Carta a una Amiga Perdida

Hola,

¡Cuánto tiempo sin hablarte! «¿Cómo estás?», sería lo primero que te preguntaría si pudiese recibir una respuesta de tu parte, pero sé que eso no pasará. A pesar de eso he decidido escribirte, por este medio; he decidido escribirte cartas que ya no puedo enviarte, pero que tengo que hacerlas, porque ya no me agrada el silencio. Quizá alguna día te las encuentres por azar, o las leas si algo terrible me llegase a pasar. Espero que se queden aquí. Así que de vez en cuando te escribiré por este blog.

Amiga, no sabes cuánto te extraño, aquellas pláticas que solíamos tener. Te confieso que no he vuelto a encontrarme con alguien más con la que pudiera platicar así, tan sinceramente. Creo que soy más honesto en este blog y sus lectores desconocidos que con mis amigos, es que a veces siento que no vale la pena hablar sobre mis cosas, que a nadie le puede interesar…

   Pero bueno, te cuento, yo he estado bien, cada día mejor. El año pasado me sucedieron un par de desgracias terribles de las cual ya no te pude hablar, pero que con el tiempo he podido darles su lugar; mientras estemos vivos nada será insuperable. ¿Recuerdas nuestra última plática? De eso hace ya más de un año. Yo lo recuerdo vivamente, era otoño en esa enorme ciudad gringa; te mencioné que iba a meterme a una escuela de escritores. Pues ahí sigo, creo que ha sido de las mejores decisiones que he tomado. ¡No te imaginas las cosas que he aprendido! Estoy muy contento. Apenas si soy algo hoy, pero antes de la escuela no era nada. Me ha servido mucho. Este semestre ya andamos trabajando nuestras obras; yo me metí al taller de novela con uno de mis escritores favoritos y unos compañeros colmilludos. En mi primera entrega leí una bazofia, pero era una bazofia de la cual me tenía que librar, así que estuvo bien; en mi segunda entrega me fue mejor, y pues a ver cómo me va este año con la obra. A veces la gente me pregunta de qué va mi novela, yo les digo que es sobre México y que es literatura fantástica; pero la verdad es que pienso mucho en ti cuando la escribo, en ti y en nuestra querida Oaxaca, siempre siempre Oaxaca. Aunque ya no es lo mismo ir allá y saber que no te encontraré. En verdad es triste, porque por las calles de la ciudad deambulan tantos recuerdos… Qué crees, el fin de semana salí con nuestros viejos amigos, toda la banda oaxaqueña. Ya tenía tiempo que tampoco los veía. Tuviste tanta razón cuando imaginaste que esto iba a ocurrir, que nos íbamos a perder. Pero fue muy agradable volver a salir con ellos, como los viejos tiempos; exactamente igual, con las mismas borracheras y aventuras. Esperaba saber algo de ti, pero nada, nomás paré mi oreja, no me atreví a preguntar. Acabamos en la mañana en una taquería por la Plaza de Toros, cantando una de Juanga, esa que dice por eso aún estoy en el lugar de siempre, en la misma ciudad y con la misma gente, para que tú al volver no encuentres nada extraño y sea como ayer y nunca más dejarnos… Sí, acabamos medios mal, jaja. Oaxaca. Sabes, creo que podemos sacar mucha fuerza de esa tierra llena de guajes, podemos vencer cualquier adversidad si recordamos de dónde venimos. Ando leyendo una novel de un peruano que se llama Arguedas; me gusta mucho cómo el narrador, que está rodeado de tanta desgracia y tanta miseria, saca fuerzas pensando en toda la cultura quechua que conoce y ha vivido: Entonces, mientras temblaba de vergüenza, vino a mi memoria, como un relámpago, la imagen de Apu K’arwarasu. Y le hablé a él, como se encomendaban los escolares de mi aldea nativa, cuando tenían que luchar o competir en pruebas de valor… Los indios invocan al k’arwarasu únicamente en los grandes peligros. Apenas pronuncian su nombre y el temor a la muerte desaparece. Lo mismo podemos hacer nosotros, podemos tanto evocar las nubes colosales que sobrevuelan Monte Albán, como encomendarse uno a la Virgen de la Soldead o reconfortarnos con la sabiduría cósmica de la Danza de la Pluma. Hay tantas cosas ahí, tantos conocimientos y misterios. Uno de mis preferidos eres tú, apenas pronuncio tu nombre y el temor a la muerte desaparece. Y es que temo mucho, no tanto a la muerte, sino a los que la reparten, que en nuestro México son muchos y desafortunadamente me los he encontrado. Pero nomás pienso en ti y siento que esta vida, mi vida, valió la pena y no temo más. Tú y Oaxaca me salvaron. Quizá te olvidas de mí, y está bien, pero nunca nunca te olvides de Oaxaca, aunque sé que no lo harás. Quieres a nuestro pueblo tanto o más que yo.

   Creo que aquí le paro. Hay una infinidad de cosas que quiero decirte pero que se perderán en el universo, quizá algún día te llegue un eco de lo que son mis sentimientos. Hace unos meses te escribí otra carta, mucha más extensa e íntima, que tenía pensado enviarte, pero al fin acepté que ya no es posible eso; eres un fantasma, o yo soy el fantasma, la cosa es que carece de sentido. Pero es que no sabes cuánto me encantas como interlocutora: como amiga. Ni siquiera sé si esto es correcto, lo más probable es que no vuelva a escribirte una carta por éste o cualquier medio. Comienzo a sospechar que todo esto no es más que un producto de la temporada; por más que uno lo ignore, tantos globos y flores le llegan a uno por medio del inconsciente.

   En fin, cuídate, te quiero mucho.

Siempre tuyo,

Antonio

mexico-oaxaca

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Antonio Vasquez

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