontes estéticos de la narrativa de Villoro, puesto que su presencia elusiva permite distingue trauma de narrativa y literatura de desastre, sin que ello implique esencialización alguna de la historia política mexicana.

En la narrativa de Juan Villoro el sismo aparece como un elemento recurrente en la configuración de los escenarios urbanos que habitan los personajes. No se trata exclusivamente de una paisajística del desastre ni de los efectos de temor que produce un terremoto, sino de la emergencia de personajes de naturaleza telúrica debido a que son producto de la violencia del Estado y de la violencia de la naturaleza. En Materia dispuesta, Villoro construye una novela en la que el protagonista es un “hijo del sismo” que nace con el temblor de 1957 y concluye con el terremoto de 1985. En esta novela, una de las tonalidades que se advierte es la naturaleza telúrica de los mexicanos, particularmente la necesidad por mostrar que esta naturaleza ha blindado a los mexicanos con un sismógrafo cultural que permite, incluso, percibir el temor de la Tierra, advertir la inseguridad de la naturaleza que no sabe cuándo y cómo manifestarse violentamente. En el prólogo a El miedo en el espejo, Villoro confesó: “sólo ahora advierto mi sostenido interés por los temblores y su relación con los misterios de la nocturnidad…En 1985 la relación con los sismos cambió para siempre. Desde entonces todos los objetos son sismógrafos accidentales. Cuando algo se agita de repente, puede medir dos tipos de ansiedad: la telúrica y la espiritual. Si el agua se mueve en un vaso, me pregunto si la causa es la Tierra o sólo soy yo”.

Las literaturas telúricas son literatura de la posmemoria. La posmemoria es una de las mejores formas para reinventar el futuro mediante una oscilación entre el pasado entendido como recuerdo vicario y el futuro asimilado como un olvido responsable. Afirmar, por lo tanto, que el mexicano lleva consigo un sismógrafo en el alma es equivalente a permanecer anclados en la trampas de la memoria oficial.

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Ángel Álvarez

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