Cenizas

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Esto es lo que tienen que saber.

Los cuerpos de Nadia Vera, Yesenia Quiroz, Virginia, Alejandra y Rubén Espinosa fueron encontrados en un apartamento de la colonia Narvarte. Rubén era un periodista (colaborador de Proceso y Cuartoscuro), Nadia era una activista a quien la mayoría de las notas al principio etiquetaron simplemente como “promotora cultural” o de plano la perdían dentro del anonimato de “cuatro mujeres”, Yesenia (18 años) era la compañera de apartamento de Nadia, Virginia (colombiana, modelo y estilista) y Alejandra (40 años, madre soltera, empleada doméstica) estaban en el peor lugar en el peor momento.

El contexto, los antecedentes que implica la situación (amenazas directas de muerte tanto a Nadia como a Rubén), apuntan a un gobernador malévolo que, si se comporta como si tuviera el poder de amenazar y callar a quien le dé la gana es, ni más ni menos, porque efectivamente tiene ese poder. Un gobernador que, poniendo cara de Calígula, advierte abiertamente a todos los reporteros de su estado “pórtense bien”. Un gobernador que ahora manda gente a amenazar de forma directa a todos los activistas que lo hacen responsable de los asesinatos.

Los tres asesinos que torturaron violaron y mataron a Nadia, Yesenia, Virginia, Alejandra y Rubén dejaron el lugar a plena luz del día, se llevaron los celulares de sus víctimas y otras pertenencias que todavía no se identifican. Sin duda, los teléfonos ―¿quizá también las computadoras?― de un reportero incómodo y una activista deben ser cosas muy valiosas para ciertos intereses oscuros.

Las cámaras de seguridad en el edificio estaban averiadas, dice la versión oficial, cuando sucedió el crimen.

Hasta el momento el único involucrado confeso detenido es Daniel Pacheco Gutiérrez (42 años, estuvo antes diez años en prisión por cargos de  violación y lesiones), quien sostiene que participó únicamente en el robo pero no en los asesinatos ni en nada más. Ahora permanece en prisión provisionalmente, hasta el 13 de agosto se sabrá si se le dicta auto de formal prisión o si se le concede la libertad.

Esto es lo que siento yo.

Furia, impotencia, frustración. ¿A esto hemos llegado? ¿Qué se puede hacer cuando se tiene al Poder, por completo, en contra? Cuando el poder es inmenso, de recursos ilimitados y maldad inhumana. Un incendio descomunal nos consume, y no podemos verter agua de justicia para apagarlo, porque donde deberíamos tener agua tan sólo hay carbón.

¿Qué hacer, entonces? ¿Convertirse en un justiciero, en un vigilante, un héroe que salga a buscar que se haga justicia? ¿Pero cuál sería la meta? No podría ser entregar a todos los culpables a la ley. Primero porque son demasiados, aterradoramente demasiados, luego porque ¿cómo podría ser ese el objetivo, si los criminales quedan impunes en un noventa por ciento, si se les encumbra en posiciones de poder sin ponerles ningún límite, si la corrupción es la llave maestra a cualquier celda? La podredumbre embarra todos los escalones, desde los más altos hasta los más pequeños e inmediatos a nosotros. Muchas veces también a nosotros mismos.

¿Denunciar, entonces? ¿Hacer denuncias públicas sobre la corrupción, el crimen y la podredumbre? Parece que eso, dolorosamente, no sirve para otra cosa que no sea conseguir que lo maten a uno. Ahora, poco a poco, el miedo se va extendiendo como una nube tóxica, reporteros independientes están cerrando sus cuentas de internet y activistas están huyendo y escondiéndose constantemente. ¿Quién puede culpar a cualquiera de ellos? A eso hemos llegado.

Esto es lo que pregunté a mi padre.

La duda me carcome, me quema, me desespera, ¿qué se puede hacer? ¿Qué puede hacer uno que de verdad sirva en algo?

Esto es lo que me respondió.

Nos encontramos en un momento realmente terrible, el sistema está podrido hasta el fondo. ¿Qué puedes hacer? Demostrar que estás indignado, y estarlo realmente. ¿Qué puedes hacer que realmente sirva de algo? Nada, absolutamente nada. Una marcha no sirve de nada; otros países se enterarán de las marchas y de los problemas, pero no cambiarán nada. Los comentarios en internet de cualquier tipo no cambiarán las cosas en nada. Escribir un poema en honor de cualquier víctima o denunciando cualquier cosa no cambiará nada.

Podrías hacer cosas que desestabilicen al sistema, que demuestren la inconformidad. Podrías poner bombas en algunos edificios o unirte a la guerrilla. Las bombas aparecerán en los noticieros y de ahí no pasarán, en la guerrilla podrían matarte y no serviría de nada, como no sea, si acaso, que tiempo después te utilicen como estandarte tanto los que tienen una sincera convicción como los que se limitan a mostrarse inconformes desde una absoluta comodidad que no molesta a nadie, discutiendo los horrores del país en un café caro en un barrio lujoso.

Si decides entregarte por completo a una pelea directa lo único que harás es vender, condenar tu vida. Y como activista o como periodista o como sea, a lo más que puedes aspirar es a convertirte en una pulga picando a un perro sarnoso. En cualquier momento, con toda despreocupación, se rasca y te borra.

Siempre puedes intentar provocar un shock en la gente, es perfectamente posible, si organizas bien tus ideas y sabes hablar, puedes encender en ellos una flamígera y súbita indignación, motivación, una aparente decisión a cambiar las cosas, pero nueve de cada diez veces esa flama se disuelve al poco rato, y una de cada diez sólo sentirá la frustrante impotencia en que se encuentran.

Esto es lo que me pregunto yo.

¿A cuántas personas les interesa? ¿A cuántas les importa, realmente, no sólo el asesinato de Nadia, Yesenia, Virginia, Alejandra y Rubén, sino todo lo que está pasando en el país? Tal vez a más de las que pienso, espero que a más de las que pienso.

Pero luego, ¿qué se puede hacer?

Me pregunto si acaso los humanos estamos condenados a venir al mundo ―el mundo que está predeterminado a ser, siempre, un sitio desequilibrado, defectuoso y problemático― sin tener la facultad de arreglar las cosas. Quizá la razón de ser del mundo es estar mal, y la razón de la vida es que nosotros veamos eso, aprendamos y, eso sí, nos esforcemos con todo lo que somos para actuar de forma correcta, para hacer el bien, en nuestro entorno inmediato, en todo lo que tenemos a nuestro alcance, aún a sabiendas de que es imposible que arreglemos el mundo entero, el país entero, el sistema entero. Es posible que el mundo sea una prueba muy dura para que ninguno de nosotros pierda su humanidad, su sensibilidad, su reclamo de justicia, sin importar que la tempestad esté completamente en nuestra contra.

Esto me dijo después mi padre.

Nos encontramos en otra edad media, en otro oscurantismo, y por eso hay algo que sí puede y debe hacerse: Preservar la esencia de la humanidad, de igual manera a como hicieron los monjes en los monasterios durante esa primera etapa oscura de la civilización. Es necesario seguir alimentando esa humanidad, seguir creando algo que trascienda, algo que nos supere a nosotros y a la situación en que estamos ahora. Es importante, pues, crear islotes de seriedad (Gabriel Zaid dixit), cultivar espacios de civilización  (Vargas Llosa dixit).

Llegará un punto en que el sistema, el poder, estén tan podridos que se derrumbarán por sí mismos, y cuando termine el enorme incendio las cenizas abonarán la tierra, y los monjes podrán sembrar las semillas que estuvieron cuidando.

Esto es lo que pienso, al final.

No hay que dejar de indignarse nunca, nada de esto puede volverse cotidiano, porque el día en que cosas como los asesinatos en Narvarte (y tantas, tantísimas cosas más, que no tienen implicaciones políticas ni involucra nombre conocidos: incontables crueldades, injusticias y tragedias cotidianas de las que no nos enteramos nunca) nos dejen indiferentes será el día en que la humanidad habrá muerto. No hay que dejar de hacer cosas, de todo tipo: cosas que nos trasciendan a nosotros, cosas que hagan que los demás se enteren de lo que pasa, cosas que intenten hacer pensar a la gente y que mantengan viva la esencia de la humanidad. Lo correcto es seguir haciendo cosas, aunque parezca que no sirvan de nada, aunque la mayoría en realidad no sirva para nada práctico. También tenemos que procurar hacer las cosas correctas en todo cuanto esté a nuestro alcance, es necesario que seamos conscientes de nuestro círculo de influencia, del alcance real (por pequeño o grande que sea) que tiene cada uno de nosotros, e intentar provocar algo dentro de ese rango, tanto como nos sea posible.

Debemos mantenernos informados, y nunca debemos olvidar. Esto es muy importante.

Y otra cosa. Debemos averiguar, cada uno de nosotros, qué podemos hacer que nadie más puede, y hacerlo. Hay que convertir las cenizas en algo fértil. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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