Capturar a Mireles, limpiar la foto de Michoacán

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José Manuel Mireles, líder de las fuerzas de autodefensas en Michoacán, fue detenido el viernes en un operativo conjunto entre la Secretaría de Marina, el Ejército, las policías Federal y del estado, así como la  Procuraduría de Justicia de la entidad. Con un desplegado similar al visto en febrero con la captura de Joaquín El Chapo Guzmán, el Estado hizo ver que no tolerará la existencia de poderes fácticos, o lo que es lo mismo, que no quiere que nadie se le salga del huacal y ponga en evidencia su incapacidad.

A finales de mayo, el doctor Mireles asistió a una entrevista al programa Charros contra Gángsters,  con Jairo Calixto y José Luis Guzmán “Miyagi”, donde habló sobre lo que lo orilló a formar un grupo de autodefensas. Ahí, mencionó que durante años los productores locales fueron amenazados y obligados a darle parte de sus ingresos a los Caballeros Templarios, que las mujeres fueron secuestradas y cientos de personas fueron asesinadas ante la total indiferencia, e incluso coacción, del gobierno.

A días de que Fausto Vallejo, ex gobernador de Michoacán, dejara su cargo por “problemas de salud” que más tienen que ver con una no-tan-incipiente ceguera ante las situaciones de inseguridad que vive la entidad, a sus cataratas al momento de darle rienda suelta a los Templarios, o a su verborrea crónica sobre cómo “Michoacán está en paz” mientras su hijo se codeaba con “La Tuta”; la captura de Mireles es un golpe de gracia para la incomodidad. Una factura que tenían bien guardada bajo el concepto “deja de ponernos en evidencia, que ya cambiamos al títere y no queremos que nos manchen (de sangre) la imagen”.

Esta lógica priista de tirar la piedra y esconder a quienes  deberían ser juzgados por corruptelas y acciones ilícitas desde el gobierno (sí, ése que en teoría vela por el bien de las personas) no es nada nueva. El espiral del silencio no sólo en Michoacán, sino en todo el país, sigue siendo tierra fértil para la impunidad y permite perpetuar las prácticas corruptas que no hacen más que ponernos en jaque. De tal forma, tan pronto alguien alza la voz para denunciar una irregularidad o toma acciones al respecto, el mecanismo de criminalización mediático y la represión jurídica estatal se conjugan para nulificar, acusar o desacreditar al “elemento incómodo”. Si no, acuérdense del movimiento #YoSoy132 y del consecuente atolinazo.

Desde una óptica de derecho y legalidad, la captura de José Manuel Mireles (que no la faramalla para hacerlo) se encuentra justificada. En efecto, la población civil no debería hacer justicia por su propia mano. Pero en un ambiente de impunidad y asesinatos constantes, ¿dónde está la policía, el Ejército, la Marina y toda esa gente que sólo se despliega para salir en la cámara al más puro estilo García Luna Productions? Mientras Vallejo se llenaba la boca para decir las condiciones óptimas de Michoacán,  mientras el Ejecutivo pone todo de sí para hacer de cuenta que ya el narcotráfico no es tema de agenda en este país y mientras el duopolio televisivo se escandaliza al ver favelas en Brasil e idolatra al Piojo por ser tan “memeable”, ¿qué pasa con las personas que viven en Tierra Caliente o en Tamaulipas o en Sinaloa? Por mucho que todos los ignoren, no dejan de existir.

El año pasado, cuando se dio la noticia de que las autodefensas se incorporaban a la policía, no faltó quien quisiera darle carpetazo al asunto, “Y vivieron felices para siempre”. Sin embargo, en un ambiente tan turbio dentro de las fuerzas estatales y municipales, ¿era posible? No cuando los Caballeros Templarios (los mismos que los extorsionan, les roban a sus hijas y los balacean a la menor oportunidad) son cobijados por la autoridad. Y eso Mireles lo dijo, por eso fue tan incómodo.

Ahora Michoacán se está dando “una manita de gato”. Nuevo gobernador, sin autodefensas, sin factores incómodos que desmientan su tan proclamada paz. El problema es que, en el fondo, siguen siendo los mismos titiriteros quienes mueven los hilos. Y no van a tolerar que haya personas que no estén de acuerdo, porque para “mover a México” es más fácil hacerlo sobre ríos de impunidad, corrupción y sangre.

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